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El mercado ha transformado la libertad de elegir en una ilusión que nos aísla y deshumaniza
“Eres libre de elegir” nos dicen. Pero lo que no mencionan es que todas las opciones vienen del mismo catálogo, confeccionado por quienes controlan el mercado y moldean nuestras vidas como si fueran productos. El nuevo libro de Sophia Rosenfeld, The Age of Choice, no sólo rastrea el origen histórico de esta ilusión de libertad, sino que desnuda su trampa esencial: elegir, en el capitalismo tardío, ya no es ejercer nuestra humanidad, sino confirmarnos como consumidores pasivos atrapados en una ficción de autonomía.
La elección moderna ha perdido su sustancia colectiva, social, política. Elegimos solos, en silencio, frente a pantallas. Compramos sin saber si lo que adquirimos es lo que realmente necesitamos, y vendemos nuestra atención y nuestra intimidad a algoritmos entrenados para manipularnos. Lo que Kant concebía como la gran conquista de la razón humana —el acto de elegir como ruptura con el instinto— ha sido degradado a click compulsivo. Elegimos entre marcas, no entre mundos posibles.
El neoliberalismo ha secuestrado la libertad de elección y la ha convertido en una experiencia solitaria, angustiosa y superficial.
¿Dónde quedó el vínculo humano en el mercado? ¿Dónde la conversación con quien vende, la confianza mutua, la comprensión de que el acto de intercambio puede ser también una relación social? La imposición de precios fijos, las grandes superficies impersonales, la compra online sin rostro ni palabra, no son avances: son amputaciones. Elegimos en soledad y, por tanto, no elegimos nada. Lo que el neoliberalismo llama libertad, no es más que la obligación de tomar decisiones individuales en un marco prediseñado que excluye cualquier forma de comunidad.
LA ELECCIÓN COMO INSTRUMENTO DE DOMINACIÓN
La lógica mercantil no se ha detenido en los supermercados. Se ha infiltrado en nuestros afectos, en nuestros cuerpos y hasta en nuestra democracia. En el amor, nos lanzamos al mercado de las citas con la misma lógica con la que escaneamos productos en un lineal: packaging atractivo, descripción optimizada, disponibilidad inmediata. Tinder, Bumble, Grindr o Hinge no son herramientas de conexión: son algoritmos de eficiencia emocional al servicio del negocio del deseo.
En ese escenario, las personas no son sujetos de afecto, sino mercancías en escaparates digitales. Se nos entrena para mirar, juzgar, descartar. Para optimizar resultados, reducir tiempos muertos, evitar conversaciones largas. Todo lo que no encaje en una lógica de consumo rápido es descartable. El amor se mide en términos de ROI (retorno de inversión emocional), y la soledad ya no es un problema existencial, sino una externalidad del sistema.
La propuesta neoliberal no es solo económica: es cultural, es moral. A cada paso nos repite que nuestras elecciones son libres, pero borra cualquier rastro de estructura colectiva que dé sentido a esas decisiones. Nos dice: “elige lo que quieras”, pero en realidad nos impone qué desear. El resultado: un sujeto desorientado, atrapado en un laberinto de decisiones sin comunidad, sin horizonte y sin herramientas para rebelarse.
¿Y la democracia? ¿Dónde queda el ideal ilustrado de participar en el destino común? El voto, uno de los pocos espacios donde aún podríamos reconocernos como parte de un colectivo, ha sido igualmente transformado en una transacción privada. La cabina electoral no es ya un espacio de deliberación o compromiso con el bien común, sino un acto de consumo político. Votamos como quien elige entre detergentes: guiados por slogans, sensaciones vagas o marketing de guerra cultural.
La elección política ha dejado de ser un gesto de construcción democrática para convertirse en una expresión de identidad de mercado. No hay ciudadanía cuando el voto se ejerce sin explicación, sin comunidad, sin deber público. El secreto del voto, que en su momento protegió la libertad frente a la coacción, hoy protege el narcisismo apático de quienes se desentienden del destino colectivo.
La izquierda no puede limitarse a denunciar los males del capitalismo sin repensar también su visión de la libertad. Porque la elección neoliberal no es neutra: es un dispositivo ideológico para consolidar la fragmentación, la competencia entre iguales y la desmovilización social. Una izquierda que no confronte este modelo de elección está condenada a reproducirlo, aunque sus fines sean más nobles.
Recuperar el sentido de la elección implica reconstruir los lazos sociales que permiten deliberar colectivamente, imaginar futuros comunes y ejercer la libertad no como capricho individual, sino como posibilidad compartida. No se trata de volver a fórmulas autoritarias, sino de repensar las condiciones materiales y culturales que hacen posible elegir con y para los demás.
Quizá haya que mirar a los herejes del pasado para encontrar inspiración. Charles Fourier, utopista del siglo XIX, propuso un modelo de relaciones afectivas guiado no por el mercado, sino por la reciprocidad, la espiritualidad y el cuidado. Su propuesta era delirante, sí, pero también profundamente subversiva. Porque señalaba una verdad incómoda: que la libertad sólo puede florecer en condiciones de igualdad y reconocimiento mutuo.
Hoy, en plena crisis climática, en la era de las pantallas omnipresentes y de la hiperexplotación emocional, la gran estafa neoliberal se tambalea. Pero no basta con desear su caída. Hay que construir otras formas de entender la libertad. Y eso pasa, inevitablemente, por desmercantilizar la elección. Por dejar de pensar en términos de “opciones” y empezar a pensar en términos de “posibilidades”.
Porque si todo lo que puedes elegir está ya dentro de un menú impuesto por quienes te explotan, entonces no estás eligiendo: estás obedeciendo.
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