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En resumen, lo que estamos presenciando en Gaza es un genocidio tolerado, cuando no directamente apoyado, por la comunidad internacional.
A diez meses del inicio de la escalada de violencia en Gaza, el mundo continúa siendo testigo de un conflicto que, lejos de apaciguarse, sigue sumergiendo a la población palestina en un abismo de sufrimiento y destrucción. Las cifras no mienten: más de 39.000 palestinos y palestinas han perdido la vida y cerca de 91.000 han resultado heridos desde que Israel, bajo el mando de Benjamín Netanyahu, comenzó su despiadada ofensiva el 7 de octubre. Estos números, proporcionados por el Ministerio de Salud de Gaza y respaldados por la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados Palestinos (UNRWA), muestran la brutal asimetría del conflicto. En la Franja de Gaza, 1,9 millones de personas, es decir, nueve de cada diez habitantes, se encuentran desplazadas internamente. La magnitud de esta tragedia humanitaria es difícil de ignorar, pero la respuesta internacional sigue siendo tibia, cuando no abiertamente indiferente.
El gobierno israelí justifica sus acciones bajo el pretexto de la «legítima defensa», un argumento que repiten sin cesar los líderes israelíes y que cuenta con un apoyo significativo entre la población judía del país. Una reciente encuesta del Pew Research Center revela que el 39% de los israelíes considera que la respuesta militar en Gaza es «adecuada», mientras que un 34% la ve insuficiente y solo un 19% la considera excesiva. Este respaldo social otorga a Netanyahu el espacio político para prolongar una guerra que, en realidad, es una cortina de humo para desviar la atención de sus propios problemas internos y, quizás, para mantener a raya las crecientes demandas de su dimisión.
Israel no ha alcanzado ninguno de los objetivos que proclamó al inicio del conflicto: ni el regreso de todos los rehenes, ni la destrucción de Hamás, ni la eliminación de la «amenaza» de Gaza. Todo apunta a que esta guerra está diseñada para durar, sin un final claro en el horizonte, y con una comunidad internacional que, en su mayoría, permanece paralizada por la inacción o por el apoyo tácito a las acciones de Israel. La realidad es que el conflicto no se limita a Palestina: los ecos de la guerra resuenan en toda la región, con actores como Irán, Pakistán, Yemen y Siria, que podrían estar al borde de una confrontación directa con Israel. Las tensiones alcanzaron su punto más álgido con el asesinato de Ismail Haniyeh, jefe del ala política de Hamás en Teherán, lo que ha avivado los temores de una guerra regional de proporciones inimaginables.
La débil respuesta de Estados Unidos y la Unión Europea
Frente a este escenario desolador, la comunidad internacional, y en particular Estados Unidos y la Unión Europea, han jugado un papel que, en el mejor de los casos, puede describirse como tibio. La Unión Europea no ha conseguido adoptar una posición común respecto al conflicto, con países como Alemania y Austria mostrando un apoyo incondicional a Israel, mientras que otros, como España e Irlanda, han sido más críticos con las acciones de Netanyahu. Este divisionismo evidencia la existencia de un doble rasero en la política exterior de la UE, que condena enérgicamente la invasión de Ucrania por parte de Rusia, pero se muestra incapaz de hacer lo mismo con las acciones de Israel en Gaza.
El caso de Estados Unidos es aún más flagrante. Como el principal aliado de Israel en la región, Washington ha proporcionado un apoyo financiero y militar que ha permitido a Netanyahu llevar a cabo su ofensiva sin mayores obstáculos. Aunque la administración Biden ha trazado algunas «líneas rojas», la realidad es que Israel las ha ignorado, entrando «a sangre y fuego» en Gaza y cometiendo violaciones flagrantes del derecho internacional. Estados Unidos no solo no ha contenido a Israel, sino que lo ha envalentonado, proporcionando armas, dinero y cobertura diplomática que han convertido a Netanyahu en un líder desafiante, dispuesto a llevar al país y a toda la región a un punto de no retorno.
Este apoyo incondicional de Washington también tiene implicaciones políticas internas. Para la administración Biden y la campaña de Kamala Harris, la inestabilidad en Medio Oriente podría ser un obstáculo significativo en las próximas elecciones. La imagen de un Estados Unidos que no solo apoya, sino que facilita, la perpetuación de un conflicto que se ha cobrado decenas de miles de vidas palestinas, podría alienar a los votantes progresistas y socavar la base de apoyo demócrata en un momento crucial.
Mientras tanto, España ha intentado jugar un rol más activo, pero los gestos simbólicos, como el reconocimiento del Estado Palestino, no han tenido un impacto real en la resolución del conflicto. Aunque el gobierno de Pedro Sánchez ha dado algunos pasos en la dirección correcta, como sumarse al proceso judicial en la Corte Internacional de Justicia, el impacto práctico de estas acciones es limitado. Israel ha evolucionado hacia un Estado de corte iliberal con rasgos autoritarios, donde la democracia es una fachada que oculta políticas de apartheid y represión sistemática contra el pueblo palestino.
La invisibilización de la tragedia en Gaza y el control mediático
La falta de cobertura mediática en el conflicto palestino-israelí es otro factor que contribuye a la perpetuación de la violencia. Los periodistas que intentan informar desde la Franja de Gaza se enfrentan a restricciones de movimiento, bombardeos y una censura cada vez más sofocante. Israel ha restringido el acceso a Gaza a los corresponsales extranjeros y ha cerrado las oficinas de medios internacionales como Al Jazeera, alegando razones de seguridad nacional. Este control estricto sobre la narrativa mediática ha permitido a Israel ocultar la magnitud de su ofensiva, mientras la comunidad internacional sigue mirando hacia otro lado.
Los reporteros locales, a menudo, son los únicos que logran sacar a la luz las atrocidades cometidas en Gaza, pero lo hacen a un costo altísimo. Más de un centenar de informadores han sido asesinados durante este conflicto, lo que hace de esta guerra una de las más mortíferas para la prensa en la historia reciente. A pesar de ello, la cobertura mediática ha disminuido considerablemente, lo que indica un intento deliberado de Israel por silenciar las voces que claman por justicia y exponer la brutalidad de la ocupación.
En resumen, lo que estamos presenciando en Gaza es un genocidio tolerado, cuando no directamente apoyado, por la comunidad internacional. La falta de acción contundente por parte de actores clave como Estados Unidos y la Unión Europea, combinada con el control férreo de la narrativa mediática, ha creado un entorno en el que las vidas palestinas parecen no tener valor. La impunidad con la que Israel actúa, y la indiferencia o complicidad del mundo, son un testimonio sombrío de la hipocresía y la doble moral que dominan la política internacional en este conflicto. Es urgente que la comunidad global despierte de su letargo y tome medidas concretas para poner fin a esta tragedia humanitaria, antes de que sea demasiado tarde para Gaza y para la paz en Oriente Medio.
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