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FAES convierte cada causa contra el PSOE en munición política, pero cuando el foco apunta al expresidente que comparte con Aznar el club de los poderosos, el ruido se apaga de golpe.
FAES, LA FÁBRICA DE INFORMES QUE DE PRONTO SE QUEDÓ MUDA
José María Aznar lleva 22 años fuera de La Moncloa, pero se comporta como si aún pudiera dar órdenes desde el atril. No gobierna, pero marca línea. No firma decretos, pero reparte doctrina. Y para eso tiene FAES, esa fábrica de informes conservadores donde el neoliberalismo se disfraza de análisis y la nostalgia de poder se presenta como preocupación por España.
Desde 2024, la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales ha dedicado decenas de textos a cargar contra el Gobierno de Pedro Sánchez y contra el PSOE. Lo ha hecho con entusiasmo, con insistencia y con ese tono de superioridad moral tan propio de quienes privatizarían hasta el aire si el BOE les dejara. José Luis Ábalos, Koldo García, Santos Cerdán, Leire Díez, Begoña Gómez o David Sánchez han sido convertidos en personajes recurrentes de su literatura política. FAES no analiza: señala. No estudia: condena. No interpreta: dicta sentencia antes de que hablen las y los jueces.
Y, sin embargo, aparece José Luis Rodríguez Zapatero en la Audiencia Nacional como investigado por el caso Plus Ultra y la máquina se para. Qué cosa. El sucesor de Aznar en La Moncloa declaró el 18 de junio ante el juez José Luis Calama por su presunta intervención en el rescate de la aerolínea. Un hecho inédito en democracia. Un expresidente socialista imputado. Una causa con delitos graves sobre la mesa. Tráfico de influencias, blanqueo de capitales, presunta trama de favores, sociedades, pagos, consultorías, vínculos empresariales y hasta una pieza separada por unas joyas valoradas preliminarmente en 1,3 millones de euros.
Material había. De sobra. Para FAES, eso daría normalmente para tres informes, dos conferencias, una tribuna solemne y una advertencia sobre la “emergencia nacional”. Pero no. Nada. Ni una pieza dedicada al caso Plus Ultra. Ni una reflexión sobre la declaración del expresidente. Ni una descarga contra el uso ilegítimo de la influencia que investiga el juez. Ni una línea sobre las joyas incautadas por la UDEF en su despacho y atribuidas por la defensa a regalos recibidos cuando estaba en La Moncloa.
El silencio también escribe. Y este escribe demasiado claro.
FAES sí ha hablado de Zapatero cuando le convenía. Le ha llamado “abogado y protector de la dictadura chavista”, lo ha vinculado a Venezuela, a la estrategia internacional de Sánchez, a la ley de amnistía, a la memoria histórica, a ETA, a los estatutos autonómicos, a la economía y hasta a la derrota del PP en 2004, como si las mentiras del Gobierno de Aznar tras el 11-M hubieran sido un detalle menor. En septiembre de 2024, en el informe “No es lo que parece”, FAES habló del “tándem Sánchez-Zapatero” por la salida de Edmundo González de Venezuela. En noviembre de ese mismo año, en “Moncloa bien vale otra filfa”, volvió a cargar contra el expresidente por su papel político.
O sea, Zapatero existía. Existía mucho. Existía cuando servía para golpear a Sánchez, para agitar Venezuela, para envolver la amnistía en retórica apocalíptica o para seguir alimentando el resentimiento de la derecha contra todo lo que no controla. Pero cuando Zapatero pasa de ser arma arrojadiza a posible problema de régimen, entonces FAES descubre la prudencia. Curiosa prudencia. Selectiva. De clase.
EL CLUB DE LOS EXPRESIDENTES Y LA HIPOCRESÍA DEL PODER
Aznar no se quedó sin palabras por falta de costumbre. Palabras le sobran. Lo demostró durante años contra el PSOE, contra la izquierda, contra el independentismo, contra la memoria democrática, contra cualquiera que se saliera del guion escrito por los de arriba. Pero cuando le preguntaron por Zapatero se limitó a decir que “la justicia en España es independiente y los jueces son independientes”. Punto. Ni mafia, ni famiglia, ni omertá, ni capos, ni consiglieris, ni fontaneros. Todo ese diccionario de novela negra que FAES ha usado contra el sanchismo desapareció como por arte de disciplina corporativa.
La explicación no está en la delicadeza institucional. Aznar no ha sido precisamente un monje del equilibrio democrático. La explicación está más abajo. En el suelo común que pisan los expresidentes cuando dejan de representar a la ciudadanía y empiezan a circular por fundaciones, consejos, lobbies, empresas, conferencias, redes internacionales y despachos donde la política se convierte en activo privado. Ahí se reconocen. Ahí se protegen. Ahí se entienden mejor de lo que jamás reconocerán en público.
Aznar dejó La Moncloa en 2004 y desde entonces ha desarrollado una actividad intensa como consejero internacional, conferenciante, lobbysta y figura de referencia para el PP. Su fundación, su presencia en Friends of Israel, sus vínculos con el sector privado y su puesto como consejero de News Corp, el grupo de Rupert Murdoch, por el que cobra más de 300.000 euros al año, dibujan perfectamente el camino. La política como puerta giratoria de lujo. El Estado como trampolín. La ideología como marca personal. Zapatero, desde otro lugar y con otro relato, también ha transitado ese ecosistema de influencia, mediación internacional, consultoría y contactos.
No hace falta absolver a nadie para ver el patrón. Ni condenar antes de tiempo. Lo mínimo, en una democracia que no quiera parecer un club de antiguos alumnos del poder, sería exigir luz, explicaciones y el mismo rasero. Pero la derecha española no quiere el mismo rasero. Quiere un garrote. Y decide cuándo usarlo.
Cuando el señalado es alguien del Gobierno actual, FAES habla de derrumbe moral, emergencia democrática y putrefacción institucional. Cuando el señalado es Zapatero, la cosa cambia. No porque le tengan cariño político. Aznar y FAES han odiado políticamente a Zapatero durante décadas. Le culparon de casi todo. De la derrota de 2004, de la política territorial, de la memoria histórica, de la negociación con ETA, de abrir grietas en el bloque conservador. Le han llamado irresponsable, ingenuo, peligroso y cómplice de causas que la derecha usa como muñeco de entrenamiento.
Pero este caso toca otra fibra. No la del PSOE. La del poder cuando se mira al espejo.
Porque el caso Plus Ultra no habla solo de un expresidente socialista investigado. Habla de cómo funciona la influencia cuando abandona los discursos públicos y entra en los pasillos privados. Habla de consultorías sin contrato formal, llamadas, intermediaciones, amistades empresariales, rescates públicos y posibles beneficios. Habla de esa zona gris donde las y los ciudadanos pagan, las élites median y luego todo se envuelve en legalidad, honorabilidad y “confianza”. Siempre la confianza. La palabra favorita de quienes nunca han tenido que hacer cola para demostrar que merecen un derecho.
Y ahí Aznar calla. FAES calla. El aparato doctrinal del PP calla. Porque quizá sabe que tirar demasiado de ese hilo no lleva solo a Zapatero. Lleva al modelo entero. Al régimen de las puertas giratorias. A los expresidentes convertidos en intermediarios globales. A la política degradada en agenda de contactos. A una democracia donde las y los de abajo votan cada cuatro años y las élites negocian todos los días.
No es prudencia. Es instinto de conservación de clase.
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