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La guerra de elección de Estados Unidos e Israel hunde el crecimiento global al 2,5%, encarece energía, alimentos y deuda, y vuelve a pasar la factura a quienes menos mandan.
LA GUERRA COMO NEGOCIO Y LA ECONOMÍA COMO DAÑO COLATERAL
El Banco Mundial lo ha dicho con la frialdad habitual de los organismos que ponen decimales donde otras y otros ponen vidas: la economía global se encamina a crecer solo un 2,5% en 2026, frente al 2,9% de 2025. Es el peor ritmo desde la pandemia de Covid-19. Otro “shock”, dicen. Como si hubiera caído del cielo. Como si no tuviera responsables, mapas, firmas, despachos, contratos militares y ruedas de prensa.
No estamos ante una tormenta inevitable. Estamos ante una guerra de elección. La ofensiva ilegal de Estados Unidos e Israel contra Irán ha disparado los precios de la energía, ha reactivado las presiones inflacionarias y ha elevado el coste de la deuda. Dicho de otra forma: Trump y Netanyahu prenden fuego al tablero y luego las y los trabajadores pagan la gasolina, el pan, el alquiler y los intereses.
El informe Global Economic Prospects, publicado el 11 de junio, habla de una economía mundial sometida a otro gran golpe. El conflicto en Oriente Medio ha provocado fuertes subidas en los precios energéticos, ha alimentado nuevas presiones inflacionarias y ha reforzado la expectativa de políticas monetarias más duras. Traducido al idioma de la calle: más facturas, más tipos, más deuda, más recortes. Siempre igual. La guerra arriba, el sacrificio abajo.
El cierre del estrecho de Ormuz es el corazón económico del incendio. Por allí pasaba alrededor del 30% de los fertilizantes del mundo y el 20% del petróleo. No es un detalle técnico. Es la arteria por la que circulaban alimentos, transporte, producción agrícola y calefacción. Cuando se bloquea esa vía, no solo sube el Brent. Sube la cesta de la compra. Sube el coste de sembrar. Sube el miedo en las casas que ya vivían con la calculadora abierta.
Los datos son obscenos. El diésel agrícola en Estados Unidos cuesta casi un 50% más que en febrero, antes de la guerra. Distintos fertilizantes han subido entre una cuarta parte y la mitad. Una barbaridad. Para las y los agricultores, eso significa producir más caro. Para las y los consumidores, pagar más. Para las grandes corporaciones energéticas y financieras, ya sabemos lo que suele significar: oportunidad.
Y luego vendrá la misma cantinela. Que si los salarios empujan la inflación. Que si las pensiones son insostenibles. Que si el gasto público debe contenerse. Mentira vieja con traje nuevo. La inflación también se fabrica con bombas, sanciones, bloqueos, especulación y geopolítica imperial. Pero a eso no lo llaman irresponsabilidad fiscal. Lo llaman seguridad nacional.
El Banco Mundial prevé que la actividad pueda mejorar en 2027-2028 si se recupera el suministro energético, si vuelve la relajación monetaria y si el comercio se fortalece. Mucho “si”. Demasiado “si” para una arquitectura económica mundial que depende de que los pirómanos decidan guardar el mechero. El problema no es solo que haya guerra. El problema es que el sistema está diseñado para convertir cualquier guerra en una transferencia de riqueza hacia arriba.
EL SUR GLOBAL VUELVE A PAGAR LA FACTURA DEL IMPERIO
La parte más brutal del informe no está en la cifra global. Está en quién paga. El Banco Mundial prevé que el crecimiento de las economías emergentes y en desarrollo se frene hasta el 3,6% este año. Y eso no es una abstracción para tertulias financieras. Es empleo que no llega, hospitales que no se construyen, escuelas que se aplazan, alimentos que se encarecen y deuda que muerde más fuerte.
El organismo advierte de que el nivel de renta per cápita de esas economías, excluyendo China e India, en comparación con las economías avanzadas, no recuperará el nivel previo a la pandemia hasta después de 2028. Casi una década perdida. Casi diez años de convergencia rota. Otra vez. La historia del capitalismo global contada con la misma gramática de siempre: el Norte decide, el Sur aguanta.
Ajay Banga, presidente del Grupo Banco Mundial, afirmó el 11 de junio que los países en desarrollo han afrontado una serie de desafíos durante la última década. Y pidió proteger a la población y preservar la estabilidad hoy sin renunciar al crecimiento y al empleo mañana. Bien. Pero hay una pregunta que el lenguaje institucional no suele formular con suficiente crudeza: quién desestabiliza. Quién decide guerras que otros países sufren en forma de inflación, hambre, deuda y fuga de capitales.
El Banco Mundial ya señaló en abril que pondría hasta 100.000 millones de dólares a disposición de los países que sufran los choques económicos más agudos provocados por la guerra durante los próximos 15 meses. La cifra impresiona. También revela el tamaño del agujero. Porque cuando hacen falta 100.000 millones para sostener a quienes reciben el golpe, quizá el problema no es la falta de liquidez. Quizá el problema es un orden mundial que permite a las potencias incendiar regiones enteras y luego presentar líneas de financiación como si fueran compasión.
El economista jefe del Grupo Banco Mundial, Indermit Gill, lo dijo con una frase demoledora: salvo milagro, la década de 2020 será una década perdida no para un par de excepciones, sino para decenas de economías en desarrollo. Añadió que, ante una de las concentraciones de shocks globales más densas desde los años setenta, casi 1 de cada 2 economías en desarrollo no ha logrado desde 2019 avanzar en la promesa más básica del desarrollo: cerrar la brecha de ingresos con los países más ricos.
Y remató: para ver luz al final del túnel habría que mirar a los años treinta. Qué frase. Qué condena. Las élites militares hablan de operaciones. Los mercados hablan de volatilidad. Los bancos centrales hablan de expectativas. Pero para millones de personas, “mirar a los años treinta” significa sobrevivir una década más en la sala de espera del capitalismo global.
Mientras Trump y Netanyahu aparecen como obstáculos para cerrar la guerra, el Banco Mundial avisa de que las perspectivas siguen inclinadas a la baja. Una nueva escalada o interrupciones más prolongadas en los flujos de materias primas podrían elevar aún más los precios, intensificar la inflación y la inseguridad alimentaria, provocar tensiones financieras y reducir el crecimiento. Es decir: más hambre, más deuda, más sufrimiento y más excusas para que las élites pidan paciencia.
No hay neutralidad posible ante esto. La guerra no es un accidente económico: es una decisión política con víctimas sociales. Y cuando quienes gobiernan el imperio convierten Oriente Medio en un tablero militar, no solo mueren quienes están bajo las bombas. También pagan quienes llenan el depósito, quienes siembran, quienes compran pan, quienes ya estaban al límite y quienes nunca fueron invitados a decidir nada.
La factura de esta guerra no baja del cielo: la firman arriba y la cobran abajo.
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