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Wikimedia Commons / Scott Webb, CC BY-ND
El espacio exterior de las escuelas, el patio, no es solamente un lugar de juego o descanso. En ocasiones se crea una falsa dicotomía del espacio de la clase como lugar para aprender y enseñar y los espacios exteriores como lugares meramente de juego y disfrute. Un patio que cuente con un mínimo de materiales y elementos naturales permite a las maestras y maestros trabajar contenidos y desarrollar prácticas científicas con los más pequeños.
Cada vez más escuelas de infantil están transformando sus patios para hacerlos más naturales. La mayor presencia de materiales no estructurados y elementos naturales como agua, arena, tierra o plantas ofrece más oportunidades para promover la exploración informal y espontánea de la ciencia que un patio tradicional, de paredes y suelo de cemento.
El juego y el aprendizaje científico temprano
A pesar de la baja importancia pedagógica que suele darse al tiempo de patio, su calidad puede influir en el desarrollo y el bienestar de los niños. Precisamente por ello, un diseño que busque integrar elementos naturales puede estimular el interés y la curiosidad científica de los niños a través del juego.
El juego exploratorio, además de provocar atención, reto, placer y emoción, estimula el desarrollo cognitivo. Fomenta la manipulación para obtener información de los objetos, y contribuye a las habilidades de razonamiento científico cuando los niños descubren las relaciones de causa y efecto o investigan posibles usos de los materiales.
Además, el juego y el aprendizaje concurren cuando se involucra a los niños en un proceso de indagación, es decir, en pequeños retos o investigaciones. Los maestros puede facilitar esa conexión, conectando el juego con experiencias curriculares, y promoviendo preguntas que fomenten que las criaturas puedan observar, clasificar, predecir, experimentar y expresar todos sus descubrimientos.
El espacio fuera del aula, cuanto más ‘verde’ mejor
Desafortunadamente, los niños en las escuelas pasan cada vez menos tiempo explorando la naturaleza. En muchos casos el contacto de los niños con los espacios verdes está influido por los miedos y la necesidad de control de los adultos, pero también por una falta de espacios fuera del aula que sean adecuados.
Muchos patios escolares no suelen disponer de elementos naturales o su presencia es anecdótica y sin interés educativo. Sin embargo, son cada vez más los centros que introducen paulatinamente y de manera consciente materiales no estructurados y elementos naturales en el patio tradicional, e incluso están realizando transformaciones completas naturalizando el patio, generalmente el de los más pequeños.
Estos espacios pueden ser un entorno apropiado para el aprendizaje científico, ya que como en la naturaleza, en estos espacios podemos encontrar también un alto grado de variabilidad (en sonidos, formas, texturas) y estabilidad (en patrones, sistemas).
Elementos naturales
Un ambiente natural es sinónimo de un ambiente rico, donde se estimula y se promueve el aprendizaje, en contraposición con los patios escolares habituales. Un patio naturalizado o espacio al aire libre que quiera tener un propósito educativo tendría que contar, entre otros elementos, con:
Agua accesible en forma de arroyos, fuentes o charcos.
Rocas, arena y diferentes tipos de suelos y pavimentos.
Una topografía en ocasiones irregular además de alturas con cuerdas, túneles, tubos y pasadizos.
Diversidad de árboles y plantas.
Elementos de juego constructivo y simbólico, herramientas para excavar, cubos para hacer trasvases y otros materiales de almacenaje.
Caminos y senderos que recorran el espacio junto con espacios privados para esconderse, y por supuesto, espacios comunes para la socialización y el descanso, entre otras muchas cosas.
La importancia de la mirada del niño
Un espacio con estas características puede ser estéticamente o funcionalmente apropiado para un adulto, pero lo más importante es que sea atractivo y útil para los niños, es decir, que hagan un uso pleno del mismo.
Y es que el acercamiento del niño a un espacio y a unos materiales se produce desde otra clave: desde la posibilidad de uso que pueda hacer de él, es decir, lo que les “invita” y les permite hacer. Cada niño interpreta las propiedades funcionales de los espacios y de los materiales y las adapta y personaliza a su juego y a su aprendizaje: “¿Qué tiene este lugar para jugar? ¿Qué podré hacer en él?”.
Por tanto, si bien un árbol es un árbol, o un palo es un palo, la funcionalidad que los niños otorguen a cada uno de estos elementos puede ser variada. Así, es evidente que cuanto más accesible, heterogéneo y variable sea un espacio y los elementos que lo componen más posibilidades nos ofrecerá.
Por ejemplo, el tipo de árboles que tengamos en nuestro patio influirá en lo que los niños puedan hacer en él, ya que algunos no son lo suficientemente altos o seguros para que los niños suban a ellos. O un espacio que tenga una topología uniforme no permitirá a los niños jugar a tirarse o hacer rodar objetos por las pendientes.
Todos esos aspectos se deben cuidar y estudiar profundamente cuando se diseñen este tipo de espacios, o cuando se quieran hacer pequeñas intervenciones o cambios en nuestros patios tradicionales.
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