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Un país en duelo vuelve a tomar las calles al grito de Ni Una Menos
EL CRIMEN QUE EXPLOTÓ EL DOLOR SOCIAL
El 20 de septiembre, Argentina se despertó con una noticia insoportable: tres jóvenes mujeres —Morena Verdi y Brenda del Castillo, de 20 años, y Lara Gutiérrez, de 15— fueron asesinadas y sus cuerpos desmembrados. El crimen, retransmitido en directo en redes sociales como si fuese un espectáculo de terror, se convirtió en un antes y un después. La indignación no tardó en transformarse en una marea popular.
El 27 de septiembre, miles de personas marcharon en Buenos Aires y en decenas de ciudades bajo el grito que lleva diez años marcando la historia reciente del país: Ni Una Menos. La tía de una de las víctimas lo resumió en una frase que atravesó la multitud: “Esto nos pasó a todas, no solo a nuestra familia. Nos pasó como sociedad”.
Los colectivos feministas recordaron que no existen víctimas buenas o malas, y que señalar a las jóvenes por sus barrios o sus trabajos equivale a justificar la violencia. “No hay vidas descartables. Queremos vivir, ser libres y decidir”, escribieron desde Ni Una Menos en sus redes sociales.
Lo que la prensa oficialista describió como un ajuste de cuentas entre bandas criminales fue rápidamente desmontado por analistas y movimientos sociales: el trasfondo no es el morbo del crimen organizado, sino el abandono deliberado del Estado, la destrucción de políticas de género y la expansión del narcotráfico en los barrios pobres bajo el gobierno de Javier Milei.
UNA DÉCADA DE LUCHA FEMINISTA CONTRA EL SILENCIO Y EL ESTADO
No es la primera vez que el país se levanta contra la violencia machista. El 3 de junio de 2015, tras el asesinato de Chiara Páez, de 14 años y embarazada, más de 100 ciudades argentinas se sumaron a la primera gran movilización Ni Una Menos. Desde entonces, cada nueva víctima se ha convertido en símbolo y cada marcha en desafío a un sistema que insiste en tratar los femicidios como “crímenes pasionales”.
La lucha feminista en Argentina logró conquistas históricas: la legalización del aborto en 2020, el reconocimiento público de la violencia machista como problema estructural y la creación de políticas con perspectiva de género. Pero ese camino hoy está siendo desmontado.
El presidente Milei ha recortado todos los programas contra la violencia machista y contra la discriminación LGTBI, bajo el argumento de que eran “gastos inútiles”. En Davos llegó a calificar el feminismo como “una pelea ridícula y antinatural que solo servía para crear burócratas”. Mientras tanto, en las calles la violencia crece, las redes de narcotráfico avanzan y los femicidios se multiplican.
El triple asesinato de septiembre ocurre en un país donde cada 29 horas una mujer es asesinada por violencia machista. Y ocurre en un momento en el que el Estado se ha retirado de los barrios, entregando el territorio a bandas armadas. La represión contra quienes marcharon el 27 de septiembre, golpeadas y golpeados por escudos y bastones policiales, confirma que el Gobierno no solo abandona, también castiga.
Las madres, las hijas, las hermanas y las compañeras vuelven a ocupar las plazas con una certeza: el Estado es responsable. Porque cuando se retira, habilita el terreno para que las violencias más brutales se desaten. Porque cuando reprime, se coloca del lado de los asesinos.
Ni Una Menos cumple diez años enfrentándose a todo: a la Iglesia, a los medios, a los conservadores y ahora a un presidente que declara la guerra a las mujeres. El grito se escucha más fuerte que nunca en Buenos Aires, Córdoba, Rosario y Mendoza:
No queremos estadísticas, queremos vidas. No queremos promesas, queremos justicia. No queremos discursos, queremos vivir.
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