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Genevieve Hansen estuvo presente en la escena del crimen cuando estaba fuera de servicio y no la dejaron ayudar a George Floyd, asesinado por la policía
El pasado 25 de mayo de 2020, George Floyd, un afroestadounidense de 46 años, murió asfixiado en Minneapolis después de un oficial de la policía pusiese la rodilla sobre su cuello tras arrestarlo.
En las espeluznantes imágenes grabadas por un testigo con su móvil se podía ver como el hombre imploraba hasta ocho veces: «¡No puedo respirar! ¡no me matéis!» mientras el agente mantenía con su rodilla la cabeza de Floyd aplastada contra el asfalto mientras estaba esposado. Otro agente mantenía a distancia a los testigos.
Posteriormente se puede ver al hombre inmóvil mientras los testigos piden al policía que retire la rodilla del cuello de Floyd lamentando: «¡No se está moviendo!», «¿Lo has matado?». La persona que grababa, Darnella Frazier, rogaba a los policías que hicieran algo para estabilizarle mientras dice: «Ya no respira, ya no se mueve, tome su pulso». Ya era demasiado tarde y aunque decidieron trasladarlo en ambulancia no pudieron salvarle la vida.
Derek Chauvin, el principal policía implicado en la muerte de George Floyd, fue detenido y acusado de asesinato en tercer grado y homicidio imprudente. Tras la muerte de Floyd, Chauvin fue expulsado de la Policía de Minneapolis y fue arrestado e internado en una cárcel de máxima seguridad. En octubre logró salir en libertad condicional con una fianza de 1 millón de dólares.

A George Floyd se le negó el derecho a recibir atención médica
Genevieve Hansen, una bombera y técnico de emergencias médicas, fue la última testigo en subirse al estrado este martes en el juicio contra el policía Derek Chauvin. Hansen pasaba por el lugar de los hechos, vio una patrulla policial y se acercó para ver si conocía a algún agente o requerían de su asistencia pero los agentes le ordenaron que se apartara. “Había un hombre que estaba siendo asesinado al que ella habría podido brindar atención médica, pero que a Floyd “se le negó ese derecho”, testificó.
Los fiscales le preguntaron cómo se sintió al no poder asistir a Floyd y Hansen rompió a llorar y contestó que “totalmente angustiada”. Y añadió: “Les supliqué. Estaba desesperada por ayudar”.
La bombera estaba capacitada para revisar si el entonces detenido padecía de una lesión en la médula espinal por el enorme peso que cargó en el cuello, abrirle las vías respiratorias para comprobar si había alguna obstrucción y mirarle el pulso y, en caso de no encontrarlo comenzar con las compresiones, pero los agentes se lo impidieron y, a pesar de trasladarlo al hospital, el hombre afroamericano terminó falleciendo.
Hansen, mientras grababa la escena, le gritó a los agentes que le dijesen cuál era el pulso de George Floyd al ver que su estado de consciencia estaba “alterado” porque no se movía. Mientras Floyd imploraba que no podía respirar, los testigos también presionaban a los agentes para que lo dejasen en paz.

El abogado de Chauvin le preguntó a Hasen sobre cuánto le costaría hacer su trabajo si tuviera a una docena de personas gritándole al lado o incluso amenazándola. Sin dudarlo, respondió que no le molestaría porque confiaba en el entrenamiento que había recibido y añadió que la pregunta era imprecisa porque no sabía en qué consistía su trabajo.
Este martes, la bombera ha testificado ante el jurado: “Literalmente vi a los agentes de la policía no tomarle el pulso y no hacer nada para salvar a un hombre”, dejando claro que tenía todo grabado. El abogado de Chauvin le preguntó si la gente que se había congregado alrededor de la escena estaba perturbada a lo que Hasen respondió: “No sé si ha visto morir a alguien, pero es perturbador”.
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