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Siete elecciones presidenciales desde enero de 2025, siete victorias de una derecha radicalizada: el viejo patio trasero vuelve a tener amo, bandera y consigna.
LA OLA AZUL OSCURA NO ES UN PÉNDULO: ES UNA MUTACIÓN
Un fantasma recorre América Latina, pero esta vez no viene a pedir justicia social, soberanía o pan. Viene con gorra, alambradas, megacárceles, discursos contra la inmigración y reverencias a Washington. Desde que Donald Trump regresó a la Casa Blanca en enero de 2025, las siete elecciones presidenciales celebradas en la región han terminado igual: victoria de una derecha cada vez más dura, más obediente y más cómoda en el lenguaje de la amenaza.
Siete de siete. Ecuador con Daniel Noboa, en abril de 2025. Bolivia con Rodrigo Paz, en octubre de 2025. Honduras con Nasry Asfura, en noviembre de 2025. Chile con José Antonio Kast, en diciembre de 2025. Costa Rica con Laura Fernández, en febrero. Perú con Keiko Fujimori, en junio. Colombia con Abelardo de la Espriella, también en junio. No es una anécdota regional ni un simple cambio de ciclo. Es un mapa político girando hacia una derecha que ya no necesita disfrazarse demasiado.
Durante décadas, América Latina alternó gobiernos conservadores y progresistas tras la caída de las dictaduras militares. A veces con avances, a veces con retrocesos. Lo de ahora es otra cosa. No estamos ante la vieja derecha de misa, mercado y orden. Estamos ante una derecha trumpista, securitaria, hiperpersonalista y brutalmente útil para los intereses de Estados Unidos. Cambian los acentos, cambian los símbolos patrios, cambian los apellidos. El molde es reconocible.
Rodrigo Paz intenta venderse como la excepción amable. “Tecnócrata”, “centrista”, moderado de catálogo. Pero el fondo canta. Revisa los contratos de litio firmados por el gobierno anterior con China, abre la puerta al FMI y devuelve a Bolivia a la órbita de Washington tras casi dos décadas de distanciamiento. No hace falta gritar para entregar soberanía. A veces basta con sonreír en una reunión, hablar de estabilidad y dejar que el capital extranjero vuelva a poner los cubiertos sobre la mesa.
Otros ni siquiera se toman esa molestia. Kast llega a La Moneda prometiendo deportaciones masivas y blindaje de la frontera norte. Laura Fernández gobierna Costa Rica con una megacárcel inspirada en el CECOT salvadoreño. De la Espriella se dirige a su gente tras un cristal blindado, envuelto en la bandera, ante un público con gorras de “Make Colombia Great Again”. No era una parodia. Era un programa político. La patria como decorado, el miedo como combustible y la seguridad como coartada para aplastar derechos.
Les une la forma, sí. La puesta en escena. Las redes. La frase corta. El enemigo interno. Pero les une más el fondo: realineamiento geopolítico con Estados Unidos, nacionalismo inflamado, guerra cultural permanente y uso electoral de problemas reales como la inseguridad y la migración. Nadie niega que la violencia sea una lacra en buena parte de la región. Precisamente por eso resulta tan obsceno convertir el dolor social en negocio político, cárcel infinita y obediencia militar.
Esta derecha no ofrece futuro. Ofrece castigo. No promete reconstruir Estados, promete endurecerlos contra las personas pobres, migrantes, disidentes o sospechosas de no encajar en el nuevo orden. Y lo hace con una eficacia comunicativa que la izquierda no puede seguir mirando con superioridad moral desde un despacho. Mientras unas y otros discuten matices, ellos fabrican enemigos a escala industrial.
WASHINGTON NO MIRA DESDE LEJOS: EMPUJA, COBRA Y MANDA
Trump no es solo una sombra sobre esta ola. Es su padrino político, su acelerador y, en demasiados casos, su beneficiario directo. Desde la Casa Blanca marca agenda, bendice candidaturas y organiza espacios de alineamiento como la cumbre Escudo de las Américas, celebrada en Miami el 7 de marzo, donde reunió a mandatarios afines bajo una lógica conocida: América Latina como zona de influencia, los recursos como botín y la seguridad como idioma común.
El presidente estadounidense respaldó a Nasry Asfura pocos días antes de las elecciones hondureñas, presentándolo como el único candidato con el que su Administración trabajaría. Felicitó por teléfono a De la Espriella antes incluso de que terminara el escrutinio colombiano. Recibió a Noboa en Mar-a-Lago en plena campaña. Condicionó un rescate financiero a la victoria de Milei en las legislativas argentinas. Rodrigo Paz viajó a Washington antes de tomar posesión, se reunió con Marco Rubio y logró el restablecimiento de embajadores tras diecisiete años de ruptura.
La traducción material de esa obediencia no tarda en aparecer. Bolivia entrega un memorando sobre minerales críticos que reabre el litio, hasta ayer orientado a China, al capital estadounidense. Costa Rica acepta veinticinco deportados por semana. El Salvador duplica las cifras y encierra expulsados en el CECOT. Paraguay firma un acuerdo de “tercer país seguro” para recibir solicitantes de asilo derivados desde Estados Unidos. La frontera imperial ya no está solo en Texas o Arizona: ahora se subcontrata por todo el continente.
La seguridad sigue el mismo guion. Ecuador estrecha operativos antinarcóticos conjuntos con Estados Unidos, designa “terroristas” a sus bandas y llega a ofrecer una base militar en Manta, aunque el referéndum lo veta. La Colombia entrante de De la Espriella promete sumarse. Todo bajo el gran telón de la autoproclamada “guerra contra el narco”, esa frase mágica que sirve para militarizar territorios, saltarse garantías y vender muerte como orden.
Desde septiembre de 2025, la Operación Lanza del Sur ha desplegado en el Caribe y el Pacífico oriental una de las mayores presencias militares estadounidenses en la región en generaciones. El saldo oficial presume de más de sesenta “narcolanchas” destruidas y cerca de doscientas personas muertas sin juicio, sin pruebas públicas y sin rendición de cuentas. Juristas y las y los legisladores demócratas lo han denunciado como ejecuciones sumarias. La palabra exacta importa: matar sin juicio no es seguridad. Es barbarie con bandera.
Y conviene no tragarse la épica de las urnas sin mirar la letra pequeña. Muchas de estas victorias fueron estrechísimas. Honduras se decidió por siete décimas. Perú, por tres puntos. Colombia, por menos de un punto. Hubo denuncias de fraude, recuentos interminables y un voto exterior inclinado con claridad hacia la derecha. En Colombia, el 72% de los sufragios emitidos en Estados Unidos fue para De la Espriella. En Perú, el voto exterior desde Estados Unidos, España y Argentina terminó inclinando la balanza hacia Fujimori.
Son victorias pequeñas en margen, pero enormes en consecuencias. Porque una victoria pírrica también puede destruir derechos, firmar acuerdos, abrir recursos naturales al capital extranjero, militarizar barrios y cambiar la política exterior de un país. La democracia liberal tiene esta trampa: permite que quienes llegan por muy poco actúen como si hubieran recibido un cheque en blanco.
A esa ola se suman los gobiernos ya asentados. Nayib Bukele, tras la reforma constitucional de 2025 que habilitó la reelección indefinida y recortó su mandato, buscará un tercer periodo consecutivo en febrero de 2027. Javier Milei arrasó en las legislativas de octubre de 2025 y, aunque su reelección en 2027 no está garantizada, el terreno no le resulta hostil. El peronismo se desangra entre Axel Kicillof y un kirchnerismo con Cristina Fernández cumpliendo condena, sin liderazgo común, sin candidato claro y con una fractura que recuerda demasiado a 2003.
Quedan dos grandes diques, por ahora. Brasil y México. En Brasil, Lula aspira a un cuarto mandato y lidera las encuestas frente a Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente preso e inhabilitado, mientras convierte la soberanía y los aranceles de Trump en eje de campaña. En México, Claudia Sheinbaum gobierna con una Morena hegemónica y sin elecciones presidenciales inmediatas. Las dos mayores economías de la región son, de momento, las últimas trincheras de una izquierda replegada ante una derecha que ya no viene a gestionar el sistema, sino a blindarlo a golpes.
América Latina vuelve a escuchar el ruido viejo de las botas, solo que ahora suena en TikTok, viste traje caro y habla de libertad mientras entrega el continente al capital, al miedo y al amo de siempre.
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