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Steve Bannon soñaba con una película mesiánica para devolver el poder al bolsonarismo en Brasil. Lo que ha conseguido es abrir una grieta dentro de la extrema derecha y reforzar a Lula en las encuestas.
Steve Bannon creyó haber encontrado la fórmula perfecta para resucitar políticamente al bolsonarismo. Una película épica, estética de superproducción estadounidense, un héroe perseguido por el “sistema”, referencias religiosas apenas disimuladas y el aparato cultural trumpista trabajando a pleno rendimiento. Todo parecía diseñado para eso: fabricar un mártir. O directamente un mesías. Pero Brasil tiene algo que desmonta cualquier manual propagandístico importado desde Washington. La realidad.
La película Dark Horse, concebida como una herramienta electoral para impulsar al hijo de Jair Bolsonaro antes de las elecciones de octubre, ha acabado convirtiéndose en una bomba política contra la propia familia Bolsonaro. Una de esas operaciones donde el exceso de propaganda termina dejando al descubierto demasiadas cosas. Dinero opaco. Relaciones turbias. Financiación sospechosa. Y una extrema derecha atrapada en su propia caricatura.
El proyecto fue impulsado desde el entorno de Steve Bannon, uno de los grandes arquitectos del trumpismo internacional. La idea era sencilla y bastante transparente: construir una narrativa emocional donde Jair Bolsonaro apareciera como un líder perseguido, atacado físicamente durante la campaña de 2018 y finalmente sacrificado por enfrentarse a un supuesto sistema corrupto. Todo envuelto en una estética casi religiosa.
No era casualidad que eligieran a Jim Caviezel como protagonista. El actor de La pasión de Cristo lleva años convertido en figura de culto dentro del universo MAGA y del ecosistema conspiranoico de QAnon. La intención era evidente. Asociar a Bolsonaro con una figura redentora. Bannon incluso llegó a insinuar que el film podría ser percibido como una especie de continuación espiritual de la película de Mel Gibson. Sí. Ese nivel de delirio político-cultural.
La película iba a estrenarse internacionalmente en septiembre, apenas unas semanas antes de la primera vuelta electoral. El objetivo era reforzar la candidatura de Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente, que hasta hace poco mantenía un empate técnico con Lula da Silva en varias encuestas. El bolsonarismo confiaba en que el impacto emocional del film movilizara a su base y sedujera también a sectores moderados cansados de la polarización.
Pero entonces apareció el “roteiro Brasil”. Ese concepto brasileño que viene a decir que la política del país siempre termina superando cualquier ficción.
Y lo hizo otra vez.
EL EFECTO DARK HORSE: DE OPERACIÓN PROPAGANDÍSTICA A DESASTRE ELECTORAL
La situación empezó a derrumbarse cuando The Intercept Brasil reveló un audio comprometedor. En él, Flávio Bolsonaro pedía 134 millones de reales (unos 23 millones de euros) al banquero Daniel Vorcaro, implicado en el escándalo del Banco Máster y detenido cuando intentaba huir del país. La conversación se produjo el 15 de noviembre, apenas un día antes de la detención del financiero.
La explicación ofrecida por Flávio Bolsonaro fue poco convincente. Muy poco. Oficialmente, el dinero estaría destinado a cubrir cuotas privadas de inversión relacionadas con la película. El problema es que las cifras no cuadran por ningún lado. Los 134 millones de reales superan ampliamente el presupuesto de películas brasileñas recientes enormemente exitosas, como Todavía estoy aquí (7,6 millones de euros) o El agente secreto (4,7 millones). Incluso exceden el techo legal de gasto electoral de la campaña de 2022.
Las sospechas se dispararon enseguida. Varias investigaciones apuntan a que el dinero podría estar vinculado a financiación irregular de la campaña bolsonarista. También han aparecido indicios sobre posibles estructuras paralelas de financiación política y empresas abiertas en paraísos fiscales por productoras relacionadas con el proyecto cinematográfico.
Todo demasiado grande. Demasiado turbio. Otra vez.
Y el golpe electoral ya se nota. La encuesta Atlas/Intel publicada tras el escándalo muestra a Lula ampliando la distancia en una hipotética segunda vuelta: 48,9% frente a 41,8% para Flávio Bolsonaro. Datafolha también refleja desgaste. Especialmente en el voto de centro, donde Lula alcanza el 29% frente al 20% del candidato ultra.
Dentro del propio bolsonarismo empiezan a saltar las alarmas. Dirigentes de peso reclaman otro candidato. Crecen las presiones para que Michelle Bolsonaro asuma el liderazgo electoral. Y figuras conservadoras como Romeu Zema o Ronaldo Caiado ya cuestionan públicamente la viabilidad de Flávio Bolsonaro tras el escándalo. El supuesto heredero político empieza a parecer más una carga que un activo.
La ironía es brutal. El trumpismo pretendía exportar a Brasil su maquinaria cultural basada en héroes perseguidos, conspiraciones y victimismo permanente. Pero la operación ha terminado amplificando justo aquello que más desgaste provoca entre sectores moderados: la sensación de corrupción estructural, privilegios familiares y utilización del aparato político para beneficio privado.
HOLLYWOOD, QANON Y LA INTERNACIONAL ULTRA
La película tampoco es solo una cuestión brasileña. Lo que está ocurriendo alrededor de Dark Horse retrata algo más amplio. La consolidación de una red internacional de extrema derecha donde política, entretenimiento, conspiracionismo y religión funcionan como un único ecosistema.
El director Cyru Nowrasteh ya era conocido por producciones de fuerte carga cristiana conservadora. Jim Caviezel lleva años participando en eventos vinculados al universo QAnon. Steve Bannon intenta desde hace tiempo construir una especie de internacional reaccionaria con nodos en Estados Unidos, Brasil y Europa. Y Bolsonaro era una pieza central dentro de ese tablero.
La narrativa siempre es parecida. Líderes perseguidos. Patriotas silenciados. Élites globales conspirando. Medios corruptos. Jueces enemigos. Una mezcla constante entre propaganda emocional y guerra cultural.
El problema aparece cuando la ficción choca contra los hechos. Contra las cuentas bancarias. Contra los audios filtrados. Contra las empresas offshore. Contra los intentos de golpe de Estado convertidos después en “manifestaciones pacíficas”.
Porque eso también aparece en Dark Horse. Según el guion revelado por el podcast político Foro de Teresina, la película presenta las elecciones ganadas por Lula como sospechosas de fraude y minimiza el asalto bolsonarista del 8 de enero de 2023, cuando miles de ultras destrozaron las sedes de los tres poderes en Brasilia.
No era cine. Era propaganda electoral disfrazada de épica religiosa.
Y quizá ahí está la clave de todo esto. El bolsonarismo lleva años intentando convertir la política en espectáculo permanente. Una mezcla de redes sociales, victimismo y culto personal. Pero llega un punto en el que incluso la maquinaria propagandística termina devorada por su propia sobreactuación. Porque mientras intentaban rodar una película sobre héroes perseguidos, el público empezó a mirar el presupuesto. Y las facturas. Y los nombres detrás del dinero.
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