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Washington vuelve a fabricar amenazas mientras estrangula económicamente a la isla. La misma potencia militar que gasta casi un billón de dólares al año en armas pretende convencer al mundo de que teme un ataque de drones de Cuba.
WASHINGTON NECESITA UN NUEVO PRETEXTO
La maquinaria imperial estadounidense lleva décadas perfeccionando el mismo truco: primero asfixia un país, después lo acusa de resistirse y finalmente presenta esa resistencia como una amenaza global. Irak. Libia. Afganistán. Venezuela. Irán. Ahora le toca otra vez a Cuba.
La nueva operación propagandística arrancó el 17 de mayo, cuando Axios publicó, citando a un funcionario anónimo de la Casa Blanca, que Cuba estaría “discutiendo planes” para lanzar drones contra Estados Unidos. Según ese relato, la isla habría adquirido más de 300 drones y estaría estudiando posibles ataques contra la base de Guantánamo, barcos militares estadounidenses y Key West, en Florida.
La escena roza lo grotesco. El país que destina cerca de un billón de dólares anuales a gasto militar pretende presentarse como víctima potencial de una pequeña isla caribeña sometida a bloqueo desde hace más de seis décadas. Una isla que, según el propio texto, sufre apagones constantes, una red eléctrica en “estado crítico” y una crisis sanitaria agravada por el bloqueo petrolero impuesto por Washington.
Es difícil no ver el patrón. Primero se destruyen las condiciones materiales de vida. Luego se criminaliza cualquier intento de defensa. Después llegan los editoriales hablando de “amenazas” y “seguridad nacional”. Siempre igual. Siempre envuelto en lenguaje técnico y declaraciones anónimas filtradas convenientemente a medios afines.
La embajada cubana respondió con una claridad que incomoda bastante más que toda la retórica militar estadounidense junta: “Como cualquier país, Cuba tiene derecho a defenderse frente a agresiones externas”. Y añadió algo todavía más importante: el derecho a la autodefensa está protegido por el derecho internacional y por la Carta de Naciones Unidas.
Pero Washington parece haber decidido que el problema no es atacar países. El problema es que esos países intenten prepararse para sobrevivir.
Porque eso es exactamente lo que describe el propio artículo. No habla de planes inminentes de ataque. No habla de operaciones ofensivas preparadas. De hecho, hacia el final reconoce que las autoridades estadounidenses no creen que Cuba sea una amenaza inminente ni que esté planeando atacar intereses estadounidenses.
Aun así, la pieza insiste en instalar la idea de que la mera capacidad defensiva cubana podría justificar una intervención militar futura. Un clásico. Viejo, muy viejo.
RUBIO, AXIOS Y LA FABRICACIÓN DEL CONSENSO PARA LA GUERRA
El papel de Marco Rubio en esta escalada resulta especialmente revelador. Hijo de inmigrantes cubanos y obsesionado desde hace años con el cambio de régimen en la isla, Rubio vuelve a desempeñar el rol que mejor conoce: fabricar enemigos externos para justificar políticas agresivas.
No es nuevo. El artículo recuerda cómo Rubio justificó el ataque contra Irán en febrero argumentando que Estados Unidos temía una posible represalia iraní si Israel atacaba primero. La lógica es delirante: bombardear antes porque el otro podría defenderse después.
Eso ya no es diplomacia. Es doctrina mafiosa.
El periodista José Luis Granados Ceja lo resumió de forma bastante más honesta al señalar que sería incluso “sensato” que Cuba incorporase herramientas de defensa que han demostrado ser eficaces y disuasorias. Porque cualquier Estado mínimamente racional intenta prepararse frente a amenazas reales. Y Cuba tiene razones de sobra para considerar a Estados Unidos una amenaza real.
No hablamos de paranoia. Hablamos de historia.
Estados Unidos ha financiado invasiones, sabotajes, atentados, intentos de asesinato y operaciones de desestabilización contra Cuba durante décadas. Ha endurecido el bloqueo económico hasta niveles criminales. Ha utilizado el hambre y la escasez como armas políticas. Y ahora pretende convertir el derecho cubano a prepararse para una posible agresión en una prueba de “hostilidad”.
David Adler, coordinador de Progressive International, fue aún más directo al denunciar que Rubio y Axios están “fabricando consentimiento para la invasión de Cuba”. La expresión importa. Porque eso es exactamente lo que ocurre cuando grandes medios empiezan a repetir filtraciones interesadas sin cuestionar el marco político que las sostiene.
La cosa no termina ahí. El director de la CIA, John Ratcliffe, viajó recientemente a Cuba para presionar a las autoridades cubanas y exigir reformas políticas y económicas. Y la Casa Blanca también deslizó que el Departamento de Justicia prepara cargos criminales contra Raúl Castro por el derribo de avionetas estadounidenses en los años noventa.
Mientras tanto, la Administración Trump ya invadió Venezuela en enero y secuestró a Nicolás Maduro para trasladarlo a Estados Unidos acusado de narcotráfico. Un precedente brutal. Uno más.
Por eso cada nueva filtración sobre Cuba huele menos a inteligencia y más a preparación psicológica de la opinión pública. Porque las guerras modernas empiezan mucho antes de los misiles. Empiezan en titulares ambiguos, en funcionarios anónimos y en medios dispuestos a blanquear cualquier narrativa imperial mientras hablan de “defensa” y “seguridad”.
Y porque el verdadero peligro para Washington nunca ha sido un ataque cubano. El verdadero peligro es que siga existiendo un país pequeño, bloqueado y castigado que todavía se niega a arrodillarse ante el imperio más militarizado del planeta.
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