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La guerra como distracción perfecta para avanzar una limpieza territorial sistemática con impunidad casi total
La escena se repite con una precisión inquietante. Mientras los focos internacionales se concentran en la escalada bélica entre Estados Unidos, Israel e Irán desde el 28 de febrero, en Cisjordania se despliega otra guerra, menos visible pero igual de letal. Una guerra sin declaraciones oficiales, sin ruedas de prensa y sin titulares constantes. Una guerra de colonos.
En apenas dos semanas, al menos 9 palestinos han muerto en ataques perpetrados por colonos israelíes. La cifra no es menor. Equivale a todas las muertes causadas por este tipo de violencia durante todo el año 2025, según datos de la ONG israelí B’Tselem. No es un repunte aislado. Es un patrón.
Y ese patrón no es espontáneo. Tal y como recoge un editorial de Haaretz, el asesinato de familias palestinas “forma parte de un plan destinado a anexionar Cisjordania y expulsar a su población”.
LA VIOLENCIA COMO HERRAMIENTA DE EXPULSIÓN
No se trata solo de muertes. Se trata de crear condiciones de vida insoportables. Ataques nocturnos, incendios de viviendas, robo de ganado, agresiones físicas, violencia sexual. Todo con un objetivo claro: que la población palestina abandone sus tierras.
Según documenta B’Tselem, “bajo la cobertura de la guerra, las milicias de colonos han intensificado los tiroteos letales como parte de un proceso de limpieza étnica en Cisjordania”
No es violencia caótica, es violencia funcional.
Los ataques siguen una lógica territorial. Primero, se hostiga a las comunidades. Después, se destruyen sus medios de vida. Finalmente, se ocupan las tierras abandonadas. Es una secuencia documentada durante años, pero acelerada desde octubre de 2023 y ahora intensificada en marzo de 2026.
El caso de Abu Falah es paradigmático. Tras el asesinato de varios vecinos el 8 de marzo, colonos se instalaron en las colinas cercanas al día siguiente. No es una coincidencia. Es el método.
La expansión no es improvisada. El propio Gobierno israelí facilita recursos logísticos a estos asentamientos ilegales. Un ejemplo: la entrega de vehículos todoterreno (ATV) a puestos avanzados en Cisjordania para consolidar el control territorial.
El Estado no solo mira, también equipa.
IMPUNIDAD, COLABORACIÓN Y NORMALIZACIÓN
La violencia no sería posible sin un elemento clave: la impunidad. Más del 90% de las denuncias presentadas por palestinos no terminan en cargos, según Yesh Din. Solo un 3% derivan en condenas parciales o totales. Es un sistema que no investiga, no juzga y no castiga.
Esa impunidad no es pasiva. Está acompañada de una colaboración estructural entre colonos y ejército. Testimonios recogidos sobre el terreno describen cómo las fuerzas militares intervienen para proteger a los atacantes, no a las víctimas.
La consecuencia es devastadora: los palestinos no pueden distinguir quién dispara. Colono o soldado. Civil o militar. La línea es difusa porque el objetivo es compartido.
Organizaciones internacionales han alertado de este patrón.
No se trata de incidentes aislados. Es una política de hechos consumados. A más violencia, más desplazamiento. A más desplazamiento, más tierra disponible. A más tierra, más asentamientos.
Actualmente, Cisjordania alberga más de 500.000 colonos en 141 asentamientos y 224 puestos avanzados, según Peace Now. Todos considerados ilegales por el derecho internacional. Ninguno revertido.
Mientras tanto, más de 3 millones de palestinos viven bajo ocupación.
La ecuación es clara: expansión territorial frente a desposesión humana.
Y todo ocurre mientras la atención global se desplaza hacia Irán. La guerra funciona como cortina de humo. Como excusa política. Como acelerador de una estrategia previa.
La violencia no se detiene porque no necesita justificación cuando el mundo decide no mirar.
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