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El bloqueo petrolero impuesto por Donald Trump vuelve a situar a Cuba ante un escenario límite, con un objetivo explícito y antiguo: forzar el colapso económico para provocar un desenlace político favorable a los intereses de Washington. La orden ejecutiva firmada el 29 de enero, que amenaza con sanciones a cualquier país que suministre petróleo a la isla, no es una medida aislada ni improvisada. Es la continuación lógica de una política de asfixia sostenida durante más de 60 años, ahora intensificada tras la intervención militar estadounidense en Venezuela del 3 de enero de 2026.
Cuba consume alrededor de 120.000 barriles diarios de petróleo y solo produce cerca del 30 %. El resto dependía, hasta hace poco, de Venezuela y México. El suministro venezolano, que llegó a ser de 100.000 barriles diarios en los años de mayor cooperación entre Hugo Chávez y Fidel Castro, ya se había reducido progresivamente. Tras la operación militar estadounidense y el secuestro de Nicolás Maduro, ese flujo se cortó por completo. México, que enviaba unos 17.000 barriles diarios, también interrumpió el suministro ante la amenaza directa de represalias comerciales: más del 80 % de sus exportaciones dependen del mercado estadounidense.
El resultado es inmediato y medible. Desde diciembre de 2025 Cuba no recibe combustible, lo que ha obligado al Gobierno a aplicar un plan de emergencia: reducción de la semana laboral a cuatro días, recortes drásticos en el transporte público, limitación de la venta de gasolina y paso a modalidad semipresencial de la Universidad de La Habana. El transporte urbano, columna vertebral de la vida cotidiana, ha sido uno de los primeros servicios en colapsar. Los apagones prolongados afectan al bombeo de agua, la recogida de basura, el funcionamiento de escuelas, hospitales y redes de comunicación.
Todo esto ocurre mientras el país afronta una contracción del PIB superior al 11 % en los últimos cinco años, agravada por el desplome del turismo, que cerró 2025 como su peor año desde 2002, pandemia aparte. Washington también ha actuado ahí, restringiendo visados a personas que hayan viajado a la isla y dificultando la llegada de divisas. El bloqueo económico impuesto en 1962 ha provocado daños acumulados estimados en más de 170.000 millones de dólares, una cifra que explica mejor que cualquier consigna la fragilidad estructural actual.
La asfixia como estrategia política
No hay disimulo. La retórica oficial estadounidense ha abandonado incluso las coartadas habituales. Cuba es presentada como “una amenaza inusual y extraordinaria a la seguridad de Estados Unidos” y acusada de difundir “ideas comunistas en el hemisferio occidental”. La guerra ya no se oculta bajo el lenguaje del narcotráfico o los derechos humanos, sino que se formula como lo que es: castigo ideológico y disciplinamiento regional.
El presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, calificó la medida de “fascista, criminal y genocida”, una descripción que no es retórica sino jurídica si se atiende al impacto directo sobre la población civil. Al mismo tiempo, abrió la puerta a un diálogo sin presiones y con respeto a la soberanía, una oferta que choca con la lógica imperial que guía la Casa Blanca. Trump no busca negociar. Busca rendir por hambre y frío.
La crisis energética se superpone a un desgaste interno real. La desafección política ha crecido en amplios sectores sociales, alimentada por la escasez, la inflación, la emigración y errores propios de gestión económica. La burocracia, la lentitud en la toma de decisiones y la incompleta socialización del poder han erosionado el consenso histórico de la revolución. La ausencia de Fidel Castro sigue pesando como un vacío político y simbólico que no se ha resuelto.
Sin embargo, reducir la situación cubana a un supuesto fracaso interno es una forma de ocultar la violencia estructural del bloqueo. Ninguna economía puede sostenerse indefinidamente bajo un cerco total que impide comerciar, importar energía o acceder a financiación internacional. Hablar de “ineficiencia” sin mencionar el asedio es una operación ideológica, no un análisis serio.
El aislamiento es casi total. China y Rusia han expresado apoyo diplomático, pero su intervención material ha sido limitada. Cuba produce apenas el 10 % de su energía a partir de fuentes renovables, y la transición energética avanza con lentitud por falta de recursos y tiempo. Rusia aporta algo de petróleo, insuficiente para cubrir el déficit actual. Nadie parece dispuesto a arriesgar sus estrategias geopolíticas globales por el Caribe.
Tampoco América Latina ha respondido con la contundencia que exige el momento. Más allá de declaraciones y del envío de 800 toneladas de ayuda humanitaria por parte de México, ampliables a 1.500 toneladas adicionales, predomina el miedo a las represalias. Cada gobierno negocia en solitario con un poder que se comporta como juez, parte y verdugo.
Eduardo Galeano habló en los años noventa de “la trágica soledad de Cuba” tras la caída del bloque soviético. Hoy, en 2026, esa soledad vuelve a imponerse. La isla que envió médicos cuando nadie miraba enfrenta su hora más dura sin red, sin petróleo y con el cerco apretándose, mientras el imperialismo vuelve a confiar en una vieja receta que siempre fracasa pero nunca abandona: matar de hambre para gobernar desde lejos.
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