Cuando la diplomacia se reduce a halagos, medallas y barriles, la transición se convierte en un negocio.
La escena ocurrió el 20 de enero de 2026, en la Casa Blanca. Donald Trump exhibió una medalla del Premio Nobel de la Paz entregada días antes por María Corina Machado. Y con ese gesto simbólico, tan barato como eficaz, el presidente de Estados Unidos abrió por primera vez la puerta a darle un papel en una supuesta transición en Venezuela, mientras reafirmaba su respaldo a la presidenta interina Delcy Rodríguez. El mensaje fue nítido: el elogio paga dividendos.
Trump lo verbalizó sin rubor. Dijo que ahora “le encanta Venezuela”, que “han estado trabajando muy bien con nosotros” y que las compañías petroleras se preparan para “inversiones masivas” en un país que, según su propio relato, tiene más petróleo que Arabia Saudí. La política exterior convertida en una negociación inmobiliaria, con sonrisas, halagos y promesas de negocio como lubricante.
No hubo referencia alguna a derechos humanos, a procesos democráticos verificables ni a garantías institucionales. Lo que hubo fue una transacción simbólica: una medalla que se entrega y una puerta que se abre. Trump incluso se permitió reescribir la historia reciente al afirmar que debería haber recibido el Nobel “por cada guerra”, y celebró que Machado dijera que él lo merecía por “haber acabado con ocho guerras”. La exageración como método y la mentira como moneda corriente.
LA POLÍTICA EXTERIOR COMO TRUEQUE PERSONAL
El episodio confirma una constante del trumpismo: la diplomacia se reduce a relaciones personales y recompensas privadas. No hay marcos multilaterales ni procesos transparentes. Hay afinidades, gestos y oportunidades de negocio. Cuando Trump dice que “está hablando con ella” y que “quizá podamos involucrarla de alguna manera”, no está describiendo un plan político, sino una negociación informal, opaca y condicionada a la utilidad inmediata.
Machado entiende el lenguaje. El halago al poder imperial no es ingenuidad, es estrategia. Entregar una medalla del Nobel no cambia la correlación de fuerzas en Venezuela, pero sí activa el ego del presidente estadounidense. El resultado es una foto, una frase y una legitimación parcial. Así funciona el peloteo cuando el interlocutor confunde Estado con empresa.
Mientras tanto, Trump dejó claro que el canal principal sigue siendo el Gobierno interino encabezado por Delcy Rodríguez. La apertura a Machado no sustituye a nadie, añade una ficha al tablero. Divide, presiona y maximiza opciones. Washington no apuesta por la democracia, apuesta por el control del flujo energético.
Las fechas importan. Trump regresa a la Casa Blanca hace un año y su prioridad internacional ha sido reordenar mercados, no derechos. El petróleo venezolano vuelve a escena en 2026, en plena reconfiguración energética global, con Estados Unidos buscando asegurar suministros y ganancias. La transición se vuelve un concepto maleable cuando hay barriles de por medio.
VENEZUELA COMO ESCAPARATE DE UN IMPERIALISMO SIN DISFRAZ
El discurso de Trump no deja dudas. Habló de inversiones, de compañías preparándose, de petróleo “masivo”. Venezuela aparece como un activo, no como una sociedad. Las y los venezolanos quedan reducidos a figurantes en una narrativa de negocios que se decide en despachos ajenos.
La legitimación simultánea de Delcy Rodríguez y la instrumentalización de Machado no buscan estabilidad democrática, sino garantías para el capital. El mensaje a las élites es claro: quien se muestre útil será escuchada o escuchado. Quien hable de derechos, rendición de cuentas o soberanía, estorba.
Este movimiento también sirve para blanquear la injerencia. Se presenta como apertura, diálogo y reconocimiento del “gesto noble” de una opositora. Pero el fondo es el mismo: Estados Unidos decide quién entra, quién sale y en qué condiciones, siempre que el negocio esté asegurado.
No es casual que el elogio llegue acompañado de la promesa de inversiones petroleras. No es diplomacia, es extractivismo con sonrisa. Y no es una anécdota. Es una doctrina: premios simbólicos a cambio de alineamiento político y acceso a recursos.
Cuando el poder se compra con halagos y se paga con petróleo, la democracia se convierte en un decorado útil y prescindible.
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