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Meter a la ultraderecha en el Gobierno, aunque sea por la puerta de atrás, no es gobernabilidad: es claudicación.
En la historia reciente de Europa, pocas democracias han servido como banco de pruebas de la ultraderecha con tanto descaro como Países Bajos. Lo que comenzó como un experimento de laboratorio —meter al fascismo en el Ejecutivo sin dejarle tocar los mandos— ha terminado como terminan siempre estos juegos con fuego: con un incendio político, una coalición dinamitada y un país en parálisis institucional. El protagonista de esta tragicomedia es Geert Wilders, líder del PVV, un partido que lleva dos décadas agitando el odio racial, el supremacismo cristiano y la islamofobia como programa electoral. Su victoria en las elecciones de noviembre de 2023 fue recibida entre la alarma y el cálculo frío: ni vetado como primer ministro, ni completamente marginado. El resultado fue una coalición absurda donde la ultraderecha gobernaba sin gobernar, dictaba sin firmar, y destruía sin hacerse cargo del escombro.
Con la coartada de un Gobierno “técnico”, las élites neerlandesas permitieron que las ideas de Wilders colonizaran la política migratoria, social y cultural del país, mientras se lavaban las manos con un tecnócrata anodino al frente. Dick Schoof, exjefe de los servicios de inteligencia, asumió el papel de figura neutral para encubrir una agenda radical que jamás debió institucionalizarse. Pero cuando se pacta con el fascismo, no hay neutralidad que valga. Y cuando se blanquea el odio, lo que se debilita no es el extremista: es la democracia.
I. UNA COALICIÓN IMPOSIBLE PARA UN PROYECTO IMPOSIBLE
Lo que ha ocurrido en Países Bajos no es una anomalía. Es el desenlace lógico de una clase política que, por miedo o cálculo, decidió jugar con fuego. Geert Wilders, líder del Partido por la Libertad (PVV), ganó las elecciones generales en noviembre de 2023 con una campaña basada en cerrar mezquitas, criminalizar la migración y derogar derechos fundamentales. Una victoria esperada, pero aún así escandalosa. La democracia liberal volvía a premiar al que más la desprecia.
Sin embargo, el resto de partidos no se atrevió a entregarle el timón del país por completo. Así nació el Gobierno Frankenstein: una coalición de cuatro partidos de derechas (PVV, VVD, NSC y BBB), con Wilders vetado como primer ministro, pero con voz y voto en las decisiones clave. Un Gobierno sin cabeza, sin plan, sin dignidad. La presidencia fue otorgada a Dick Schoof, un tecnócrata sin trayectoria parlamentaria y exjefe de los servicios secretos, como si eso bastara para contener al monstruo que ellos mismos habían alimentado.
El resultado fue el previsible: parálisis legislativa, tensiones internas y una política migratoria dictada por el odio racial. Mientras el supuesto primer ministro intentaba parecer neutral, Wilders dictaba la agenda. Era la versión institucional del ventrílocuo ultraderechista metiendo la mano en el muñeco del Estado. Y Europa miraba sin inmutarse.
II. TECNOCRACIA RACISTA, EL NUEVO EUPHEMISM DEL FASCISMO
Lo más obsceno del experimento fue la cobertura mediática y política que se le dio. “Gobierno técnico”, “modelo de contención”, “acuerdo de Estado”… Todo para evitar llamar a las cosas por su nombre. Pero la técnica no es neutral cuando sirve al odio. Un acuerdo que blinda las expulsiones colectivas, endurece las condiciones del asilo y margina a los musulmanes no es técnico: es un Gobierno de extrema derecha maquillado para no asustar a Bruselas.
La dimisión de Wilders esta semana, tras romper la coalición y retirar a sus ministros, no es una anécdota. Es la confirmación de que la ultraderecha no entra en las instituciones para gobernar. Entra para dinamitar el sistema desde dentro. El problema no es que Wilders haya roto el Gobierno. El problema es que lo dejaron entrar sabiendo que lo rompería.
Y cuando se normaliza lo anormal, cuando se pacta con el fascismo sin pagar el precio electoral, lo que se rompe no es solo una legislatura. Es el dique de contención democrática.
III. NO SE NEGOCIA CON LA BARBARIE, SE COMBATE
La historia reciente está llena de avisos. Salvini en Italia. Orbán en Hungría. Abascal en España. La ultraderecha no quiere ser Gobierno, quiere ser régimen. No gestiona: arrasa. No dialoga: impone. Y sin embargo, la derecha tradicional sigue creyendo que puede usarla como muleta para gobernar sin mancharse. Pero cada vez que la extrema derecha se sienta en la mesa, acaba comiéndose los cubiertos, la vajilla y al anfitrión.
Poner frenos a Wilders, a Le Pen, a Abascal o a Meloni ya no basta. Porque el simple hecho de que sean actores institucionales consolida su poder. Les da recursos, tiempo de pantalla y, sobre todo, legitimidad. Y cuando lo legítimo es el odio, lo que viene después es el desastre.
La política no es un laboratorio. No se puede meter fascismo en un matraz y esperar que no se derrame. Porque lo hace. Siempre lo hace. Y cuando lo hace, quema.
La dimisión de Wilders no es una retirada. Es un movimiento táctico. Un aviso. Un “volveré” en forma de ultimátum. Porque el fascismo no desaparece cuando fracasa: se reconfigura, se victimiza y se prepara para la próxima ofensiva.
Quienes creyeron que podían usarlo como peón para gobernar sin mancharse, hoy recogen los trozos de un Estado más frágil, más dividido y más contaminado por el odio.
El experimento neerlandés no ha terminado: ha mutado. Y lo que se juega ahora no es una legislatura. Es el alma de Europa.
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Una vez más habrá que recordar a Durruti; cuando la burguesía ve peligrar sus intereses, empieza a agitar al fascismo, neoliberales progresistas ,todos son parte del sistema capitalista.
El fascismo es una bestia Negra que siempre está alerta en su cueva, se disfraza, se transforma, pero ahí está siempre al acecho, bajo la vigilancia de su amo ,este que sigue amasando una fortuna.
El amo y la bestia son uno, las marionetas de los politicos sanguijuelas cumplen su papel de aspirante a oligarca.
Una sola solución,acabar como sea con el capitalismo,ardua tarea, pero no imposible, tiempo al tiempo.
Salud y anarkia
Como PP y Vox…