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Trump y Hegseth ordenan eliminar nombres LGTBI y antirracistas de los buques militares para imponer la “cultura del guerrero”
UN GOBIERNO QUE ODIA A SUS HÉROES
Pete Hegseth, el nuevo secretario de Defensa de Trump, ha firmado una orden tan simbólica como repugnante: borrar el nombre de Harvey Milk de un barco militar. El USNS Harvey Milk, nombrado en honor al activista LGTBI asesinado en 1978, dejará de existir con ese nombre. Y no será el único: en la lista negra también figuran los nombres de la jueza Ruth Bader Ginsburg, del juez Thurgood Marshall y de la abolicionista Harriet Tubman. ¿El motivo? “Restablecer la cultura del guerrero”, según reza un memo interno filtrado a Associated Press.
Esta ofensiva es parte del giro reaccionario del Pentágono bajo la batuta de Hegseth, un tertuliano ultraconservador de Fox News reconvertido en jefe militar. Lo hace justo en junio, en pleno Mes del Orgullo. Y lo hace mientras impulsa el despido de militares trans y la censura sistemática de cualquier política, cartel, libro o red social que promueva la equidad o la inclusión. Porque esa es la prioridad estratégica del ejército más armado del planeta: silenciar la memoria de quienes lucharon por los derechos civiles.
Harvey Milk sirvió en la Armada en los años 50, cuando aún era legal expulsar a alguien por ser homosexual. Y lo hicieron. Años después, fue asesinado por su activismo político. Fue asesinado, literalmente, por dar la cara. Por salir del armario y luchar por los derechos de otros. Que su nombre esté hoy en un buque no era una concesión woke, era una reparación mínima a una historia de discriminación sistemática. Pero para Trump y Hegseth, los héroes tienen que ser blancos, hombres, heterosexuales y armados. El resto no cuenta. El resto estorba.
UNA DEPURACIÓN IDEOLÓGICA A GOLPES DE BARCO
No es una anécdota. Es una purga simbólica. Y es profundamente coherente con la cruzada reaccionaria que el trumpismo ha desatado en su segundo mandato. Si los nombres que molestan no son los de esclavistas o generales confederados, sino los de juezas feministas, activistas negros o líderes LGTBI, es porque el enemigo ya no es el pasado racista. El enemigo es el presente diverso. Y el objetivo es dejar claro que en la América de Trump no hay espacio para la disidencia, ni en tierra firme ni en alta mar.
Rebautizar un buque es un acto político. Lo fue cuando Biden eliminó los nombres confederados. Lo es ahora que Trump elimina los nombres de luchadoras y luchadores por la justicia social. El mensaje es nítido: no se trata de historia, se trata de hegemonía. De imponer una idea de nación que excluya todo lo que huela a derechos, igualdad o memoria. Si el nombre de Harriet Tubman ofende más que el de Jefferson Davis, es porque el poder ya no teme a la esclavitud, sino a quienes la combatieron.
Y la estrategia no acaba ahí. Mientras Hegseth borra nombres de barcos, el Pentágono reprime a los militares trans, revierte políticas de inclusión racial y promueve un discurso militarista teñido de supremacismo. Un discurso que llama “guerrero” al que obedece sin cuestionar, pero no al que lucha por cambiar lo injusto. Un discurso que aplaude a los mercenarios de Blackwater pero desprecia a quienes, como Milk, pagaron con su vida por defender la dignidad.
No hay nada accidental en esta limpieza. Es la versión militar del revisionismo trumpista. Es lo mismo que impulsa la censura de libros en escuelas, la represión del aborto, la persecución a migrantes, la criminalización del feminismo o la demonización del antirracismo. Todo lo que recuerde que hubo una historia de lucha, una memoria de resistencia, una posibilidad de igualdad, debe desaparecer. O al menos, ser rebautizado.
No es casual que Trump dijera en su primer mandato que quería “hacer América grande otra vez” y que ahora, en el segundo, quiera hacerla pequeña, blanca y armada otra vez.
Borrar el nombre de Harvey Milk no lo hará desaparecer. Pero sí retrata lo que son: un régimen cobarde que teme más a un homosexual con principios que a una bomba nuclear.
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