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Trump instrumentaliza el término para blanquear el racismo y proteger a los suyos mientras ignora el exterminio en Gaza
Donald Trump ha decidido que el genocidio existe… solo si lo sufren blancos. No es una metáfora. Esta semana, en un encuentro oficial en la Casa Blanca, el expresidente estadounidense recibió al presidente de Sudáfrica, Cyril Ramaphosa, para acusarle de encubrir un supuesto “exterminio de granjeros afrikáners”. La acusación no tiene base jurídica, ni respaldo en datos, ni reconocimiento internacional. Lo que sí tiene es una agenda: victimizar al colonizador y acusar de violencia al colonizado.
Trump ha empezado a conceder asilo político colectivo a personas blancas sudafricanas, amparándose en esa narrativa. Una decisión que no se basa en hechos, sino en propaganda supremacista. La misma que lleva años propagando Fox News, la Alt-Right global y los think tanks del neofascismo internacional. Esa idea de que en Sudáfrica se persigue a los blancos por ser blancos. Lo llaman “genocidio blanco”.
Ninguna institución internacional, ni Human Rights Watch, ni Amnistía Internacional, ni la ONU, ha hablado jamás de genocidio en Sudáfrica. El propio Instituto Sudafricano de Relaciones Raciales —de orientación liberal y promercado— desmontó hace años el mito: los asesinatos de granjeros afectan a todas las razas y responden a causas sociales, no étnicas.
Pero eso a Trump no le importa. No busca justicia: busca munición ideológica. Sudáfrica es negra, independiente y crítica con Israel. Esa es su verdadera culpa. Porque mientras Trump da asilo a blancos sudafricanos por un genocidio que no existe, sigue negando el genocidio palestino que sí está ocurriendo en directo.
CUANDO EL SILENCIO TAMBIÉN MATA
Desde octubre de 2023, más de 50.000 personas han muerto en Gaza, entre ellas al menos 14.000 niños y niñas, según Save the Children. Pero para Trump, eso no merece ni una línea. Ni una sanción. Ni un asilo. Ni un gesto. Solo silencio, y complicidad con Netanyahu.
El racismo no siempre grita. A veces calla. Y ese silencio es el que mata. El de quienes miran hacia otro lado cuando los cuerpos son morenos, musulmanes, empobrecidos. El de quienes se escandalizan por titulares inventados sobre Sudáfrica, pero ignoran las fosas comunes de Rafah, las bombas sobre hospitales o el uso del hambre como arma de guerra.
Trump no solo calla: también protege a los genocidas. Ha vetado resoluciones de la ONU, ha mantenido los envíos de armas, ha justificado el asedio con el mismo discurso de siempre: “Israel tiene derecho a defenderse”. Defenderse matando niños. Defenderse destruyendo barrios enteros. Defenderse prohibiendo la entrada de ayuda humanitaria. Defenderse hasta que no quede nadie al otro lado.
Y mientras tanto, en Washington, se construye el relato inverso: los blancos son perseguidos, los negros gobiernan con odio, los palestinos son terroristas. La inversión moral es total. Lo que se está fabricando no es solo una mentira, sino una coartada para el apartheid global. Porque si el genocidio lo sufren los tuyos, hay que denunciarlo. Si lo cometen tus aliados, se justifica.
Sudáfrica, por su parte, ha hecho lo que se espera de un país con memoria: llevar a Israel ante la Corte Internacional de Justicia por genocidio. Trump lo ha respondido recibiendo a colonos blancos y acusando a Sudáfrica de racismo. Una inversión de roles que solo puede sostenerse desde el privilegio colonial.
Si eres blanco, conservador y poseedor de tierras: eres víctima.
Si eres palestino, pobre y asediado: eres sospechoso.
Esta es la doctrina Trump. Una doctrina que convierte los derechos humanos en arma de guerra, y el genocidio en herramienta electoral.
El problema no es que mienta. Es que cada vez más gente está dispuesta a creérselo.
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