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En 1976, un grupo de trabajadores de la empresa británica Lucas Aerospace se enfrentó a una crisis: la empresa, líder en la producción de motores para aviones militares, estaba recortando empleos. Pero en lugar de protestar o aceptar su destino, estos trabajadores decidieron tomar el control y proponer un plan alternativo: el Lucas Plan.
El plan fue liderado por Mike Cooley, un ingeniero de la empresa, y fue apoyado por la Unión de Trabajadores de la Ingeniería y la Federación de Trabajadores Científicos. La propuesta era simple pero revolucionaria: los trabajadores de Lucas Aerospace investigarían y diseñarían tecnologías alternativas que fueran socialmente útiles, ecológicamente sostenibles y económicamente viables. En lugar de producir tecnologías militares y aeronáuticas, propusieron fabricar equipos médicos, de transporte y energías renovables.
El Lucas Plan fue presentado a la dirección de la empresa y al gobierno británico, pero fue rechazado. A pesar de ello, el plan recibió una gran cantidad de apoyo de la sociedad en general, incluyendo a sindicatos, grupos ecologistas y políticos. También fue ampliamente difundido en los medios de comunicación y se convirtió en un modelo para la reorganización de la industria hacia la producción de tecnologías social y ambientalmente responsables.
El legado del Lucas Plan continúa hasta hoy: se convirtió en un símbolo del poder de los trabajadores para proponer soluciones alternativas y participar en la toma de decisiones en el lugar de trabajo. También inspiró a muchos otros trabajadores y comunidades a explorar formas alternativas de producción y de organización del trabajo.
En un momento en que la lucha contra el cambio climático y la transición hacia una economía verde son más importantes que nunca, el Lucas Plan es un recordatorio de que la participación activa de los trabajadores y la democracia en el lugar de trabajo son fundamentales para garantizar que la transición sea justa y efectiva. Y un ejemplo de cómo los trabajadores pueden ayudar a construir un futuro mejor.
Procesos participativos
¿Cuáles fueron las razones políticas del fracaso del Lucas Plan? El plan no solamente era viable desde la perspectiva tecnológica sino que también tenía una planificación económica sólida y factible. Pero fue rechazado porque aceptar que trabajadores y trabajadoras de una fábrica tengan derecho no solo a luchar para mejorar sus condiciones de trabajo sino también para decidir qué cosas es justo producir, y para quién, es algo inaceptable dentro del sistema de capitalismo de mercado.
El capitalismo predica la libertad individual pero, al mismo tiempo, practica un control asfixiante sobre los procesos de decisión dentro de las unidades productivas, las fábricas y las empresas.
Hoy en día, la mayoría de nosotros trabajamos en organizaciones privadas o públicas, con procesos verticales de toma de decisiones y jerarquías muy estrictas. La inmensa mayoría de las empresas no son instituciones democráticas donde se tome en cuenta la voluntad y la opinión del trabajador sobre el proceso productivo. Este status quo está tan cristalizado que ni siquiera los sindicatos lo cuestionan.
La mayoría de las luchas sindicales se basan en una mejora de los derechos y las condiciones laborales, pero casi nunca hay consignas claras para involucrar a los trabajadores en la decisión sobre qué producir y qué no. El resultado es que vivimos un tercio de nuestras vidas en organizaciones autoritarias.
La gran mayoría de los ciudadanos de los países occidentales no solo se siente orgulloso de los sistemas democráticos de sus países, sino que también pretenden que otras culturas y otras naciones adopten los mismos modelos de participación democrática. Constantemente criticamos el autoritarismo del sistema presidencial ruso o el sistema de partido único chino. Sin embargo, nos parece perfectamente normal levantarnos por la mañana y pasar 8 horas o más en entornos totalmente autoritarios donde tenemos un margen mínimo para participar en la toma de decisiones.
El debate sobre la democracia en las fábricas no es nuevo. El movimiento cooperativista en todo el mundo es el gran resultado de este debate. En una organización democrática, todos los trabajadores y trabajadoras tienen voz y voto en los procesos de toma de decisiones. Esto significa que se les consulta regularmente y se les pide su opinión sobre temas importantes relacionados con la empresa, la producción y su organización. De esta manera, se asegura que las decisiones tomadas sean representativas de las opiniones y necesidades de todos los empleados, y no solo de unos pocos líderes. Además, hay quien extendería el proceso de decisión a los consumidores y al territorio alrededor de las organizaciones.
Si el medioambiente, el aire y la tierra a mi alrededor se ven afectados por la actividad de una empresa, ¿por qué no debería tener el derecho a decidir sobre los procesos que se llevan a cabo en ella?
El mundo es de todos
En un mundo en el que se habla cada vez más de economía circular y en el que la transición ecológica es cada vez más urgente, es fundamental que las empresas y organizaciones empiecen a pensar no solamente en cómo hacer la producción más eficiente y más rentable, sino también en qué productos y servicios es justo y sostenible producir.
El caso del Lucas Plan nos enseña que si se da a los trabajadores la oportunidad de decidir qué producir, es muy probable que decidan dirigir la producción hacia productos más sostenibles y que atiendan a las necesidades sociales de su entorno. Seguramente la democracia en los puestos de trabajo no es la panacea a la crisis social y ambiental que vivimos, pero es condición necesaria para una transición ecológica justa.
Mario Pansera recibe fondos de GAIN – Xunta de Galicia, del European Research Council y del programa Horizonte 2020 de la Union Europea
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