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Pintura que muestra a santa Kümmernis (o santa Wilgefortis, en Portugal), de Leopold Puellacher, hecha hacia 1820/30. Hermul Aschauer / Wikimedia Commons, CC BY-SA
Cuando visitamos un museo o colección de arte, son muchas las sensaciones que nos producen las imágenes de las mujeres barbudas. Unas con miradas desafiantes, otras con miradas resignadas, todas nos contemplan contándonos su trágica historia.
Sean pecadoras o santas, las mujeres con hirsutismo siempre fueron vistas como un prodigio misterioso que podía convertirse en anuncio de amenaza de grandes males y castigos de origen divino o en símbolo de resistencia frente a la presión recibida para abjurar de su fe.
Desde la Antigüedad
El vello en los cuerpos femeninos siempre ha tenido un tratamiento diferente al masculino. En el mundo oriental de la Antigüedad se pueden encontrar imágenes de barbadas desvinculadas de carga negativa, como la diosa Ishtar de Babilonia, la faraona Hapshepsut de Egipto, o las “Venus Barbate” de la isla de Chipre. Pero en el mundo occidental la presencia de vello facial femenino se asoció principalmente con la naturaleza primitiva de las mujeres, vinculándolo a su carácter maligno y libidinoso, algo que las convertiría en moralmente reprobables.
Desde las primeras descripciones del origen del mundo, los textos bíblicos y la literatura justificaban la superioridad del hombre frente a la mujer, mostrando a esta como un mal en sí mismo, un ser bello pero de bajos instintos por naturaleza, frente a la imagen de un hombre creado a imagen y semejanza de Dios.
En las teorías médicas humorales de la antigüedad, la diferencia física más evidente entre ambos, el pelo, estaba además relacionada con el apetito sexual. Según la tradición, la abundancia de cabello y vello corporal indicaba masculinidad en los hombres y una peligrosa voluptuosidad en las mujeres. Estas teorías se plasmaron en textos y tratados médicos y filosóficos (Hipócrates, Galeno, Avicena, ó Aristóteles), y a partir del siglo XVI irrumpieron en la Historia del Arte.
El vello en el arte
Uno de los primeros teóricos de las artes que recogió las bajas connotaciones morales asociadas a las mujeres barbudas fue Giambattista Della Porta. Concretamente, en el apartado “Sobre el vello” de su obra De humana physiognomonia afirmaba que “la mujer barbuda es de pésimo carácter”.
Si ya desde la antigua Roma se atribuían gran parte de las desgracias públicas a la inmoralidad femenina, Della Porta mantenía que una mujer con barba, “como monstruo que es, es presagio de desgracia inminente”. Según estas ideas, los dioses, en un gesto de generosidad y apiadados de los mortales, intentaban ayudarles a evitar las consecuencias de grandes peligros enviando señales de aviso que se manifestaban a través de acontecimientos sorprendentes, terribles o inexplicables, o por la presencia de seres deformes o monstruosos que con un carácter profético presagiaban con su nacimiento una gran desgracia.
Con el auge del cristianismo, el nacimiento de estos seres se justificó en gran medida como evidencia física y tangible de castigos divinos derivados del pecado. De este modo, esos recién nacidos acusaban públicamente a sus progenitores de haber quebrantado las reglas morales sobre la concepción, imponiéndoles una penitencia que se alargaría cruelmente durante la vida del infante.
Las fuentes antiguas y medievales están repletas de testimonios de nacimientos monstruosos. No será hasta principios del siglo XVI cuando esta consideración se iría abandonando, siendo propiciada por las bases científicas propias del humanismo que buscaban en la investigación médica la justificación natural a estos problemas físicos, alejándolos progresivamente de la explicación del castigo divino.
Retratos documentales
Fruto de esta naciente interpretación, y gracias también a la imprenta, a partir del siglo XVI se comenzaron a realizar representaciones de mujeres barbudas con unas connotaciones diferentes, alejadas del ámbito de lo pecaminoso, ilustrando tratados de Historia Natural, Medicina o Filosofía.
Brígida del Río, la barbuda de Peñaranda, de Juan Sánchez Cotán.
Museo del Prado
A partir de este momento comenzó una representación diferente de algunas barbudas como Brígida del Río, también conocida como la barbuda de Peñaranda, retratada por Sánchez Cotán en 1590, o Magdalena Ventura, pintada unas décadas más tarde en Nápoles por José de Ribera.
‘Retrato de Magdalena Ventura, llamada la mujer barbuda, que aparece junto con su marido y su hijo’, de José de Ribera.
Wikimedia Commons
En ambos casos, los pintores se acercaron al tema sin atisbo de crítica o censura, tratando a las mujeres con un interés documental en el que se subraya su enfermedad desde la dignidad. En el caso de Brígida, el pintor la representó con una mirada bondadosa, directa y sincera, con las manos recogidas en su regazo, mostrando con su gesto y semblante y a través de su impoluta indumentaria la honestidad de su alma.
El retrato que realiza José de Ribera, en cambio, refleja el dolor contenido de una mujer que, debido al hirsutismo desarrollado a partir de los 37 años, sufrió tales cambios físicos que adquirió completamente el aspecto de un hombre. En este caso, la mirada casi desafiante de Magdalena, que se aferra a su hijo mientras le ofrece un pecho para la lactancia, contrasta con la desolación de su marido, que parece querer confundirse con el fondo.
Barbudas y santas
Por otro lado, y aunque la mayoría de las representaciones que encontramos de mujeres velludas están relacionadas con conductas inmorales y pecaminosas, existen también algunas representaciones de mujeres cuyo vello o barbas simbolizan su santidad. Uno de estos casos extraordinarios lo encontramos en la ficticia Santa Wilgefortis (de Virgo Fortis), una virgen mártir de origen portugués cuya leyenda y culto se extendieron por Europa.
Santa Wilgefortis en una tabla de 1678 del Museo Municipal de Schwäbische Gmünd (Alemania).
Wikimedia Commons
La historia de esta santa narra que siendo doncella romana se opuso a los planes familiares de matrimonio y rezó y ayunó pidiendo que se evitase esa unión, ya que deseaba dedicar su vida a Dios y a la oración. La respuesta a sus plegarias le llegó cuando le crecieron una prominente barba y un tupido bigote. Esto provocó inmediatamente la repulsa de su prometido y la anulación del matrimonio, pero también el castigo de su padre, que la mandó crucificar.
La representación iconográfica de estas santas las muestra con un rostro barbado, crucificadas y ataviadas con una larga túnica que les cubre el cuerpo casi por completo, dejando solo al descubierto las manos, los pies y la cabeza.
En este caso, la barba y los rasgos masculinos son precisamente el símbolo de su santidad, el elemento iconográfico que las define y las hace reconocibles. La iconografía de estas “santas virilizadas” evolucionó a lo largo del tiempo. La barba fue haciéndose más sutil, desapareciendo o siendo sustituida como elemento diferenciador por el hecho de ser una santa crucificada, con una anatomía femenina que se adivina bajo los ropajes, coronada y portando una rica indumentaria.
La consolidación de estas nuevas advocaciones puso en contacto a los fieles con unos modelos de mujeres cuyas barbas eran motivo de orgullo. Las barbas de Santa Wilgefortis, en España conocida como Santa Librada, o Santa Paula de Ávila representaban el amor de Cristo hacia aquellas jóvenes que ansiaban dedicar su vida a Dios y a la oración, erigiéndose en la advocación preferida de mujeres infelices en su matrimonio y haciendo algo más popular la representación de mujeres barbadas ante la sociedad.
En cualquier caso, todas ellas fueron mujeres humildes, nobles o santas, cuya presencia a través de lienzos o grabados quedaría justificada durante siglos entre los mirabilia de las célebres cámaras de las maravillas que abundaron en Europa desde el Renacimiento. Estas ofrecen el testimonio estigmatizado de quien, naciendo mujer, tuvo barbas de hombre.
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