Un artículo destapa la poca profesionalidad de la prensa española, incapaz de dar una mala noticia sobre el jefe de Estado durante casi 40 años.

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El Confidencial ha publicado un artículo necesario que destapa las vergüenzas de la prensa española, más preocupada por cuadrar sus cuentas sin ofender a quienes ponen el dinero que de cumplir con la ética periodística que debe presuponérsele a medios con la difusión de El Mundo, El País, La Vanguardia o El Periódico.

«40 años riéndole las gracias a Juan Carlos I: así se fraguó el gran fracaso de la prensa», tituló David Brunat, periodista que firma el artículo, avanzando un repaso por el reinado de Juan Carlos I cargado de polémicas.

Brunat comienza su artículo haciendo referencia a una de las primeras pillerías conocidas al emérito: cómo Juan Carlos I sacó 10 millones de dólares al jefe de Gabinete del Sha de Persia, Mohammad Reza Pahlaví. Suplicó ayuda para hacer frente al PSOE, un partido «marxista» que amenazaba a la Corona en los albores de su reinado. Los socialistas nunca amenazaron su reinado, pero el rey se llenó los bolsillo sin que la prensa cubriese la noticia.

Tampoco los medios se hicieron eco de un viaje de Juan Carlos I a Suiza en junio de 1992. Nadie sabía donde andaba el rey y su ausencia impedía la designación de Javier Solana como ministro de Exteriores en sustitución de Francisco Fernández Ordóñez, ya que hacía falta su firma. Ignacio Cembrero, periodista de El País, señaló que Juan Carlos I estaba ingresado en una clínica en Suiza. La noticia se escondió en una media columna en primera edición, y luego desapareció de imprenta en las ediciones principales de Madrid y Barcelona. Lo cierto es que había acudido a acompañar a su amante mallorquina Marta Gayà en su ingreso en una clínica de desintoxicación. Años después nos enteraríamos de que Gayá habría sido la beneficiaria de la generosidad del Rey, que en el año 2011 (cuando ya la relación había terminado) le donó dos millones de euros. Una minucia si lo comparamos con los 65 que le donó (presuntamente) a Corinna Zu Sayn-Wittgenstein.

Las ausencias de Zarzuela de Juan Carlos I para atender asuntos privados fueron una constante durante su reinado y siempre, o casi siempre, fueron tapados por la prensa española. «La clase política lo sabía, también los directores de los grandes periódicos, pero se optó por hacer la vista gorda», señala Brunat.

El 2 de agosto de 1990 Sadam Husein invadió Kuwait, lo que sirvió como excusa para intervención militar norteamericana y británica para expulsar del emirato a los invasores y volver a instalar a la familia Al Sabah en el trono. Ahí emergió el escándalo de los 500 millones de dólares que el gobierno de Kuwait, liberado del yugo de Sadam Husein, asegura haber entregado al empresario Javier de la Rosa, representante en España de la Oficina de Inversión Kuwaití, y que no aparecen por ningún lado. Ese dinero se utilizó para el pago de favores políticos realizados en pro de la liberación del emirato, en concreto para permitir que los aviones de la USAF pudieran utilizar las bases españolas para repostar en su viaje al Medio Oriente. El fondo de inversión kuwaití acusó a De la Rosa de haberse apropiado de 100 millones. De la Rosa se defiende: él no es un ladrón, entregó esa cantidad a Manuel Prado y Colón de Carvajal, administrador privado del rey, con el fin de apoyar la causa de la monarquía kuwaití en el exilio tras la invasión del emirato por Sadam Husein. Este caso, el caso KIO, «es solo el episodio más grotesco de una práctica rutinaria desde que el rey alcanzó la jefatura del Estado: pasar la gorrilla entre aristócratas y empresarios, con más o menos decoro según el caso», señala el artículo.

El primer gran golpe de la prensa a Juan Carlos primero, por supuesto, no llegó desde la prensa española. Fue The New York Times quien publicó un crítico artículo en 2013 informando que la fortuna del emérito se eleva a 2.300 millones de dólares, casi 1.800 millones de euros. El artículo hablaba del «estilo de vida lujoso» y a la «fortuna opaca» del Rey- afirmaba que «sigue siendo un secreto cómo ha amasado su considerable riqueza personal». 

Hasta entrado el siglo XXI, los únicos trapos sucios publicados del monarca son sus líos de faldas. Los años 90 son los de la internacionalización de la empresa española, y ahí Juan Carlos I lleva a los grandes empresarios de la mano, entre ellos los jeques árabes y se revela como un embajador fabuloso que se transformaría con el tiempo en alguien que solo estaba interesado en el dinero. De esos viajes emergen sus negocios opacos, de los que apenas ha trascendido la punta del iceberg, muchos de los cuales nunca sabremos nada.

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