Llevamos casi dos años viendo cómo se normaliza lo insoportable: el exterminio del pueblo palestino retransmitido en directo mientras gobiernos como el nuestro mantienen negocios, diplomacia y complicidad con Israel.
Y cuando la ciudadanía se rebela, cuando una mujer de 87 años se atreve a pegar una pegatina contra el genocidio, mandan a cinco policías a por ella como si fuera peligrosa.
Esa es la medida de este sistema: cobarde con los poderosos y brutal con quienes defienden la vida. Ante un genocidio, callar es ser cómplice.
Desobedecer es el único camino digno.
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