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En Japón, un joven macaco llamado Punch fue rechazado por su madre poco después de nacer. El vídeo se hizo viral. Miles de personas comentan, comparten, reaccionan. La historia es sencilla: una cría vulnerable, una madre ausente, cuidadores atentos, un posible final feliz. Es una narrativa limpia, encapsulada, sin geopolítica ni culpables incómodos.
Al mismo tiempo, en Gaza, miles de niños y niñas han quedado huérfanos tras meses de bombardeos, asedio y destrucción sistemática. No hablamos de un caso aislado. Hablamos de una generación marcada por el trauma, el duelo y la precariedad absoluta. Pero esa tragedia no arrasa los algoritmos. No genera la misma avalancha emocional.
El contraste no es anecdótico. Es el retrato de una empatía que funciona por estímulos y no por principios.
LA EMPATÍA COMO PRODUCTO DE CONSUMO
La viralidad del macaco Punch no es un accidente. Es el resultado de un ecosistema digital que premia lo que puede convertirse en experiencia. Un animal “adorable”, una historia individual, una narrativa que cabe en 30 segundos. No hay que estudiar historia, ni derecho internacional, ni relaciones de poder. Solo hay que sentir.
Las plataformas convierten esa emoción en métricas. Más visualizaciones. Más interacción. Más visitas físicas al zoo. De hecho, varios medios informaron de que el zoológico duplicó visitas tras la viralización del caso. El dolor se transforma en tráfico. El tráfico en negocio.
Y aquí la cuestión no es atacar a quienes sienten compasión por un animal. La cuestión es entender por qué esa compasión se activa con tanta facilidad cuando no implica responsabilidad política. Sentir por Punch no obliga a cuestionar a ningún Gobierno, a ninguna industria armamentística, a ningún aliado estratégico.
En cambio, sentir por las y los huérfanos palestinos exige algo más que un comentario con emoji triste. Exige posicionarse ante un conflicto con responsables concretos, con apoyo diplomático y militar de potencias occidentales. Exige reconocer que el sufrimiento no es un accidente natural sino el resultado de decisiones políticas.
Un estudio clásico de Paul Slovic sobre la “insensibilidad psíquica” ya advertía que nuestra capacidad de empatía disminuye a medida que aumenta el número de víctimas. Una historia individual moviliza más que miles de vidas anónimas. No es maldad individual. Es un sesgo cognitivo. Pero cuando ese sesgo se convierte en política editorial y en tendencia global, deja de ser un simple mecanismo psicológico. Se convierte en estructura.
CUANDO LA POLÍTICA INCOMODA MÁS QUE EL DOLOR
Las imágenes de niños y niñas en Gaza no son menos impactantes. Son más difíciles. Porque detrás hay aviones, presupuestos militares, vetos en el Consejo de Seguridad, alianzas estratégicas. Hay responsabilidades.
Más de 80 países han denunciado la ofensiva israelí como ilegal según el derecho internacional. Las colonias en territorios ocupados han sido declaradas contrarias a la Cuarta Convención de Ginebra por resoluciones de la ONU. Son datos verificables. Son marcos jurídicos. No son emociones ligeras.
Y sin embargo, ese debate no se traduce en millones de comentarios tiernos. Se traduce en polarización, en discusiones, en bloqueos de contenido. El algoritmo no premia la complejidad. Premia lo que no desestabiliza.
Hay otra dimensión incómoda. Las historias como la de Punch pueden tener un efecto perverso. Al convertir el sufrimiento animal en espectáculo, legitiman el propio sistema que lo produce. Normalizan el cautiverio como entretenimiento. Transforman la vulnerabilidad en atracción turística.
Mientras tanto, las y los huérfanos palestinos no generan entradas vendidas. No generan selfies. No generan experiencia de fin de semana. Generan incomodidad. Generan preguntas sobre armamento, sobre comercio, sobre diplomacia.
La industria mediática sabe que una cría de macaco es más sencilla de empaquetar que una acusación de crímenes de guerra. Lo primero cabe en un clip vertical. Lo segundo exige contexto, investigación, riesgo editorial.
No se trata de competir en dolor. Se trata de evidenciar la jerarquía invisible que establecemos al sentir.
Si nuestra compasión se activa cuando la historia es “tiernamente” consumible y se apaga cuando implica estructuras de poder, no estamos ante un problema emocional sino político.
El capitalismo digital convierte la empatía en mercancía. Monetiza la ternura. Neutraliza la indignación. Y deja fuera aquello que exige transformación real.
La pregunta no es si sentimos. La pregunta es por qué sentimos más cuando no tenemos que asumir consecuencias. Y quién paga el precio de esa comodidad emocional.
Porque mientras compartimos el vídeo de un macaco rechazado, hay niñas y niños rechazados por un sistema internacional que los reduce a daño colateral.
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