Cuando un Gobierno esconde los números, es porque sabe que el golpe viene de frente.
LOS DATOS QUE DESAPARECEN DELATARÍAN EL COSTE REAL DEL TRUMPISMO
La Casa Blanca ha decidido que la economía estadounidense será lo que Trump diga que es, no lo que indiquen los indicadores oficiales. La Oficina de Análisis Económico confirmó que no publicará el avance del PIB del tercer trimestre de 2025, un informe que debía salir el 30 de octubre y que quedó en suspenso durante el cierre federal. La decisión se detalla en la propia actualización del BEA, que reestructura por completo el calendario de datos económicos.
El apagón estadístico se amplió con rapidez. El Gobierno bloqueó también el informe mensual de empleo de octubre y el informe de inflación. Y no por incapacidad técnica, sino por conveniencia política. Así lo recogió The New Republic, cuando desveló que la Casa Blanca insinuaba que los datos estaban “permanentemente dañados” y que quizá era mejor no publicarlos.
La estrategia es obvia. Si los datos molestan, se eliminan. Si el panorama económico no encaja en el relato presidencial, se apaga la luz. Y cuando un país deja de publicar sus cifras básicas, deja también de permitir que la ciudadanía —y las y los periodistas, analistas y economistas— puedan fiscalar al poder.
El BEA ha movido a 5 de diciembre el informe sobre ingresos y ahorro de los hogares y ha pospuesto tres informes de 2024, todavía sin nueva fecha. La estadística pública queda subordinada a la conveniencia del presidente.
LO QUE LOS NÚMEROS MOSTRARÍAN: TARIFAS SUICIDAS, DEPORTACIONES MASIVAS Y UNA ECONOMÍA QUE AVANZA A CIEGAS
La gran ironía es que, aun con esta ofensiva contra la transparencia, algunos datos ya escaparon del cerrojo. Durante la primera mitad de 2025, la economía cayó un 0,5 por ciento en el primer trimestre y creció un 3,8 por ciento en el segundo, dejando un 1,66 por ciento anualizado, cifras que Fox Business recopiló incluso mientras criticaba el bloqueo de información.
El tercer trimestre —justo el que Trump ha hecho desaparecer— apuntaba a un frenazo serio, y ese frenazo coincide con el impacto de dos políticas estrella del trumpismo económico:
- La deportación masiva como amputación económica
El plan migratorio de Trump no solo es brutal desde el punto de vista humanitario. Es un desastre macroeconómico. La expulsión de millones de trabajadoras y trabajadores reduciría el PIB estadounidense entre un 4,2 y un 6,8 por ciento, según el análisis del American Immigration Council.
A lo que Trump llama “recuperar América”, los datos lo llaman auto-sabotaje productivo. - La guerra arancelaria como impuesto oculto a la población
Las tarifas recíprocas impuestas por Trump actúan como un impuesto silencioso que encarece productos, frena la inversión y erosiona el crecimiento. Lo demuestra la Tax Foundation en su evaluación del impacto económico de la guerra comercial.
Trump promete soberanía económica, pero entrega inflación, pérdida de competitividad y contracción.
En lugar de confrontar estas evidencias con datos, el Gobierno ha optado por la táctica más antigua del autoritarismo: borrar la evidencia. No se refutan los números, se destruyen. No se demuestra que las críticas son falsas, se impide que la ciudadanía pueda comprobarlo por sí misma.
La conclusión es inevitable: cuando un presidente necesita censurar la estadística pública para sostener su discurso, es porque su discurso no resiste la prueba de la realidad.
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