La condena al ex fiscal general no solo castiga un nombre propio. Amenaza el derecho de la Fiscalía a defenderse del poder político y a informar a la ciudadanía.
La sentencia que condena al ex fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz, a dos años de inhabilitación no es un asunto técnico ni un simple choque de interpretaciones jurídicas. Es una decisión con consecuencias estructurales sobre el funcionamiento del Ministerio Fiscal y sobre el equilibrio entre justicia, poder político y derecho a la información. Por eso su defensa ha presentado ante el Tribunal Supremo un incidente de nulidad sustentado en siete motivos concretos, todos ellos vinculados a la vulneración de derechos fundamentales. Y por eso este caso no va de una persona concreta, sino del modelo de justicia que se está consolidando.
García Ortiz fue condenado por la supuesta filtración de la confesión del empresario Alberto González Amador, pareja de Isabel Díaz Ayuso, procesado por dos delitos fiscales. El eje de la condena es una nota informativa de la Fiscalía, emitida para responder a una ofensiva mediática y política que cuestionaba su actuación. Lo que durante la instrucción el propio Supremo había considerado que no constituía delito acabó convirtiéndose, de forma abrupta, en la base de una condena firme.
El primer motivo de nulidad es la vulneración de la presunción de inocencia. La sentencia ignora pruebas de descargo esenciales, especialmente los testimonios de periodistas que aseguraron disponer del correo con la confesión del fraude antes de que llegara al fiscal general la noche del 13 de marzo de 2024. No se trata de pruebas marginales. Son el núcleo del caso. Eludirlas no es interpretarlas de forma restrictiva, es hacer como si no existieran.
El segundo motivo es la quiebra del derecho a la defensa. La Abogacía del Estado denuncia que el tribunal “dice creer” a esos testigos pero razona como si no lo hiciera. Creer formalmente una prueba y neutralizarla en la práctica no es valorar la prueba, es vaciarla de efectos, una maniobra incompatible con cualquier estándar garantista.
El tercer motivo apunta a la tutela judicial efectiva. La sentencia construye su relato sin ponderar de manera real las pruebas exculpatorias y sin justificar por qué se descartan. Cuando una resolución no explica por qué ignora elementos decisivos, no protege derechos. Los erosiona.
El cuarto motivo es especialmente grave: el secuestro de la palabra institucional. La defensa sostiene que la nota de la Fiscalía fue una respuesta legítima para evitar que se instalara la idea de una institución sometida a “órdenes de arriba” o actuando con fines prevaricadores. Convertir ese acto en delito supone acallar la posibilidad misma de que la Fiscalía emita comunicados o desmentidos cuando es atacada. No es una exageración retórica. Es el efecto literal de la sentencia.
El quinto motivo tiene que ver con la apariencia de imparcialidad del tribunal. El escrito recuerda el auto por el que el Supremo rechazó investigar a su presidente por participar en un curso del Colegio de Abogados de Madrid, acusación popular en el proceso, en plenas deliberaciones. El propio auto admite que se valoraron hechos de conocimiento sobrevenido que, de haberse conocido antes, habrían podido ser objeto de recusación. La justicia no solo debe ser imparcial. Debe parecerlo. Aquí esa apariencia ha quedado dañada.
El sexto motivo denuncia una alteración del criterio jurídico previo. El Supremo pasó de considerar irrelevante penalmente la nota de la Fiscalía a convertirla en pieza clave de la condena, sin un razonamiento sólido que justifique ese giro. La seguridad jurídica se resiente cuando el criterio cambia sin explicación convincente.
El séptimo motivo señala el impacto sistémico de la sentencia. No es un castigo individual. Es un aviso a navegantes. Si desmentir ataques políticos puede costar una condena, el mensaje es claro: mejor callar. Y cuando el silencio se impone por miedo a represalias judiciales, la democracia se empobrece.
La sentencia es firme. No admite recurso ordinario. El incidente de nulidad es el único paso previo para acudir al Tribunal Constitucional. La Fiscalía, de forma poco habitual, también ha pedido la anulación por considerar que se han ignorado pruebas que exoneraban al ex fiscal general. No es un gesto corporativo. Es una señal de alarma institucional.
Hoy no se discute solo la autoría de una filtración. Se juzga si la justicia puede convertirse en un mecanismo para castigar a quien desmiente al poder político y para imponer el silencio como norma. Y cuando eso ocurre, el problema ya no es una sentencia concreta, sino el sistema que la hace posible.
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