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La igualdad de género se ha convertido en un aspecto relevante en las políticas públicas, tanto en lo que se refiere al logro del equilibrio de género como a la integración del análisis sexo y género en el contenido de la investigación y la innovación.
Las brechas de género comienzan tímidamente a disminuir, pero las elecciones académicas por ramas de conocimiento siguen mostrando una segregación horizontal por sexos, en algunos ámbitos con porcentajes semejantes a los años 70 del siglo XX.
Por ejemplo, el último informe Gender Monitor, de octubre de 2022, sitúa en cifras superiores al 80 % el alumnado femenino cursando en la actualidad, en orden de prioridad, Enfermería, Educación, Trabajo Social y Psicología, unas cifras que se elevan hasta el 90-95 % en el caso del alumnado de Educación Infantil en algunas de las universidades públicas de nuestro país.
El informe lo elabora U-Multirank, el ranking internacional de universidades promovido por la Comisión Europea; analiza más de 1 000 instituciones de 80 países, entre ellos España con datos de todas las universidades españolas.
Un desequilibrio sin explicación científica
Este desequilibrio, que en el siglo XXI carece de toda fundamentación científica y racional, no ha implicado, sin embargo, un cuestionamiento social de base. Al contrario, es precisamente la “naturalización” social de determinadas aptitudes y actitudes genéricas, tanto para la formación en determinadas ramas de conocimiento como en el ejercicio de profesiones concretas, la que permite su perpetuación.
Al amparo de fundamentos culturales decimonónicos, sin soporte legal y político, estas creencias están firmemente asentadas en una base ideológica estructural sólida, por lo que es imprescindible comenzar analizando la situación actual desde la trayectoria histórica, social e ideológica que proporciona la perspectiva de género.
Argumentos irracionales del pasado
Fueron numerosos los artículos, tratados científicos, congresos, e incluso instrucciones públicas que se ensañaron en demostrar la inferioridad intelectual de las féminas y, consecuentemente, la necesidad de plantear currículums diferenciados en función de sus “inferiores” capacidades y, fundamentalmente, del rol social que estaban llamadas a ejercer en tanto que mujeres.
“Desde su inteligencia a su estatura, todo en ella es inferior y contrario a los hombres. Todo en ella va de fuera a dentro. Todo es concentrativo, receptivo y pasajero; en un hombre todo es activo y expansivo (…) En sí misma, la mujer, no es como el hombre, un ser completo; es sólo el instrumento de la reproducción, la destinada a perpetuar la especie; mientras que el hombre es el encargado de hacerla progresar, el generador de inteligencia, a la vez creador y demiurgo del mundo social. Así es que todo tiende hacia la no-igualdad entre los sexos y la no equivalencia; de modo que las mujeres, inferiores a los hombres, deben ser su complemento en las funciones sociales”.
De la mujer y sus derechos en las sociedades modernas, Pompeyo Gener, La Vanguardia, 1889.
Pese a la irracionalidad y anacronismo de dichas argumentaciones, los fundamentos de las mismas se reproducen en el imaginario social, perpetuando la masculinización actual de ciertas ramas del conocimiento, como es el caso de las ingenierías, cuyo porcentaje de representación femenina, a nivel europeo, presenta tasas en torno al 20 %. Por el contrario, el ejercicio de profesiones orientadas a la atención y cuidado (Enfermería, Trabajo Social y Magisterio) fueron ámbitos considerados no sólo exclusivamente femeninos, sino de obligatorio ejercicio por parte de las mujeres.
La dictadura franquista fue especialmente incisiva en este aspecto, cuando, una vez aceptado como mal menor el trabajo remunerado por parte de las mujeres, las orienta hacia aquellas profesiones moralmente aceptadas como femeninas.
Para hacerlo, disfraza dicha obligatoriedad como particular dotación femenina, revestida de tintes vocacionales, encontrando en su carácter eminentemente femenino argumentos sobrados para su menor remuneración y, fundamentalmente, para su desprestigio social.
Todas las ramas del conocimiento son científicas
En vísperas de la celebración del 11F, Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, una efeméride importante para mostrar referentes femeninos en ciencia, tecnología e investigación y eliminar los prejuicios y estereotipos de género que continúan manteniendo a las niñas y mujeres alejadas de dichos espacios, continúa siendo necesario reflexionar en torno a los fundamentos ideológicos que perpetúan las desigualdades.
Debemos deconstruir sus fundamentos desde el origen, cambiando la perspectiva de análisis en dos direcciones: la primera es el reconocimiento de la cientificidad de todas las ramas de conocimiento, y no exclusivamente las que comprende el ámbito de las STEM; la segunda y decisiva, la necesidad de activar políticas públicas paralelas y equilibradas que terminen tanto con la masculinización como con la feminización de los ámbitos académicos y profesionales.
Los cuidados, especialidad de todos
Así podremos garantizar la universalización de los cuidados como patrimonio de la humanidad, y no como especialidad reservada a las mujeres.
De la misma manera, podremos terminar con el desprestigio que determinadas trayectorias profesionales continúan teniendo por el hecho de haber sido consideradas tradicionalmente como femeninas, siendo un ejemplo paradigmático la Educación Infantil o el Trabajo Social.
Referentes masculinos
Como defiendo en una investigación reciente, contar con referentes masculinos en la ética del cuidado de las personas, de la expresión natural de los sentimientos, en el ejercicio de los saberes asignados culturalmente a las mujeres siempre será positivo y enriquecedor para la construcción de las identidades masculina y femenina en clave igualitaria.
Si el diseño y articulación de las políticas de igualdad no tienen como objetivo equilibrar la presencia de hombres y mujeres en todos los ámbitos y niveles de la vida laboral y personal será imposible lograr la igualdad real y terminar con los prejuicios genéricos que prevalecen en el ámbito formativo y laboral. Para ello se deben promover en condiciones igualitarias acciones divulgativas que visibilicen referentes masculinos en espacios feminizados en la misma medida que las mujeres que son referentes en espacios copados por hombres, en conjunción con todas las acciones que pongan en cuestionamiento la denominada masculinidad hegemónica para presentar propuestas articuladas desde las masculinidades igualitarias.
Justicia social
Las acciones no revierten los planteamientos ideológicos, ni en la intimidad de los hogares, ni en el imaginario social, ni en las instituciones, que son un microcosmos de la realidad social.
El ejercicio de subordinación del colectivo femenino se perpetúa y retroalimenta a través de aquellas profesiones para las que se nos considera “naturalmente capacitadas” trasladando a las mismas el desprestigio con que el patriarcado revistió su particular modelo de feminidad.
Por tanto, eliminar los sesgos genéricos en el ámbito académico y profesional no es sólo cuestión de igualdad, sino de justicia social.
Matilde Peinado Rodríguez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
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