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Poznukhov Yuriy / Shutterstock
Los árboles pueden morir repentina o lentamente.
El fuego, las inundaciones o el viento pueden causar una muerte rápida al dañar gravemente la capacidad del árbol para transportar agua y nutrientes por el tronco.
A veces, un ataque grave de un insecto o una enfermedad pueden matar un árbol. Este tipo de muerte suele durar de unos meses a un par de años. De nuevo, el árbol pierde su capacidad de mover el agua y los nutrientes, pero lo hace por etapas, más lentamente.
Un árbol también puede morir de lo que podríamos llamar vejez.
Soy una científica que estudia los árboles y la red de seres vivos que los rodean. La muerte de un árbol no es exactamente lo que parece, porque conduce directamente a una nueva vida.
Árboles diferentes, vidas diferentes
Un antiguo pino bristlecone (Pinus longaeva) en Patriarch Grove, en las Montañas Blancas de California.
Nicholas Turland/flickr, CC BY-ND
Los árboles pueden vivir muchísimo tiempo, dependiendo del tipo que sean. Algunos pinos carrascos, por ejemplo, se encuentran entre los árboles más antiguos conocidos y tienen más de 4 000 años. Otros, como los lodgepoles o los álamos, tienen una vida mucho más corta, de 20 a 200 años. Los árboles más grandes de su barrio o ciudad probablemente se encuentren en algún punto de ese intervalo.
Seguramente se habrá dado cuenta de que cada ser vivo tiene una esperanza de vida distinta: un hámster no suele vivir tanto como un gato, y este no va a vivir tanto como una persona. Los árboles no son diferentes. Su esperanza de vida viene determinada por su ADN, que puede considerarse el sistema operativo integrado en sus genes. Los árboles programados para crecer muy deprisa serán menos fuertes y menos longevos que los que crecen muy despacio.
Pero incluso un árbol viejo y resistente acabará muriendo. La acumulación de años y daños causados por insectos y bichos microscópicos, combinados con las inclemencias del tiempo, acabarán lentamente con su vida. El proceso de muerte puede empezar por una sola rama, pero acabará por extenderse a todo el árbol. El observador puede tardar un tiempo en darse cuenta de que el árbol ha muerto.
Se podría pensar que la muerte es un proceso pasivo. Pero, en el caso de los árboles, es sorprendentemente activo.
La red subterránea
Las raíces hacen algo más que anclar un árbol al suelo. Son el lugar donde se adhieren los hongos microscópicos y actúan como un segundo sistema radicular para un árbol.
Algunos hongos parecen frágiles telas de araña, pero estos diminutos tubos actúan como superautopistas subterráneas.
André-Ph. D. Picard, CC BY-SA
Los hongos forman largos hilos superfinos llamados hifas. Las hifas de los hongos pueden llegar mucho más lejos que las raíces de un árbol. Recogen del suelo los nutrientes que necesita el árbol. A cambio, este retribuye a los hongos con azúcares que obtiene de la luz solar en un proceso conocido como fotosíntesis.
Puede que haya oído que los hongos también pueden pasar nutrientes de un árbol a otro. Este es un tema que los científicos aún están tratando de resolver. Es probable que algunos árboles estén conectados a otros por una compleja red subterránea de hongos, a veces llamada wood wide web en inglés.
Aún no se sabe muy bien cómo funcionan estas redes en un bosque, pero los científicos sí saben que los hongos que las forman son importantes para mantener los árboles sanos.
La vida después de la muerte
Antes de caer, un árbol muerto puede permanecer en pie durante muchos años, proporcionando un hogar seguro a abejas, ardillas, búhos y muchos más animales. Una vez que cae y se convierte en tronco, puede albergar otros seres vivos, como tejones, topos y reptiles.
Algún día los restos de este árbol desaparecerán por completo.
Swen Pförtner / Picture alliance via Getty Images
Los troncos también albergan otro tipo de hongos y bacterias, llamados descomponedores. Estos diminutos organismos ayudan a descomponer grandes árboles muertos hasta el punto de que nunca se sabría que han existido. Dependiendo de las condiciones, este proceso puede durar desde unos pocos años hasta un siglo o más. A medida que la madera se descompone, sus nutrientes vuelven al suelo y quedan disponibles para otros seres vivos, incluidos los árboles cercanos y las redes de hongos.
Un árbol deja un legado. Mientras está vivo, da sombra, sirve de hogar a muchos animales y de sustento a hongos y otros árboles. Cuando muere, sigue desempeñando un papel importante. Da impulso a nuevos árboles dispuestos a ocupar su lugar, cobijo a un conjunto diferente de animales y, finalmente, alimento a la siguiente generación de seres vivos.
Es casi como si un árbol nunca muriera de verdad, sino que transmitiera su vida a otros.
Camille Stevens-Rumann no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
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