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Cada vez más personas experimentan desórdenes persistentes en la alimentación que acarrean un deterioro significativo de la salud física y del funcionamiento psicosocial. Se conocen con la etiqueta común de trastornos de la conducta alimentaria (TCA), que incluyen la anorexia nerviosa, la bulimia nerviosa y el trastorno por atracón. La prevalencia de estos trastornos llega ya al 2,2 % en Europa y predomina en mujeres jóvenes y adolescentes.
Los síntomas que llevan aparejados los TCA afectan tanto a la persona que los padece como a los que están a su alrededor. Es más, ante un diagnóstico de esta índole lo más frecuente es que aparezcan sentimientos de culpa y emociones negativas en las personas cuidadoras.
No es un asunto secundario. De hecho, las emociones que suelen aparecer en los familiares de las personas con un TCA (incomprensión, desesperación, rabia, frustración, miedo o ansiedad) y sus conductas (rechazo, crítica, hostilidad o sobreprotección) pueden influir en que persista o no a lo largo del tiempo. De ahí la importancia de identificar qué tipo de cuidador es cada uno.
Canguro, rinoceronte o delfín
Una de las clasificaciones más aceptadas recurre a las metáforas animales. Por un lado, en relación a las conductas ejercidas, plantean la figura del canguro, del rinoceronte y del delfín.
La figura del canguro se caracteriza por la sobreprotección, es decir, hacer todo lo posible por proteger a la persona con TCA, cediendo ante todas sus exigencias y haciéndose cargo de sus responsabilidades con el fin de ayudarle y evitarle estrés y sufrimiento. A veces incluso dejan todo de lado para dedicarse por completo a la persona con TCA. Todo esto supone un obstáculo para que la persona con TCA afronte sus propias dificultades y recomponga su autoestima. Afrontar los problemas por sí misma, por pequeños que sean, es la mejor forma de fortalecer la seguridad y autoestima.
En el extremo opuesto, encontramos al rinoceronte, estresado y agotado porque no comprende que su hijo o hija no ponga solución a un problema que desde fuera considera fácil de solucionar. Pierde la paciencia y emplea el razonamiento lógico con el cual intenta aplastar las conductas y creencias disfuncionales asociadas al TCA. Esta actitud puede provocar que la persona con TCA perciba la necesidad de contraatacar con la lógica y los pensamientos distorsionados del trastorno de alimentación y los ensaye una y otra vez, favoreciendo que se instauren con mayor fuerza. A veces también pueden intentar forzar el cambio y esto puede derivar en la aparición de ingeniosas contramedidas y aumento de resistencias.
Finalmente, la figura del delfín se sitúa en una posición intermedia. El delfín guía a sus hijos y les acompaña casi de manera imperceptible hacia una dirección de seguridad con una actitud cálida dejando que sean ellos quienes afronten sus problemas. Esto permite a la persona con TCA sentirse acompañada y empoderada para continuar con el proceso de cambio.
Avestruz, medusa o sambernardo
Por otro lado, en función de las reacciones emocionales de las personas cuidadoras, distinguimos la figura de la avestruz, la medusa y el sambernardo.
La avestruz se caracteriza por presentar dificultades para reconocer y admitir la presencia del trastorno de alimentación, negando o ignorando su existencia y evitando hablar e incluso pensar sobre ello. Pero no por actuar así desaparece el problema. Es más, la actitud puede hacer que la persona con TCA perciba que invalidan sus sentimientos y la situación tiende a perpetuarse.
En el polo opuesto está la figura de la medusa, que engloba a personas muy emocionales y sensibles que se sienten totalmente responsables de la felicidad de sus hijos/as y expresan su malestar, agotamiento e impotencia de forma muy sentida y con una gran intensidad emocional. La situación puede llevar a la persona con TCA a sentirse culpable y optar por ocultar todo lo relacionado con su problema. Incluso hay pacientes que consideran que debe hacerse cargo de las emociones de sus padres, produciéndose así una inversión de roles que podrían agravar la patología.
La figura del perro sambernardo ocuparía una posición de equilibrio entre ambos extremos. Se caracteriza por ser sereno y cálido, dar respuestas conscientes y congruentes a la situación. Evita la crítica, favorece la expresión emocional, valida las emociones y otorga confianza en situaciones de peligro. Esto podría favorecer que la persona con TCA se sienta apoyada por sus padres y a su vez podría disminuir la percepción de amenaza constante que favorecería el avance hacia el cambio.
Adoptar la posición del delfín y del sambernardo, a pesar de que es lo más conveniente, no siempre es tarea fácil. Pedir apoyo y sostén como persona cuidadora en este complicado proceso podría ser de gran utilidad.
Janire Momeñe López recibe fondos del Departamento de Educación, Universidades e Investigación del Gobierno Vasco.
Ana Isabel Estévez Gutiérrez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
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