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«La verdadera vergüenza no está en aparecer junto a Abascal, sino en permitir que sus tácticas dañinas se conviertan en el estándar de nuestra política«
Santiago Abascal, político de baja alcurnia y alta retórica, se ha catapultado a la esfera pública con un discurso basado en repetir hasta la saciedad las mismas frases en foros de internet, vociferando a diestra y siniestra sin un ápice de pudor, llevando el arte de la demagogia al límite de lo soportable. Su estrategia se reduce a la repetición machacona de eslóganes sin sentido y a la creación de un enemigo ficticio al que culpar de todos los males.
Pero hablemos del verdadero problema aquí. No se trata de la figura de Abascal en sí, sino de cómo su figura y su discurso de odio se han arraigado en el imaginario colectivo de cierta parte de la población. ¿Cómo hemos llegado a este punto? ¿Cómo ha conseguido un político tan vacuo y simplista, cuyo único mérito parece ser el dominio del arte de la manipulación y la repetición, convertirse en un actor tan relevante en el panorama político español?
En el debate de RTVE, previo a las elecciones del 23 de julio, el presidente del Gobierno y candidato socialista, Pedro Sánchez, apuntaba a una figura ausente: Alberto Núñez Feijóo, líder del Partido Popular. Según Sánchez, la ausencia de Feijóo se debía a la «vergüenza» de compartir estrado con Abascal, aun compartiendo políticas con él.
Compartir el escenario con un líder político que se deleita en la demagogia y la falsedad es, ciertamente, una situación embarazosa
Y aquí radica el núcleo de la cuestión: la vergüenza. Porque a pesar de las ilusiones de respetabilidad que intenta transmitir el Partido Popular, la asociación con Abascal y su formación ultraconservadora es, sin lugar a dudas, una mancha imposible de borrar. Compartir el escenario con un líder político que se deleita en la demagogia y la falsedad es, ciertamente, una situación embarazosa.
Pero más allá de la vergüenza, se esconde una problemática aún mayor. No se trata de diferencias ideológicas o de la lógica polarización del juego político. Estamos ante una amenaza real y presente para nuestra democracia: un populismo extremo y sin restricciones que se nutre de la desinformación y de la polarización. Un populismo que se aleja del diálogo constructivo y se adentra en el terreno peligroso de la mentira y la manipulación.
El hecho de que a Feijóo le cause vergüenza compartir escenario con Abascal es una señal de lo que todos sabemos: Abascal y su formación política son una vergüenza para nuestra democracia. Pero lo que realmente debería causar vergüenza a Feijóo, y a todos aquellos que se parecen a él, es que a pesar de conocer las tácticas dañinas de Abascal y su formación política, optan por mirar hacia otro lado o incluso intentar apropiarse de su retórica para atraer a su base de votantes.
La verdadera vergüenza es que la ultraderecha populista de Abascal se ha convertido en un actor relevante en nuestro escenario político
La política es un espacio para el diálogo, la discusión y el compromiso, un escenario para enfrentar los desafíos de nuestra sociedad y buscar soluciones conjuntas. Sin embargo, lo que estamos viendo es una distorsión de esta idea, un vodevil grotesco protagonizado por Abascal y su ultraderecha populista.
La verdadera vergüenza no está en aparecer junto a Abascal, sino en permitir que sus tácticas dañinas se conviertan en el estándar de nuestra política. La verdadera vergüenza es que la ultraderecha populista de Abascal se ha convertido en un actor relevante en nuestro escenario político, arrastrando a todo el espectro hacia el abismo de la desinformación, la división y la irracionalidad.
Ante este panorama, cabe preguntarse: ¿es esta la política que queremos para nuestro país? ¿Queremos un escenario dominado por la repetición de eslóganes vacíos, las falsedades y la creación de enemigos ficticios? ¿O buscamos un espacio para el diálogo, la cooperación y la construcción conjunta de un futuro mejor?
Es hora de despertar y enfrentar esta amenaza a nuestra democracia. No podemos permitir que la ultraderecha populista de Abascal y su cuñadismo ideológico sigan erosionando el tejido político y social de nuestro país. Porque la verdadera vergüenza no está en enfrentarse a Abascal, sino en ceder ante su retórica y sus tácticas destructivas.
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