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Despedimos un año convulso. La invasión rusa de Ucrania en febrero del 2022 supuso no solo el inicio de un conflicto bélico con consecuencias políticas de calado internacional, sino también el despertar a una realidad energética que ha golpeado la estabilidad de muchos países.
La guerra desequilibró aún más el escenario de abastecimiento del gas y de otros recursos naturales energéticos, ya de por sí voluble.
Cuando Rusia amenazó con cortar el grifo del gas natural a otros territorios, puso en evidencia la dependencia europea de las importaciones energéticas, como advirtió el catedrático emérito de la Universitat de Barcelona Mariano Marzo Carpio.
Los países han tenido que recurrir a las importaciones de gas natural licuado y a otras fuentes de energía como las nucleares o, en algunos casos, al carbón. Por primera vez, se han aplicado restricciones al consumo, como límites a la climatización y la iluminación.
En cualquier caso, el conflicto ha servido para que el despliegue de las renovables se convierta en una prioridad.
La guerra afectó también al suministro de alimentos y a su precio. Juan Vázquez Rojo, de la Universidad Camilo José Cela, nos explicaba que Ucrania es un importante exportador de cereales, semillas, harinas y aceites de girasol. En regiones vulnerables como África y Oriente Medio, el encarecimiento de estos productos, y de los fertilizantes, supone una situación crítica para muchas familias.
Un verano tórrido y seco
Este verano ha logrado que muchas personas acepten que el cambio climático es una realidad. “Se ha hecho verdad. Siempre lo había sido. Pero no para todo el mundo”, señalaba la profesora de la Universidad Rey Juan Carlos Concha Mateos.
Por una parte, la intensidad y la duración de las sequías está aumentando, y la tendencia podría agravarse en las próximas décadas debido al calentamiento global. José Martínez Fernández y Laura Almendra Martín, de la Universidad de Salamanca, nos han contado los resultados de un reciente estudio en el que han comprobado que el suelo en Europa cada vez tiene menos agua.
También hemos vivido los efectos de otra consecuencia del cambio climático: unas olas de calor cada vez más abrasadoras, más prolongadas y más tempranas debido al alargamiento del verano. Se han alcanzado máximos de temperatura históricos que dejan entrever que algunas zonas de España podrían rondar los 50 grados a la sombra en las próximas décadas.
Ambos fenómenos, sequías y olas de calor, han configurado un coctel letal, alertaba el investigador del Museo Nacional de Ciencias Naturales Fernando Valladares. 120 000 personas perdieron la vida en España durante los meses estivales, no solo debido a los golpes de calor, también por el agravamiento de patologías existentes y el colapso de los centros de atención médica.
Las profesoras de la Universidad Politécnica de Madrid Ester Higueras y Alicia Gómez Nieto proponen algunas soluciones para sobrellevar las altas temperaturas en las ciudades y evitar que nos roben la salud. Incrementar la vegetación, aprovechar el viento en el diseño urbano y emplear pavimentos de colores claros ayuda a reducir el calor y aumenta la humedad, la ventilación y la sombra.
El verano también trajo consigo una temporada de incendios inusual, por temprana y agresiva. Se ha caracterizado por incendios de quinta generación: “Una simultaneidad de grandes incendios que ponen en jaque a los sistemas de extinción, llegando en algunos casos a amenazar a núcleos urbanos”, describía el profesor de la Universitat de Lleida Víctor Resco de Dios.
Debemos frenar el cambio climático, aprender a adaptarnos al fuego y gestionar el combustible en el monte para reducir la prevalencia de los fuegos.
La profesora de la Universidad Pública de Navarra Rosa María Canals resaltaba la importancia de reactivar el mundo rural para crear paisajes resilientes mediante el aprovechamiento forestal, la planificación de cultivos y la ganadería extensiva.
Los acuerdos y desacuerdos de la COP27
Por último, el 2022 ha sido el año de la vigesimoséptima cumbre sobre cambio climático de Naciones Unidas (COP27), celebrada en noviembre en Sharm el-Sheikh (Egipto).
Al fin se ha alcanzado un acuerdo para crear un fondo de financiación por daños y pérdidas ocasionadas por el cambio climático que los países desarrollados proporcionarán a los países en desarrollo para reducir su vulnerabilidad, cuyos detalles exponía la profesora de la Universidad Complutense de Madrid Sonia Quiroga.
Pero el asunto más controvertido, según el catedrático de la Universidad de Castilla-La Mancha Manuel de Castro Muñoz de Lucas, fueron los compromisos de reducción de emisiones, que no han variado respecto a la pasada COP26 y, por tanto, siguen siendo insuficientes para mantener el calentamiento global por debajo de 1,5 grados.
Si no logramos mitigar el cambio climático, solo nos quedará la adaptación. El 2023 brinda una nueva oportunidad para que los países aumenten sus esfuerzos en ambos sentidos.
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El enlace al análisis original es este: https://www.ft.com/content/8955cbef-afe8-4c9f-8381-b279c7f4c2c0
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Siempre es igual. Llegan hablando de “gasto político”, de “burocracia”, de “chiringuitos”, de “administración elefantiásica”. Llegan con la motosierra en la boca y la calculadora en el bolsillo. Pero cuando pisan moqueta, la motosierra desaparece. La calculadora, no. La calculadora sirve para otra cosa: para repartir cargos, levantar nuevas direcciones generales, abrir despachos, colocar nombres y convertir la promesa de austeridad en una nómina pública más abultada.
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Porque se puede prohibir la entrada a una persona, pero no a una idea. Se puede cerrar una frontera, pero no deportar una memoria. A Lumumba lo torturaron, lo fusilaron, intentaron borrar su cuerpo y convertir su nombre en una nota menor de la historia colonial. Fracasaron. Congo no olvida. África no olvida. Los pueblos saqueados no olvidan. Y en medio del negocio obsceno del fútbol global, entre patrocinadores, himnos vacíos y diplomacias hipócritas, esa imagen vale más que cualquier gol: un brazo levantado recordando al mundo que el colonialismo mata, pero la memoria vuelve.
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