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‘Ulises implorando la ayuda de Nausícaa’, de Pierre Henri de Valenciennes. Wikimedia Commons
Tres décadas para detener a Matteo Messina Denaro, el más buscado de los capos sicilianos, escondido en un pueblito de la provincia de Trapani. ¿Por qué sacar a relucir el suceso en un ámbito donde esperamos ver aparecer a Odiseo, la radiante Circe y los héroes que asociamos al nombre de Homero?
El tipo no nos interesa, pero sí Trapani, en cuya capital una calle luce el nombre de nuestro protagonista: Samuel Butler (1835-1902). Allí llegó el inglés siguiendo la pista de una figura mucho más sugerente y recóndita de más de dos mil años.
Un joven y desafiante Samuel Butler en sus años de estudiante en la Universidad de Cambridge.
The Samuel Butler Collection, by Henry Festing Jones / Project Gutenberg
Sería inexacto regalar un titular como el que sigue: “Traducida por primera vez al español la obra más polémica de Butler”. Si bien es cierto que La autora de la Odisea no había aparecido hasta ahora en español, también lo es que no está sola entre las obras de Samuel Butler que causaron revuelo en una época cuajada de grandes descubrimientos y enconados debates.
Su madre, Fanny, dio a luz el año que Darwin arribó a las Galápagos. De hecho, aquel 4 de diciembre de 1835 el Beagle acababa de dejar atrás el famoso archipiélago y se encaminaba a Nueva Zelanda, tierra que veinticinco años más tarde pondría un punto y aparte a la vida del propio Butler. Se alejaría con aquel viaje de un padre estricto y de un destino impuesto como pastor de la Iglesia. Ahorraría allí lo suficiente para llevar una vida modesta pero holgada de viajero, pintor y músico aficionado, y hallaría inspiración para escribir Erewhon, una de las grandes distopías del fin de siglo.
Cómo acabar con la cuestión homérica
La llamada “cuestión homérica” es sólo el último berenjenal en el que se introdujo.
La revelación de su tesis parece perfectamente orquestada: el 30 de enero de 1892 publica un breve artículo en la revista Athenaeum y ese mismo día por la tarde pronuncia la conferencia “The Humour of Homer”, en el Working Men’s College de Londres, institución filantrópica en la que se apiñan para escucharle trabajadores junto a intelectuales como Jane Ellen Harrison, una de las primeras profesoras de Cambridge, que le tendrá desde aquel día una marcada antipatía.
Lo que plantea ante tan variopinto auditorio es a grandes rasgos lo siguiente: que el episodio de la isla los feacios, tierra en la que Odiseo naufraga y donde es acogido por la princesa Nausícaa, parece tan «rebosante de vida» que es posible que remita a la patria verdadera de quien escribió el poema. Para más señas, ésta se situaría en la ciudad siciliana de Trapani, que Butler encontró, antes de viajar hasta allí, entre los mapas del British Museum.
¿Y por qué precisamente Trapani? Por una miríada de pequeños detalles geográficos, culturales y antropológicos que Butler descubre en sus recurrentes viajes por la amada Italia y que va desgranando en La autora de la Odisea.
El ensayo, más allá de rigores filológicos y arqueológicos, se convierte por ello en una pieza amenísima donde el carismático Butler recoge hallazgos como éstos: «nunca fui capaz de entender el sistema de cierre de las puertas de los dormitorios de La Odisea hasta que descubrí que la puerta de mi habitación del Hotel Centrale de Trapani estaba cerrada a la manera odiseica». O el del día que conoce a un lugareño llamado Peppino, descendiente de los cíclopes: «resulta que el rostro de Peppino es llamativamente redondo y la palabra cíclope significa ‘de cara redonda’, y no ‘de un solo ojo’».
Una de las magníficas ilustraciones de John Flaxman para la Odisea: Nausícaa lanzando la pelota.
Tate
Por último, no contento con haber desplazado geográficamente las aventuras de Odiseo y su patria desde el mar Jónico hasta Sicilia, añade, para más inri y sofoco de los eruditos, el argumento decisivo: que no debemos hablar de Homero al referirnos a la Odisea, sino de la Autora. A ella Butler la retrata con sorprendente precisión como una muchacha joven y soltera, probablemente una princesa de Trapani cuyos rasgos coincidirían con los de la propia Nausícaa.
De nuevo, decidido a confirmar su intuición, Butler busca pistas hasta debajo de las piedras, es decir, tras cada verso de la Odisea. Y encuentra tantas pruebas que es imposible resumirlas aquí en pocas líneas: el predominio de lo doméstico, el desconocimiento de ámbitos por entonces frecuentados por hombres (como la navegación) y sobre todo el poderío y atractivo de las figuras femeninas, mucho más interesantes que las masculinas (Circe, Calipso, la Helena que recibe a Telémaco en palacio, la reina de los feacios o Atenea, diosa protectora de Odiseo).
Las hijas de Homero
La edición en español de La autora de la Odisea, a cargo de los autores del artículo.
Athenaica Ediciones
El influjo de La autora de la Odisea llega hasta hoy, gracias sobre todo a la espléndida recreación de Robert Graves: La hija de Homero (1955), novela que da voz a la autora imaginada por Butler.
La tesis de Butler, sobre todo a través de Robert Graves, sigue hoy alentando a escritoras (porque son en su mayoría mujeres) que en los últimos años reescriben la poesía épica griega y latina: desde Penélope y las doce criadas de Margaret Atwood a Las mil naves de Natalie Haynes, de Norma Jeane Baker de Troya de Anne Carson a El silbido del arquero de Irene Vallejo, por no hablar de las nuevas traducciones de la Ilíada por Caroline Alexander y de la Odisea por Emily Wilson, primera al inglés a cargo de una mujer.
Tampoco hay que olvidar las recientes traducciones al español de Miguel Temprano García de las versiones de Butler de la Odisea y la Ilíada.
Butler y la traducción
La idea de que la Odisea la había escrito una mujer surgió cuando Butler acometió la traducción de la epopeya.
Había decidido ponerse manos a la obra al no haber encontrado “ninguna traducción en prosa que fuera legible” y se propuso entonces trabajar en ello “con la esperanza de llegar a entender mejor el poema”. No puede entenderse la ocurrencia butleriana sin reparar en la lectura atenta e íntima que supone ese esfuerzo.
En su ensayo abundan las reflexiones traductológicas. “Si deseas conservar el espíritu de un autor muerto”, afirma, “no has de desollarlo, disecarlo y guardarlo en una caja. Debes comértelo, digerirlo y dejarlo vivir dentro de ti, con la vida que lleves, para bien o para mal”.
Sin embargo, para Butler, su traducción tampoco es perfecta, porque “soy hombre, practicante y anciano, y el rastro del sexo, la edad y la experiencia seguramente pesará sobre mi traducción”. Según él, la persona más capacitada para traducir la Odisea de Nausícaa sería “una chica inglesa rebosante de vida que se haya criado en Atenas”, un argumento en torno a las traducciones que sigue de actualidad.
Por último, aunque la versión odiseica de Butler sea una “irónica novela burguesa”, en palabras de Borges, y su teoría de la autoría femenina se base en argumentos difícilmente demostrables de manera científica, lo importante es lo que permite más allá de esencialismos: ampliar las lecturas posibles y resignificar lo que parecía inapelable o momificado.
Butler demuestra en vivo y en directo aquello que decía Italo Calvino que consigue ser un clásico: un “libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”.
Alberto Marina Castillo firma el prólogo a «La autora de la Odisea», traducida por Miguel Cisneros Perales y editada por Athenaica.
Miguel Cisneros Perales ha traducido el libro «La autora de la Odisea», de Samuel Butler, para la editorial Athenaica.
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