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El calentamiento global no solo derrite hielo, también desata una nueva carrera geopolítica por el control del Ártico y de las rutas comerciales que emergen de su devastación.
El Ártico se derrite y, con él, se cae la máscara del capitalismo fósil. Donde antes había hielo, silencio y comunidades inuit sosteniendo una relación ancestral con el territorio, hoy aparecen buques, mapas estratégicos y discursos de seguridad nacional. La destrucción climática provocada por décadas de emisiones no ha generado alarma entre las potencias, sino oportunidades de negocio y control militar. Groenlandia, la mayor isla del planeta, se ha convertido en una pieza central de ese tablero.
Desde 1972, Groenlandia ha perdido más de 6.000 millones de toneladas de hielo. No es una cifra simbólica ni una advertencia lejana. Es materia desaparecida, agua dulce convertida en nivel del mar, regulación climática evaporándose. En 2025, la extensión máxima del hielo marino del Ártico fue de 14,3 millones de km², el peor registro desde que existen mediciones por satélite hace 47 años. En diciembre de 2025, el dato volvió a batir récords negativos. El planeta se recalienta y el norte global decide aprovecharlo.
Mientras el discurso negacionista sigue siendo rentable en campañas electorales, el mismo poder político que desprecia la ciencia planifica rutas comerciales sobre los restos del hielo. Ahí entra la obsesión de Donald Trump por Groenlandia. No es una excentricidad ni una provocación aislada. Es una estrategia coherente con un modelo que convierte cada catástrofe en ventaja competitiva.
EL DESHIELO COMO INFRAESTRUCTURA DEL CAPITAL
El calentamiento global ha transformado la Ruta Marítima del Norte, frente a Rusia, en una autopista comercial emergente. En 2025, se registraron 103 tránsitos completos entre China y Europa, el máximo histórico, con 3,2 millones de toneladas de carga y un aumento del 6% respecto a 2024. El hielo retrocede y el comercio avanza.
Ahora el foco se desplaza al Paso del Noroeste, la ruta que conecta el Pacífico y el Atlántico por el Ártico americano. Son travesías de entre 5.000 y 6.000 kilómetros, con un ahorro estimado de 7.000 kilómetros frente al canal de Panamá. Entre 2013 y 2019, el tráfico en estas rutas creció un 44% y la distancia navegada aumentó un 107%, según datos del Instituto de Investigación Polar Scott y el Consejo Ártico.
El dato es aún más revelador cuando se observa la aceleración reciente. El 70% de los tránsitos completos del Paso del Noroeste se han producido entre 2019 y 2024, los años más cálidos jamás registrados. No es innovación, es colapso climático convertido en ventaja logística.
Las mediciones del programa europeo Copernicus muestran que, en diciembre de 2025, la bahía de Baffin registró hasta un 80% menos de hielo que la media en el estrecho de Davis. Esa zona es la puerta de entrada y salida del Paso del Noroeste. Y ahí aparece Groenlandia.
GROENLANDIA, CLIMA, SOBERANÍA Y AMENAZA MILITAR
Groenlandia no es solo una isla. Es un regulador climático global. Así lo recuerda Sergi Pla, investigador del CREAF, al señalar que la enorme masa de hielo groenlandesa actúa como un estabilizador del clima planetario. Pero ese papel científico no pesa tanto como su valor geoestratégico.
Quien controla Groenlandia controla, de facto, el acceso oriental al Paso del Noroeste a través del estrecho de Davis. La Convención de la ONU sobre el Derecho del Mar reconoce a los estados costeros cubiertos por hielo el derecho a regular la navegación en su zona económica exclusiva, que se extiende hasta 370 kilómetros desde la costa. Esa distancia basta para cubrir completamente el estrecho.
Estados Unidos, que participó en la redacción del tratado pero nunca lo ratificó, lo invoca como derecho consuetudinario cuando le conviene. Si Washington controlara Groenlandia, podría reclamar soberanía sobre esa zona económica exclusiva y reforzar su disputa con Canadá, que considera el Paso del Noroeste como aguas interiores. No es un debate jurídico abstracto. Es una disputa latente que podría reactivarse a medida que el hielo desaparece.
El propio Brandon Boylan, director de Estudios Árticos de la Universidad de Alaska-Fairbanks, advierte de que el deterioro de las relaciones entre Estados Unidos, Canadá y Groenlandia podría romper el frágil acuerdo vigente desde 1988, por el cual Washington solicita permiso para navegar y Ottawa siempre lo concede. Un equilibrio precario sostenido por la dificultad histórica de la ruta. Dificultad que el cambio climático está eliminando.
Mientras tanto, las comunidades inuit ven cómo su territorio se convierte en escenario de maniobras militares, turismo extractivo y explotación de recursos, sin haber provocado el desastre que ahora amenaza su forma de vida. El deshielo no solo destruye ecosistemas, también reabre viejas lógicas coloniales con un barniz tecnológico y climático.
El Ártico no se está abriendo por progreso, sino por saqueo, y Groenlandia es hoy el símbolo más nítido de una época en la que el colapso ambiental no frena al poder, sino que lo acelera.
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