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La máquina siempre ha generado miedo entre nosotros, los humanos. En la literatura y el cine de ciencia ficción –que de primeras podrían parecer un canto a la creatividad del inventor o un intento feliz por aventurar cómo será el futuro– hemos tendido a narrar, de mil y una maneras distintas, esa desconfianza hacia lo mecánico y digital.
Un buen ejemplo lo encontramos en la que muchos consideran la primera novela de ciencia ficción. El doctor Frankenstein es presentado desde el subtítulo del libro como un moderno Prometeo, esto es, un ladrón que juega a robarles a los dioses y termina siendo castigado. De ahí que el resultado de su experimento no salga como esperaba: crea un monstruo deforme, imperfecto, asesino, que desata el terror allá donde va. Y el doctor queda condenado a perseguirlo de por vida, con el único objetivo de enmendar su error.
Desde entonces, la tecnología ha aparecido en las ficciones como un enemigo en potencia. Será María en Metrópolis, el sabueso mecánico en Farenheit 451, HAL en 2001, la ciudad de las máquinas en Matrix, la ginoide rebelada en Ex Machina. Y hoy todavía más: desde el primer tercio del siglo XX estamos viviendo el auge de las distopías, que amplían la historia de nuestra sociedad hacia comunidades podridas, corruptas, autoritarias.
Los progresos científicos del presente son fuente de ficciones especulativas desencantadas. El género scifi nos recuerda que el futuro en realidad está naciendo en este mismo ahora. Terminator, aún inexistente, nos vigila desde los años que están por venir.
Si la IA nos gobernara
En Membrana, Jorge Carrión (2021) presenta un mundo organizado por máquinas todavía más poderosas que el monstruo de Frankenstein o Terminator: redes rizomáticas, algoritmos autoconscientes, circuitos, resistencias y transistores interconectados que forman una enorme mente digital que todo lo sabe y domina.
Portada de Membrana, el libro de Jorge Carrión.
Galaxia Gutenberg
Membrana especula: ¿qué sucedería con nosotros en ese mundo?, ¿qué sucedería con la humanidad? Desde luego, las máquinas tendrían un poder absoluto sobre nuestra supervivencia. Como de alguna manera lo tienen ahora: imaginen el colapso causado por un apagón tecnológico (o no lo imaginen y vean uno de los temores más habituales en tiempos recientes plasmados en series como El colapso o Apagón).
Pero, además, las máquinas también tendrían un poder casi absoluto sobre nuestra identidad. ¿Qué es lo que nos hace humanos? En Membrana, la IA narradora es capaz de reconfigurar el discurso que nos define: relata otra historia de Occidente, describe a mujeres y hombres desde una lógica distinta a la del Homo sapiens, reinventa nuestros museos, libros de texto y recuerdos a través de una óptica alternativa. Estas instituciones, que en tiempo pasado fueron mitologías de nuestra especie, terminan por resquebrajarse ante otra perspectiva.
El miedo a la máquina, por tanto, no es totalmente irracional. Un colapso económico, energético, industrial… pondría en riesgo la vida de millones de personas y, en ese sentido, es normal que nos resulte poco deseable. Pero no está tan claro que un «colapso cultural» pudiera provocar un efecto negativo análogo.
La identidad humana, más que humana
Tampoco se puede afirmar que las creaciones tecnológicas no tengan su lado perverso en el ámbito de la cultura. Generan dependencia, permiten usos malévolos. Ahora bien, en lo que tiene que ver con la configuración de la identidad humana, terreno siempre móvil, siempre inestable, no está probado que lo digital conlleve pobreza.
El poshumanismo de Membrana sugiere que, en ciertos contextos, el dominio de la máquina no tendría por qué ser tan malo como los tecnófobos nos han hecho creer. Solo sería una etapa más, incluso podría decirse que una etapa lógica de nuestro desarrollo: somos nosotros los que, de alguna manera, hemos llegado hasta ahí y hemos creado nuestro futuro «no-humano». Inventar nueva tecnología es una habilidad fundada en la genética, en la evolución de la especie. Desde ese punto de vista, la máquina es una extensión de nuestra biología.
Así, si bien la tendencia general en la cultura de Occidente es temer a la máquina, hay que admitir que, en el campo de lo estético, ceder el poder a la tecnología no nos aboca obligatoriamente al desastre. De hecho, en el arte lo natural es el cambio. Y las IA (nos) ofrecen una nueva revolución del paradigma. La novela de Carrión viene a recordar que adoptar nuevas perspectivas de vez en cuando puede ayudarnos a entender nuestra realidad (también, paradójicamente, nuestra identidad) un poco mejor.
Arte autónomo vs. código binario
Existen, sin embargo, muchos prejuicios que todavía minusvaloran la ficción de autoría digital. Un argumento esgrimido habitualmente para desprestigiarla, quizá el más consagrado en nuestra tradición, señala que una máquina nunca podrá producir una obra plenamente autónoma.
Este razonamiento se fundamenta en el dogma de que lo estético no puede tener otra función que su esteticidad. La obra ha de provenir de una mente genial, en el sentido romántico del término, una mente distinta y única, y deberá ser independiente del sistema establecido. Solo el gran artista encuentra un lenguaje propio para describir el mundo. Esto quiere decir que no es posible crear arte mediante el reciclaje, el plagio o el remake. No entra dentro de nuestros ideales que un epígono pueda estar a la altura del maestro.
Ava, ¿mujer o robot?, en Ex Machina.
FilmAffinity
Si aceptamos esta óptica, las inteligencias artificiales serán el último eslabón de la cadena: el elemento más alejado de la originalidad estética, al lado de otros poco valorados como la copia, la reproducción, el facsímil o el duplicado. Porque las IA están preconfiguradas. Responden a unas normas impuestas de antemano, a un código preescrito. Y, por tanto, son el epítome de lo anticreativo.
Pero, si nos detenemos a pensar en obras concretas, pronto nos daremos cuenta de que no existe ninguna verdaderamente autónoma, aislada de la realidad, sin componentes intertextuales más o menos explícitos.
El Quijote recoge crítica literaria, a veces muy áspera, en contra de algunos libros de renombre (y cita títulos), al mismo tiempo que satiriza los comportamientos picarescos de la España del XVII. Se basa en la realidad y en los textos que le preceden para construir su propia ficción. Y, pese a todo, nadie diría que el Quijote sea una mala obra de arte. Ni que Cervantes sea un mal autor.
No queda otra que aceptar que no hay obra que se erija sobre la nada, con independencia de su realidad más cercana, según los gustos y las claves literarias de su época. Humanistas y filósofos como Boris Groys han expuesto con acierto cómo la innovación solo es posible desde la tradición. El argumento de la autonomía del arte se estrella contra el empirismo de la lectura y deja el camino abierto a la estética maquinal.
El paradigma cíborg y la importancia del efecto
Es desde estas premisas, ni demasiado entusiastas ni demasiado derrotistas, como creo que deben observarse las inteligencias artificiales en lo que respecta a la creación estética. Porque, en realidad, la obra de arte solo funciona en relación con lo establecido: renovando una forma literaria fosilizada, mezclando géneros, formas y temas preexistentes, buscando las cosquillas a prejuicios asumidos como certezas… Y todos estos «datos» pueden ser alimento de una IA literata en potencia.
No nos queda otra que abrazar la idea de que la tecnología se ha ganado su hueco en el Parnaso. Y eso está bien: no hemos de tenerle miedo a la máquina que teclea versos; no debería preocuparnos que la cultura mute, que nuestra identidad se deforme o que el canon artístico se desmorone (una vez más).
Otra cosa será que esta situación nos obligue a repensar muchas rutinas, instituciones y valores. La palabra autor no podrá ser ya la misma. Las asignaturas de primaria y secundaria deberán virar hacia otros contenidos. El concepto de obra tendrá que renovarse o morir. Pero siempre hay que dejar algo atrás para continuar en movimiento.
Las inteligencias artificiales no van a poder encontrar la fórmula mágica de la literatura. Más que nada porque no existe tal fórmula. Cada obra tiene sus propios códigos y resuelve un diálogo con sus lectores desde términos particulares. Pero de ahí no se deduce que una inteligencia artificial sea incapaz de componer eso que llamamos «una gran novela» o «un buen poema», entre muchas novelas y poemas fallidos.
Los escritores humanos seguirán escribiendo. A su lado estarán las escritoras máquinas. Y, por supuesto, lxs escritorxs cíborgs, una simbiosis inevitable y de lo más interesante, que sin duda dará que hablar.
Tal vez, por fin, esté llegando el día en que la literatura pasará de ser valorada principalmente por quién la hizo (o cuándo, cómo, por qué) y entrará a considerarse su efecto sobre los lectores. Pues, por mucho que los libros de texto de las escuelas todavía estén organizados como una lista de nombres propios, ¿quién duda, en el fondo, de que lo más importante de la literatura ha sido siempre lo que nos ha hecho sentir y pensar?
Las IA, con sus muchas trabas (éticas, creativas, políticas…), pueden ser la mecha que ponga fin al paradigma biografista y memorístico en pos de un paradigma receptivo e interpretativo. Our machines are disturbingly lively (“nuestras máquinas están inquietantemente vivas”), y eso es una gran oportunidad para la estética.
Este artículo fue publicado originalmente en la revista Telos de Fundación Telefónica.
Laro del Río Castañeda does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.
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