Dos mujeres, un testimonio y una maquinaria perfecta para desacreditar, intimidar y silenciar
Hablar sigue teniendo un precio demasiado alto cuando quienes hablan son mujeres y el señalado es un hombre poderoso. Rebeca y Laura lo han comprobado en primera persona. Contaron lo que vivieron mientras trabajaban en las mansiones de Julio Iglesias en República Dominicana y Bahamas. Lo hicieron en 2026, sin cobrar ni un solo euro, con su identidad protegida y con el respaldo de una investigación periodística rigurosa. Y aun así, el castigo llegó rápido.
No cobraron. No mintieron. No improvisaron. Pero fueron señaladas, estigmatizadas y sometidas a una campaña de descrédito diseñada para enviar un mensaje claro: quien habla paga las consecuencias. El viejo mecanismo sigue intacto. Cambian los nombres, no las prácticas.
Rebeca y Laura decidieron hablar por ellas y por otras. No para obtener notoriedad, sino para buscar justicia. “Quiero que mi voz les dé fuerza y hablen, y entre todas logremos hacer justicia”, dijo una de ellas. Ese gesto, en un sistema profundamente desigual, se convierte en una amenaza. Y las amenazas se neutralizan.
Tras la publicación de la investigación en elDiario.es y Univision Noticias, Julio Iglesias difundió en redes sociales la identidad de dos mujeres, acompañada de capturas de mensajes privados supuestamente afectuosos. Un señalamiento público deliberado, pese a que la Fiscalía las había considerado testigos protegidas. No fue un error. Fue una estrategia.
La lógica es conocida. Si no encajan en el molde de la víctima perfecta, entonces mienten. Si no denuncian de inmediato, si vuelven a escribir, si muestran afecto o miedo, si intentan sobrevivir dentro de una relación de poder, el sistema las convierte en sospechosas. La psicología de la violencia sexual lleva décadas explicándolo, pero el imaginario colectivo sigue prefiriendo el estereotipo antes que la realidad.
A las mujeres se les exige coherencia absoluta en contextos de abuso estructural. Al agresor, en cambio, se le concede la duda, el beneficio del prestigio y la presunción social de inocencia eterna.
EL ARCHIVO JUDICIAL NO ABSUELVE, PERO SIRVE PARA GOLPEAR
La denuncia presentada ante la Fiscalía de la Audiencia Nacional describía hechos ocurridos en 2021 que, según las abogadas de Women’s Link Worldwide, podían constituir trata de seres humanos con fines de trabajo forzado, delitos contra la libertad e indemnidad sexuales, lesiones y vulneración de derechos laborales. Diez días después, la Fiscalía archivó la denuncia.
El archivo no entra al fondo del asunto. No evalúa pruebas. No cuestiona la credibilidad de Rebeca y Laura. Se limita a una cuestión técnica: la falta de competencia de la Justicia española para investigar hechos ocurridos fuera del territorio nacional, en República Dominicana y Bahamas, sin los vínculos exigidos por la ley.
Ese matiz jurídico, claro y explícito en el decreto, fue deliberadamente manipulado. El archivo se utilizó como arma arrojadiza para insinuar falsedad. El viejo bulo de las denuncias falsas volvió a circular, equiparando archivo con mentira. Un atajo miserable que ignora algo elemental: si no hay competencia, no hay proceso, y si no hay proceso, no hay valoración de hechos.
Ni siquiera hubo un sobreseimiento. La causa nunca llegó a empezar. Pero para el negacionismo machista eso es irrelevante. Lo importante es el ruido. La duda sembrada. El desgaste infligido a quienes se atrevieron a hablar.
Women’s Link Worldwide ha anunciado que sigue explorando vías judiciales en otros países. La búsqueda de justicia continúa, aunque el sistema se empeñe en levantar muros.
PERIODISMO FRENTE AL PODER Y LA PEDAGOGÍA DEL MIEDO
La investigación periodística no se basó en un testimonio aislado. Quince extrabajadoras y extrabajadores, personal doméstico y profesionales especializados, fueron entrevistados. Personas que trabajaron en distintas etapas, desde finales de los años 90 hasta 2023, en propiedades de Julio Iglesias en República Dominicana, Bahamas y España.
Las declaraciones coincidieron en describir aislamiento, jerarquías opacas, conflictos laborales, control y un clima permanente de tensión. Rebeca y Laura fueron entrevistadas en varias ocasiones. Sus relatos se contrastaron con fotografías, registros de llamadas, mensajes de WhatsApp, visados, informes médicos y documentación diversa. Eso es periodismo. Lo demás es propaganda.
Durante días, los equipos de elDiario.es y Univision Noticias intentaron obtener la versión de Julio Iglesias y de su abogado por correo electrónico, mensajes telefónicos y cartas entregadas en sus residencias. No hubo respuesta. Tras la publicación, llegó el comunicado genérico negándolo todo. Sin explicaciones. Sin entrar en las pruebas. Sin responder a cuestiones tan graves como las pruebas ginecológicas y análisis de sangre a las que varias mujeres fueron sometidas.
La única respuesta real fue el intento de intimidación. Exponer identidades, sembrar sospechas y enviar un aviso preventivo a cualquier otra mujer que esté pensando en hablar. Esto no va solo de Rebeca y Laura. Va de mantener intacta una estructura donde el poder económico, mediático y simbólico sigue pesando más que la palabra de las mujeres.
Cuando hablar implica ser triturada públicamente, el silencio deja de ser una elección y pasa a ser una imposición. Y ese es el verdadero escándalo.
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