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El otro día me enteré de que la hija de mi amiga había intentado suicidarse. ¡Qué disgusto! Menos mal que no lo consiguió y que se está recuperando del intento. María, de 23 años, es simpática, tiene muchos amigos y está estudiando medicina, que es la ilusión de su vida.
Aparentemente, no tiene problemas. Sus amigos jamás hubieran pensado que algo así podría suceder. Y, sin embargo, María quizá había lanzado señales que pasaron indavertidas en su entorno.
Un problema mundial
Cada año, más de 700 000 personas mueren por suicidio. En América solamente en 2019 se notificaron más de 97 000 fallecimientos por esta razón. La región con mayor tasa de suicidios es América del Norte con 14,1 por 100 000 habitantes. En América del Sur se registran 3,9 por cada 100 000 habitantes.
En España, según los datos del INE, 4 003 personas se quitaron la vida en 2021, lo que supone un incremento del 1,6 % respecto al año anterior. Esto supone que cada día mueren por suicidio 11 personas. Son datos muy preocupantes, puesto que en 2020 ya aumentó la cifra en más de un 7,3 % respecto a la de 2019.
En cuanto al sexo, el 75 % de los fallecidos españoles son varones (2 982), frente a un 25 % mujeres (1 021), si bien estas últimas registran más intentos.
También hay que remarcar que es el primer motivo de mortalidad en personas menores de 29 años. 316 individuos en este rango de edad fallecieron por suicidio frente a los 299 que murieron por accidentes de tráfico o los 295 que sucumbieron a tumores.
Y además, las defunciones en menores de 15 años se han duplicado.
El acceso a la universidad es un punto de inflexión. Los estudiantes empiezan a convertirse en adultos jóvenes y tienen que adaptarse a numerosos cambios en su vida. Muchos se mudarán, dejarán de vivir con sus padres, conocerán a nuevos compañeros… Además, deberán hacer frente a nuevos requerimientos académicos, formas de evaluación, trabajos, etc.
Como agravante, los estudiantes de profesiones sanitarias tienen que hacer frente a las prácticas clínicas, primera puerta de entrada a unas vivencias como la enfermedad, el sufrimiento o la muerte. A esto hay que sumar la responsabilidad y la carga que puede suponer un error. En un reciente estudio en Estados Unidos se pudo ver cómo el riesgo de suicidio en personal sanitario era mayor que en la población general.
¿Cuáles son las señales de alarma?
La ideación es un elemento fundamental en el proceso del comportamiento suicida, ya que surge generalmente como precursor y desencadenante del intento.
Las señales que nos pueden alertar de si una persona está teniendo ese tipo de ideas pueden ser de dos tipos: verbales, lo que dicen con sus palabras, y no verbales, lo que nos comunican con sus acciones.
Las señales verbales van desde comentarios despectivos sobre su vida o hacia sí mismos hasta frases de despedida, sobre el deseo de no estar, de dormir y no volver a despertar o sobre la muerte.
Como señales no verbales o comportamientos cabe señalar la búsqueda información sobre métodos de suicidio, cambios repentinos de conducta o de su forma de ser y actuar (irritabilidad, aislamiento y cambios en los ritmos de sueño, su aspecto o su higiene), precipitación por cerrar asuntos pendientes, regalos de objetos personales, etcétera.
Ante la sospecha, ¿qué debemos hacer?
Si en algún momento nos encontramos con alguien que pueda estar planteándose quitarse la vida, debemos tener en cuenta unas pautas básicas de actuación.
Lo primero, conservar la propia calma. La persona en crisis tiene miedo y está sufriendo mucho; es importante no responder de forma exagerada. Necesitan sentirse comprendidos y respetados y que no se banalicen sus sentimientos. Hay que hablarle, transmitirle que nos importa y que nos preocupan sus problemas.
Debemos mantener una actitud proactiva, aportar presencia y disponibilidad. Decirle: “aquí estoy para lo que necesites”, “vamos a tomar un café”, “vamos a hablar”… No hay que esperar a que la persona pida ayuda, ya que muchas veces no lo va a hacer.
Si parece que el riesgo de suicido es inmediato, debemos acompañar a esa persona a urgencias del hospital o pedir ayuda llamando al 112, el teléfono de emergencias en un gran número de países, al número específico de atención suicida en España (024) o al Teléfono de la esperanza (717 00 37 17). Es importante no dejarle solo y mantenerle alejado de objetos con los que se pueda lesionar.
En España, a pesar de la gravedad del problema, aún no hay un plan de prevención nacional del suicidio, aunque a nivel autonómico sí existen múltiples planes de acción ante la conducta suicida. El pasado 23 de febrero se aprobó en el Congreso la propuesta de permiso retribuido para acompañar a personas con riesgo de quitarse la vida.
Si no parece haber riesgo inminente, entonces debemos buscar figuras de apoyo, acudir a ayuda profesional y llamar al 024 o al Teléfono de la esperanza.
Libros, aplicaciones y asociaciones
Para quienes quieran seguir informándose sobre la conducta suicida, existen guías institucionales o libros específicos como Prevenir el suicidio. Una guía para ayudarte a ayudar, de Paula G. Valverde Fonseca; Dejar de sufrir o dejar de vivir. La dualidad del suicidio, de Enrique Galindo Bonilla y Francisco José Celada Cajal; o La mesa de la vida, de Enrique Galindo Bonilla.
Las apps de ayuda pueden resultar igualmente de mucha utilidad tanto para profesionales como para el público en general, ya que ofrecen información rápida y accesible. Destacan prevensuic y Más caminos.
También es primordial ofrecer y conocer la labor que desempeñan asociaciones y recursos de ayuda:
Confederación Salud Mental España.
Fundación Española para la Prevención del Suicidio.
Sociedad Española de Suicidología.
Asociación para la Prevención del Suicidio y la Atención al Superviviente (APSAS).
Asociación de Profesionales en Prevención y Posvención del Suicidio (PAPAGENO).
Y, por último, es importante que desde las universidades se realicen jornadas y eventos informativos de concienciación. En ellos se debe hablar de la conducta suicida; explicar los factores influyentes, tanto de riesgo como protectores; desmontar los mitos y falsas creencias alrededor del suicidio; y dar herramientas de prevención e intervención para actuar ante las ideaciones suicidas.
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