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Es frecuente escuchar entre los docentes quejas y comentarios negativos acerca del comportamiento de sus alumnos en el aula. Se levantan, hablan entre ellos, no prestan atención a lo que hace o dice el profesor, gritan, se pelean, etc. Esta situación repercute en el proceso de enseñanza–aprendizaje, produciendo en el docente sentimientos de frustración.
Para el alumnado, esta situación también tiene repercusiones: bajada del rendimiento escolar, los alumnos no aprovechan el tiempo en el aula, no acaban las tareas, no atienden las explicaciones del profesor y por lo tanto, no plantean dudas; además de lo que esto repercute en su autoestima y en el concepto que forman de sus capacidades y logros. En los casos más graves, esta situación puede generar fracaso escolar (una preocupación social) y en el caso de los docentes, bajas laborales.
Por lo tanto, tener una sensación de que el ambiente de la clase está bajo control es importante para que tanto docentes como alumnos disfruten de una experiencia de aprendizaje satisfactoria.
¿Funcionan los castigos?
La falta de formación en análisis aplicado de la conducta entre los docentes provoca que frecuentemente tomen medidas fundamentalmente de castigo. Estas se repiten a veces de forma reiterada, sin lograr el efecto deseado, es decir, que disminuya el comportamiento que se ha querido castigar, generando un clima de crispación en la comunidad educativa.
Estas prácticas suelen mantenerse, entre otros aspectos, por el desconocimiento de la función que tiene el castigo y por ende, el reforzamiento. El primero tiene como función disminuir o eliminar una conducta y el segundo la de aumentar o mantenerla.
Es necesario que los docentes cuenten con estrategias eficaces que les ayuden a desarrollar mejor su trabajo y a crear un clima positivo en el aula. Los estudios demuestran que son mucho más eficaces las estrategias que utilizan el reforzamiento de la conducta adecuada que el castigo de la conducta no adecuada.
Un modelo conductual
El Apoyo Conductual Positivo en la Escuela (ACPE, o PBIS en inglés) tiene bastante que aportar. Es un modelo aplicado que persigue prevenir y reducir, según el caso, problemas de conducta. Se trata de promover una cultura de competencia social, y satisfacer las necesidades de los niños con cambios conductuales significativos concretamente en el contexto escolar, todo esto con evidencia científica probada.
El objetivo fundamental de este modelo es crear y mantener un ambiente de convivencia positivo. Para ello, se establecen políticas de organización prácticas, espacios físicos bien definidos, y sistemas de evaluación para mejorar los resultados sociales y académicos de todos los estudiantes.
Puesta en marcha en el centro
Para poner en marcha este modelo de intervención es necesario dar los siguientes pasos:
Organizar un equipo en el centro educativo que coordine su puesta en marcha.
Tomar las decisiones de cambio basándose en datos objetivos, mediante una observación sistemática de las conductas: por ejemplo, “cuántas veces interrumpen los alumnos cada 15 minutos”.
Establecer normas de convivencia a partir de expectativas fáciles de realizar y observar: “Levantaremos la mano cuando queramos decir algo”.
Planificar la enseñanza de conductas nuevas. Por ejemplo, diseñar actividades lúdicas para enseñar cuándo y cómo tienen que levantar la mano los alumnos para participar en clase.
Crear programas de reforzamiento por la conducta adecuada. Cuando levanten la mano para intervenir podeos decirles: “¡Muy bien, has levantado la mano correctamente!”.
Reestructurar las consecuencias del comportamiento, evaluando y luego modificando. Introducimos cambios en el procedimiento después de analizar los datos que tomamos constantemente (observación conductual) para saber si realmente se están dando cambios en la conducta o no.
En España este modelo está en funcionamiento, sobre todo, en centros de atención educativa de personas adultas con Necesidades Educativas Específicas (NEE), donde se dan problemas de conducta graves. En EEUU también se aplica en contextos escolares normalizados.
Como un juego
Una de las estrategias que favorece la prevención y la intervención en conductas problemáticas en el contexto escolar desde el Apoyo Conductual Positivo es el juego del buen comportamiento.
Se trata de una estrategia de intervención que se pone en marcha cuando se dan problemas de conducta en grupos, y consiste en dividir a los alumnos de una clase en dos, tres o más equipos de 4 o 5 alumnos cada uno.
Las reglas del juego son aquellas conductas problemáticas que se quieren prevenir o mejorar. Por ejemplo, para disminuir el nivel de interrupción de un grupo de alumnos en un aula una de las reglas del JBC sería “no interrumpimos ni al profesor ni al compañero que está hablando”.
Premios si cumplimos las reglas
Este juego se realiza en sesiones breves durante la jornada escolar, y en función del comportamiento realizado, los niños reciben o no consecuencias de reforzamiento en función del cumplimiento de reglas realizado durante el mismo. Además, los niños pueden ver en la pizarra información sobre qué tal lo están haciendo mientras están jugando. Es decir, el maestro va apuntando en la pizarra el número de veces que incumplen una regla.
Es importante señalar que todos los equipos pueden ganar si cumplen el criterio pactado sobre el cumplimiento de las reglas, por ejemplo, como máximo pueden incumplirlas cuatro veces. Cada vez que ganen pueden recibir consecuencias de reforzamiento, y si no ganan, la penalización es no recibir dicho reforzamiento.
Algunas de esas consecuencias pueden ser: poner una estrella en un panel específico, tener treinta minutos de tiempo libre, una pegatina; además del reforzador social que el educador le proporcionará siempre: “¡Qué contento estoy con vosotros!”.
Formación del profesorado
La solución para gestionar la conducta del alumnado en el aula pasa por formar al profesorado en estrategias basadas en el análisis aplicado de la conducta, algo que ahora mismo se contempla de manera muy escasa y marginal en los planes de estudio de los grados de educación.
Esto redundará positivamente en las oportunidades de aprendizaje que les proporcione el profesorado a sus alumnos, y el comportamiento de atención y respuesta del alumnado a esas oportunidades será más adecuado. Como consecuencia, mejorará el rendimiento escolar de los mismos.
Rosario Ruiz Olivares ha recibido una ayuda de la Society for the Advancement of Behavior Analysis (SABA) para la creación de la «Unidad de Análisis de la Conducta Escolar» (UACE). Esta unidad tiene como objetivo fundamental formar a los docentes en estrategias de intervención basadas en el análisis aplicado de la conducta para manejar de forma positiva la conducta de sus alumnos.
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