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Las mismas fortunas que crecieron bajo la sombra del Tercer Reich vuelven a alimentarse del negocio de la guerra
La industria automovilística alemana, paradigma histórico de la prosperidad capitalista europea, evidencia estos días una deriva que deja poco espacio a la sorpresa, pero mucho a la indignación. Empresas emblemáticas como Volkswagen y Porsche SE, ante las dificultades económicas derivadas de políticas proteccionistas como los aranceles impuestos por Donald Trump a los coches europeos, encuentran en la militarización la nueva gallina de los huevos de oro. Donde antes se fabricaban vehículos para la ciudadanía, hoy se proyectan cadenas de producción para tanques y armas destinadas a alimentar conflictos en el mundo entero. Un giro siniestro hacia un capitalismo bélico, amparado por una Unión Europea que proclama la defensa como prioridad estratégica.
EL NEGOCIO DE LA GUERRA VUELVE A SEDUCIR A ALEMANIA
Alemania abandonó oficialmente la austeridad al aprobar, en marzo de 2025, una reforma constitucional que permite disparar su gasto en defensa. La decisión, que cuenta con el beneplácito de un amplio espectro político, impulsa una industria necesitada de estímulos urgentes ante la caída de ventas de automóviles provocada por los aranceles del 25% de Trump a la importación. Un impuesto que, desde mediados de marzo, ha hecho caer las acciones de Volkswagen más de un 12%, reduciendo su valoración bursátil a poco más de 50.400 millones de euros.
Sin embargo, mientras Volkswagen pierde, la empresa armamentística alemana Rheinmetall gana. Desde la victoria de Trump en noviembre pasado, sus acciones han escalado un 180%, alcanzando una valoración de 57.000 millones de euros, superior ya a la del gigante automovilístico. No sorprende entonces que Armin Papperger, consejero delegado de Rheinmetall, mire con deseo las fábricas automovilísticas en crisis, como la planta de Volkswagen en Osnabrück, para transformarlas en centros de producción militar.
La paradoja es obscena: menos coches, más tanques. Menos empleo civil, más negocio bélico. Oliver Blume, consejero delegado de Volkswagen, intenta maquillar la situación asegurando que están abiertos a «un uso posterior sensato» de estas instalaciones, como si fabricar vehículos de guerra en fábricas que antes abastecían las necesidades cotidianas de la población fuera algo remotamente racional.
La respuesta desde Porsche SE, sociedad matriz de Porsche y principal accionista de Volkswagen, es aún más descarada. Reconocen sin pudor que la inversión en defensa entra perfectamente en sus planes estratégicos. La sociedad de la familia Porsche, enriquecida ya durante el régimen nazi gracias a contratos militares, admite sin sonrojarse que explora la posibilidad de expandir sus negocios en armamento e infraestructuras militares, no sólo en Alemania, sino también en otros países.
Así, los grandes nombres de la industria alemana recuperan con inquietante facilidad viejas prácticas que hace décadas llenaron sus cuentas bancarias con sangre y devastación. Las mismas fortunas que crecieron bajo la sombra del Tercer Reich vuelven a alimentarse del negocio de la guerra, esta vez con la legitimidad que les otorga una supuesta necesidad estratégica europea.
LA HIPOCRESÍA DE LA UE Y LA RECONVERSIÓN ARMAMENTÍSTICA
La Unión Europea, por su parte, presume de estar preparada para responder firmemente a los aranceles de Trump. Pero mientras promete respuestas proporcionales y sensatas, permite silenciosamente que sus principales empresas industriales se lancen hacia la militarización. Poco o nada dice sobre el desmantelamiento de puestos de trabajo civiles para sustituirlos por la producción militar, ni sobre las consecuencias éticas de sostener economías en declive mediante inversiones en armamento.
Volkswagen insiste en que no se implicará directamente en fabricar armas, pero admite la existencia de productos de «doble uso», aquellos que sirven tanto a fines civiles como militares. Un eufemismo útil para disfrazar la complicidad en el negocio bélico. Mientras tanto, el impacto en el empleo civil es devastador: Volkswagen ya planea recortar hasta 35.000 empleos para 2030, bajo acuerdos que, aseguran, serán «pactados y sin cierres traumáticos». Sin embargo, la realidad detrás de estas palabras tranquilizadoras es el abandono progresivo de la producción civil en favor de industrias cuyo propósito es precisamente el conflicto armado.
En definitiva, la transición desde el vehículo civil hacia el tanque militar evidencia la esencia cínica del capitalismo europeo. Ante las dificultades económicas, la respuesta elegida no es transformar la industria para servir a la ciudadanía de forma sostenible, sino convertirla en un proveedor privilegiado de la violencia. Un paso que, lejos de aportar estabilidad y seguridad, sólo promete alimentar conflictos interminables. Mientras el mundo busca paz, Europa elige invertir en guerra.
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