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En poco más de un mes y medio nuestros bachilleres enfrentarán las Pruebas de Evaluación para el Acceso a la Universidad (EvAU), la antigua selectividad. Pero esta es una selectividad muy especial porque corresponde a quienes podemos denominar bachilleres “pandemials”.
Se trata de estudiantes que han cursado Bachillerato entre septiembre de 2019 y mayo de 2021 con un 70 % de su formación en las extraordinarias condiciones de escolarización que ha impuesto este tiempo de gravísima crisis sanitaria –cierre total de escuelas, enseñanza alternando la presencia física y la virtual o clases completamente virtuales–.
Es pertinente una reflexión sobre las consecuencias de esta escolarización en pandemia, de sus posibles consecuencias y de medidas para atender algunos de sus efectos negativos.
La UNESCO acaba de publicar un informe que revela que durante este tiempo más de 800 millones de estudiantes (más de la mitad de la población estudiantil del mundo) están aún sufriendo circunstancias de escolarización especiales.
En algunos casos, con un cierre total de centros escolares (31 países) o con reducción de horarios (48 países). La situación concreta de cada país se puede seguir en un mapa interactivo que ofrece el propio informe.
Gran esfuerzo para reducir los cierres de colegios
Esa evolución permite concluir, no obstante que, a fecha de hoy, se está haciendo un gran esfuerzo por parte de todos los países en ir reduciendo los cierres totales de las escuelas (que afectaron a 190 naciones al inicio de la pandemia y que ahora mismo solo se produce en 30 países) en favor de cierres parciales o solo en algunas zonas con alta incidencia acumulada.
La situación, conforme al pronóstico de nuestro último artículo sobre esto, ha mejorado. Hoy las escuelas están totalmente abiertas en 101 países. Eso sí, siguiendo estrictos protocolos sanitarios de seguridad: distancia interpersonal, grupos burbuja, uso de mascarillas, ventilación permanente de espacios, ausencia de actividades con contacto físico, empleo de geles desinfectantes, tomas de temperatura, limpieza regular de espacios docentes…
El trabajo de profesores y equipos directivos para hacer de las escuelas un lugar libre de Covid-19 ha sido loable y toda la sociedad debe agradecerlo. Especialmente porque se ha realizado sin la claridad normativa ni la estabilidad de criterios que hubiera sido necesaria.

No están siendo grandes focos de contagio
Hoy puede decirse, sin temor a equivocarnos, que los centros educativos no han sido grandes focos de contagio del virus (como sí lo son las reuniones sociales y familiares o las fiestas ilegales, donde cientos de personas se reúnen sin mascarilla ni distancia de seguridad en espacios cerrados).
Por otra parte, es lógico pensar que las estrategias de vacunación mejoren todavía los datos de contagios y que el fantasma del cierre de escuelas se aleje totalmente. Probablemente, a lo largo del próximo curso (tal vez no en septiembre, pero sí a partir del segundo trimestre) la situación estará normalizada o muy cerca de ser la de antes de la pandemia.
Pero es ineludible plantear que estos bachilleres “pandemials” han padecido una situación escolar que, por especial, merecerá especial atención. Para el filósofo, ensayista y pedagogo Gregorio Luri, por ejemplo, el rendimiento será más bajo entre los “pandemials” y ello conducirá a una “mancha” en su expediente.
Déficits de aprendizaje en Bachillerato
Refiriéndonos al Bachillerato español es evidente que la falta de socialización y la ausencia de relación de aula pueden generar déficits significativos de aprendizaje; también lo es que muchos alumnos no hacían el seguimiento debido de las clases en línea y que la semipresencialidad ha variado entre centros públicos y privados y entre diferentes comunidades autónomas.
Eso lleva a algunos a pensar en desigualdades ante una prueba que, precisamente, pretende armonizar las oportunidades de todos (con independencia del centro donde hayan realizado el Bachillerato) en relación con su posibilidad de acceder a la educación superior.
Pero no compartimos una visión de tanto radicalismo pesimista y mucho menos que pueda hablarse de “mancha” como si la situación se tratase de un pecado original irredimible.
Hay que tener en cuenta que la circunstancia no ha sido elegida por los estudiantes. Y, lo más importante, en el marco del aprendizaje permanente, el proceso de aprendizaje no debe darse por concluido en un momento puntual.
Estamos a tiempo de mejorar resultados
Por supuesto, la situación exige tener en cuenta medidas excepcionales, pero todo es, por supuesto, recuperable. Estamos todavía a tiempo de ofrecer, antes de la EvAU, clases de refuerzo masivo.
Nada impide pensar que en las dos últimas semanas de mayo puedan establecerse periodos de seguimiento tutorial intensivo para cubrir las lagunas que particularmente puedan presentar los alumnos.
También puede pensarse en retrasar las pruebas. No sería irracional conceder más tiempo a los alumnos de este año para prepararse y celebrar la EvAU más tarde. Todo estudiante en esas circunstancias sabe que tres semanas más para prepararse pueden ser un mundo.
Y, una vez superadas las pruebas, las universidades tendrán que anticiparse a los posibles déficits de esta generación con medidas audaces como retrasar el inicio de curso y programar módulos intensivos preparatorios para las asignaturas más significadas de cada carrera, que evitarían el posible fracaso que algunos están vaticinando en nuestros futuros estudiantes de universidad.
Se hace preciso, en cualquier caso, un refuerzo del apoyo y la orientación a estos bachilleres “pandemials” que son víctimas y no responsables, no lo olvidemos, de su complicada situación.
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Javier M. Valle no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
The Conversation. Rigor académico, oficio periodístico
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