27 Abr 2026

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Palabras vacías
DESTACADA, Franz Helgon

Palabras vacías 

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Por Franz Helgon

En los últimos tiempos nos hemos acostumbrado a escuchar una serie de términos que constantemente resuenan en todas partes a todas horas. Los grandes medios de manipulación comunicación se han dedicado durante años a difundir ampliamente, a modo de gota malaya, una serie de conceptos que han conseguido calar en las mayorías sociales, de forma que se han instalado en la psique colectiva, condicionando nuestra visión de la realidad y, por o tanto, la opinión pública. En otras palabras, esta terminología se ha convertido en algo parecido al reggaeton, en el sentido de que es algo con lo que puedes estar o puedes no estar de acuerdo, pero de lo que es innegable que existe una manifiesta imposibilidad a la hora de escapar de él.

Antes de entrar a comentar los términos concretos que podríamos agrupar en esta terminología, me gustaría explicar tres conceptos usados en lingüística que quizá nos ayuden a comprender un poco mejor cómo funciona la creación de narrativas, la propaganda, etcétera.

  • Por una parte, tendríamos el significante, es decir, la manifestación oral o escrita, esto es, la secuencia de fonemas que, asociados a un significado, constituyen un signo lingüístico o un concepto mental. Como ejemplo, pondremos la palabra martillo.
  • Por la otra, el significado, que constituye la imagen mental, el concepto, de lo que representa un significante. Como ejemplo, pondremos herramienta de percusión compuesta de una cabeza, por lo común de hierro, y un mango, generalmente de madera, es decir, un martillo.
  • Finalmente, las connotaciones son las ideas que, sin formar parte explícita de un significado, están asociadas a un significante. Como ejemplo, pondremos las palabras invadir (según la RAE, ocupar anormal o irregularmente un lugar) y conquistar (según la RAE, ganar, mediante operación de guerra, un territorio, población o posición). Aceptando la premisa de que ambos términos describen acciones similares, hasta el punto de aparecer como sinónimos en el propio Diccionario de la Lengua Española, estaremos de acuerdo en que, mientras la conquista es percibida como un acto heroico, las connotaciones que acompañan al concepto de invasión la convierten en un acto detestable.

Así pues, alguien (o varios álguienes) podría coger, en una situación total y absolutamente hipotética y alejada de la realidad, un término, esto es, un significante, asociado además por el imaginario popular a ciertas connotaciones, podría vaciarlo de todo su contenido, esto es, de su significado, y podría crear con él un relato que sirviera para justificar acciones que de otra forma serían injustificables. Esto, que parece un ejercicio especulativo, es lo que hizo cierto pintor austríaco hacia 1925, cuando escribió la obra fundamental de su pensamiento. En ella, el autor utiliza de forma recurrente, incluso cansina, el término judeomarxismo. Si nos detenemos un momento para analizarlo el término, veremos que se trata de una palabra compuesta de dos palabras preexistentes. Por una parte, el judaísmo, que es un término principalmente religioso, aunque es usado por el autor como concepto etnicista; Y por la otra, el marxismo, que pertenece al ámbito de la filosofía o de la política.

En un principio, el autor argumenta que esos judeomarxistas controlan la política, la economía y la prensa de la Alemania de entreguerras, pero sin dar ningún dato concreto sobre cuáles son los nombres de los partidos políticos, de las empresas ni de los medios de comunicación alineados con ese judeomarxismo que, según él, ha provocado la ruina de una Alemania, también según él, llamada a realizar grandes gestas. Sobre naciones llamadas a realizar grandes gestas podríamos escribir un artículo largo y con muchos ejemplos. Más adelante, y durante todo el resto del libro este concepto es repetido ad nauseam como una especie de sinónimo de fuente de todo mal, pese a que fuente indefinida. No os molestéis, por lo tanto, en buscar en el Mein Kampf, en qué consiste el judeomarxismo, ni como concepto unitario ni tampoco por separado, ni quiénes son los abanderados del judeomarxismo, ni por qué motivos concretos, ni qué partes exactas son las que no le gustan del judeomarxismo. Simplemente, el judeomarxismo es el mal y tenemos que acabar con él.

Trasladando todo lo que hemos dicho hasta ahora al momento presente, veremos que el concepto de judaísmo ha vuelto a su redil meramente religioso y el marxismo es prácticamente inexistente en el mundo. De los países que en su momento pusieron en práctica metodologías marxistas en su economía, tan sólo quedan Vietnam, país irrelevante, Cuba, país bloqueado desde hace sesenta y cinco años, y Corea del Norte, que sería igual de irrelevante que su vecino asiático si el Tío Sam no lo tuviera puesto en su punto de mira desde hace años. Ni Rusia, país en el que gobierna un partido de tendencias conservadoras, ni China, cuyas protestas de 1989, según explica la periodista Naomi Klein en La Doctrina del Shock, estuvieron motivadas, cuanto menos en parte, por las medidas neoliberales que el gobierno pretendía implementar, pueden contarse ya ni como baluartes, ni siquiera como miembros, de un “bloque comunista” que actualmente ni siquiera existe.

Entonces, si los judíos ahora son los buenos de la película y el marxismo es prácticamente inexistente, ¿quién es ahora el malo malísimo que en la actualidad amenaza la vida, la existencia, el mundo, el planeta e incluso la galaxia interestelar? Bien es cierto que algunos aún se empeñan en invocar al comunismo como si este fuera una amenaza seria. Sin embargo, no es este el significante estrella, el que copa a día de hoy titulares en la prensa y llena horas y horas de absurdas tertulias televisivas.

Tweet falso

Si volvemos a consultar el diccionario de la RAE, veremos que la definición para el término terrorismo, en su tercera acepción, dice que es la actuación criminal de bandas organizadas, que, reiteradamente y por lo común de modo indiscriminado, pretende crear alarma social con fines políticos y que la entrada para narcotráfico lo define como comercio de drogas tóxicas a gran escala. No obstante, si damos un repaso rápido a cualquier artículo de nuestra maravillosa e independiente prensa o a cualquier pieza de cualquier informativo de nuestros autogalardonados medios audiovisuales que haya tratado el tema en los últimos años, veremos que, curiosamente, todos los dirigentes de países latinoamericanos no alineados con los Estados Unidos tienen en común, además de este no alineamiento, el ser los capitostes de sus respectivas organizaciones narcoterroristas. Esto se podría resumir en este tweet no escrito por nadie en ningún momento de la historia.

Así pues, por poner un par de ejemplos, según esta narrativa, Nicolás Maduro sería el cabecilla de un cártel del narcotráfico que no existe y Cuba sería un estado terrorista del que no se conoce acción terrorista alguna. Como podemos ver, por ejemplo, en la publicación enlazada de la Embajada de Estados Unidos en Caracas, este dice que Cuba ha brindado reiteradamente apoyo a actos de terrorismo internacional sin especificar cuáles son esos actos, y que ha ofrecido un refugio seguro a terroristas sin especificar quiénes son esos terroristas. Todo muy en la línea del famoso pintor austríaco mencionado unas líneas más arriba.

Gustavo Petro, narcotraficante; Evo Morales, narcotraficante; Rafael Correa, narcotraficante; Lula da Silva, narcotraficante; los cientos de fallecidos en los bombardeos norteamericanos de 2025 en la zona del Caribe y del Pacífico centroamericano, todos narcotraficantes… Pero, por increíble que parezca, a aquellos que sí que tienen vínculos probados con el narcotráfico, como el actual presidente de Ecuador Daniel Noboa o el secretario de estado norteamericano Marco Rubio, no solo no se les aplica el sambenito del narcotráfico, sino que reciben un apoyo manifiesto por parte de las instituciones norteamericanas. Del presidenciable del muy español y mucho español Partido Popular, mejor ni hablamos.

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Otro tanto pasaría si nos desplazamos hacia Asia Occidental, lugar cuyo control resulta extremadamente goloso por ser el centro del mundo en lo que se refiere al tránsito de petróleo. A tenor de lo que la prensa mayoritaria explica sobre esta zona del mundo, podríamos pensar que se trata de un territorio sin ley en la que únicamente hay terroristas asesinos de civiles inocentes porque allí la gente es muy mala y somos los occidentales quienes, de forma totalmente altruista y desinteresada, tenemos que sacrificarnos para llevar a esos países de mierda la paz, la democracia, la civilización y la libertad.

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Hemos mencionado en los enlaces anteriores a Siria y a Irán. Es muy curioso que, mientras que los ataques al país de los ayatolás tuvieron como excusa el derrocamiento de un régimen teocrático, fundamentalista islámico y terrorista, el elegido para dirigir Siria tras la deposición de Bashar Al-Assad fuera un personaje, Mohamed Al-Golani, que otrora fuera dirigente de una banda terrorista, HTS, de carácter fundamentalista islámico y relacionada con Al-Qaeda.

Finalmente, y por no alargar este artículo más de lo necesario, en lo que se refiere al “terrorismo” palestino, diremos, y esto no es nada nuevo, que la ONU concede a Palestina el derecho a defenderse de una agresión que ha venido alargándose desde 1947 por parte de un estado cuyo actual primer ministro, no lo olvidemos, es un prófugo de la justicia internacional. No siendo, como no lo es, Palestina un estado stricto sensu, está claro que ese legítimo derecho a la defensa que hemos mencionado no puede ejercerlo un ejército como tal. De esta forma, la resistencia palestina atacaría al ocupante israelí de la misma forma y en la misma medida en la que la resistencia francesa atacaba al ocupante nazi, sin que esta fuera nunca tildada de “terrorista”. Además, a esto habría que añadir que, tal como publicó la revista Haaretz, el estado terrorista de Israel financió durante años a la “banda terrorista” Hamás. ¿Con qué objetivo? No es este el tema del presente artículo, pero ciertamente podemos hacer muchas especulaciones sobre ello.

En resumen, el narcotráfico es malo, excepto si quien lo ejerce es de los míos. El terrorismo es un acto deleznable, pero solo cuando no sirve a mis fines. Y los grandes medios de comunicación recurren a historias envueltas en palabras tan grandilocuentes como vacías de contenido para justificar las atrocidades que cometemos yo y los de mi bando. Si el terrorismo o el narcotráfico no existen, nos los inventamos o incluso lo financiamos o lo fomentamos para que sirva a nuestros propósitos.

Efectivamente, nos tratan como si todas y todos tuviéramos una discapacidad cognitiva considerable, pero es que durante años les hemos dado mucho pie para que lo hagan.

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