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Una sucesión de explosiones y fuegos desde el 28 de febrero sacude infraestructuras clave mientras crecen las dudas sobre su origen
Desde el 28 de febrero, fecha en la que la llamada coalición Epstein inició la guerra contra Irán, algo empezó a romperse en el mapa energético global. No fue un gran titular único. No hubo una explosión que lo explicara todo. Fue otra cosa. Una suma de incidentes. Incendios. Fallos. Explosiones. Siempre en el mismo sitio: infraestructuras energéticas críticas. Siempre con el mismo resultado: menos producción, más incertidumbre, precios al alza.
El patrón inquieta. No por lo que se sabe, sino por lo que no encaja. Porque cuando los hechos se repiten en distintos puntos del planeta en apenas semanas, cuesta seguir llamándolo casualidad.
En Australia, la refinería de Viva Energy en Geelong ardió durante 13 horas sin control. Es una de las dos únicas del país y representa el 10% de la producción nacional. La explicación oficial fue un “fallo en el equipo”. Sin más detalles.
En Ecuador, la refinería de Esmeraldas, la mayor del país con una capacidad de 110.000 barriles diarios, sufrió su tercer incendio en nueve meses. Ahora permanece cerrada. Otra vez sin una causa clara.
En Pakistán, una explosión en una tubería de gas en Haripur dejó al menos 8 personas muertas, entre ellas menores, y 11 heridas. Las autoridades siguen sin identificar el origen del incidente.
En México, la situación no es mucho más tranquilizadora. Incendios, fugas y explosiones se han repetido en distintas instalaciones. El último episodio afectó a la refinería de Dos Bocas, en Tabasco, una pieza clave del sistema de refinación. La propia Pemex reconoció que el fuego se inició en una zona crítica del proceso. Pero tampoco hay explicación definitiva.
En India, la refinería HPCL Rajasthan ardió justo un día antes de su inauguración oficial por parte de Narendra Modi. Un proyecto estratégico. Un símbolo energético. Y, de pronto, otro incendio sin causa conocida.
En Myanmar, una explosión en el puerto de almacenamiento de Homalin dejó 2 personas fallecidas. No es un punto cualquiera: conecta con las importaciones de petróleo procedentes de China dentro de la llamada ruta de la seda.
Y luego está Rusia. Ahí sí hay explicación. Ataques con drones ucranianos. Sin misterio. Según cálculos de Reuters, la producción cayó entre 300.000 y 400.000 barriles diarios respecto a comienzos de año, la mayor bajada mensual desde la pandemia.
Pero el resto. El resto no encaja igual.
Un patrón global difícil de ignorar
Cuatro continentes. Decenas de incidentes. Apenas dos meses. Sin reivindicaciones. Sin sabotajes confirmados. Sin causas técnicas detalladas. Todo bajo la etiqueta cómoda de “accidente”.
Demasiados puntos en común. Demasiadas infraestructuras críticas afectadas. Demasiado rápido.
Es aquí donde empieza la sospecha. No como teoría cerrada, sino como pregunta abierta. ¿Estamos ante una cadena de fallos independientes o ante una dinámica más profunda, menos visible?
Porque el impacto ya es real. La reducción de capacidad en refinerías clave tensiona el suministro global. Los precios del crudo suben. La incertidumbre se contagia a mercados y gobiernos. Y la energía —otra vez— se convierte en herramienta de presión.
Quién gana cuando todo arde
En cualquier crisis energética hay perdedores claros: consumidores, economías dependientes, países sin recursos propios. Pero también hay ganadores. Siempre los hay.
Estados Unidos emerge como uno de ellos. En un contexto de escasez e inestabilidad, sus exportaciones de gas y petróleo aumentan. Vende más. A mejor precio. Consolida su posición.
Israel, por su parte, refuerza su margen de maniobra geopolítico en plena guerra, en un escenario donde cada vez más países dependen de equilibrios energéticos inestables.
Y las grandes compañías fósiles estadounidenses. Esas juegan en otra liga. Se estima que podrían alcanzar beneficios cercanos a 234.000 millones de dólares en 2026 si el precio del barril se mantiene por encima de los 100 dólares. Traducido: alrededor de 30 millones de dólares por hora.
No es menor. No es anecdótico. Es estructural.
El bloqueo del petróleo de Oriente Medio, sumado a esta cadena de incendios, empuja los precios hacia arriba. Genera miedo. Genera dependencia. Y en ese terreno, las decisiones políticas cambian. Las alianzas también.
El contexto se vuelve más volátil. Más controlable para quienes tienen capacidad de suministro.
Para quienes observan esta secuencia con distancia crítica, la pregunta no es si cada incendio tiene una explicación concreta. La pregunta es otra. Es más incómoda.
¿Puede una suma de “accidentes” estar configurando una nueva arquitectura energética global?
En nuestro análisis audiovisual sobre esta cadena de incendios y sus implicaciones geopolíticas se desgrana ese escenario con más detalle. No para cerrar respuestas. Para abrirlas.
Porque cuando los fuegos se repiten en los mismos lugares, en los mismos sectores, en el mismo momento histórico, ya no basta con mirar cada chispa por separado.
Hay que mirar el incendio completo.
Y decidir si de verdad creemos que todo esto ocurre por casualidad.
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