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Una ciudad borrada del mapa, decenas de miles de personas desaparecidas y un sistema internacional que vuelve a llegar tarde
Durante años se habló de Sudán como una guerra olvidada. Hoy sabemos que no era solo olvido. Era indiferencia organizada. Lo que ha ocurrido en Al Fasher (Darfur Norte) no es una batalla perdida ni un exceso puntual. Es la aniquilación sistemática de una ciudad entera. Y probablemente uno de los episodios más sangrientos del siglo XXI.
Nathaniel Raymond, director del Humanitarian Research Lab de la Yale School of Public Health, lo dijo con crudeza al The New York Times: si alguien quisiera ver cómo se asesina una ciudad, así es como se hace. Al Fasher resistió más de 550 días de asedio de las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF). Sin suministros médicos, sin alimentos, sin salida. En octubre de 2025, la defensa colapsó. Lo que vino después fue una orgía de violencia documentada incluso por los propios verdugos.
Combatientes de la RSF grabaron ejecuciones sumarias de civiles que huían o suplicaban. El último hospital fue saqueado y su personal sanitario asesinado junto a pacientes. No hablamos de un episodio confuso. Hablamos de crímenes de guerra transmitidos por quienes los cometían.
UNA CIUDAD FANTASMA Y UN VACÍO DE 150.000 PERSONAS
Cuando la ONU pudo entrar por primera vez en Al Fasher, dos meses después de su caída, encontró una ciudad muerta. Mercados vacíos, calles invadidas por la maleza, ningún signo de vida. Antes del asalto final, la ciudad albergaba unas 260.000 personas. Alrededor de 106.000 lograron huir hacia campos de personas refugiadas, caminando durante días por el desierto, sin agua ni comida. Las otras 150.000 personas simplemente desaparecieron.
¿Están muertas? ¿Secuestradas? ¿Enterradas bajo la arena? Nadie lo sabe con certeza. Pero las cifras que manejan los equipos de análisis humanitario son escalofriantes. Investigaciones basadas en imágenes satelitales identificaron al menos 150 acumulaciones de cuerpos, muchas de ellas posteriormente quemadas o enterradas para destruir pruebas. Según informes publicados en diciembre de 2025, la RSF habría llevado a cabo una campaña sistemática de eliminación de restos humanos.
Las primeras estimaciones situaban la cifra de personas asesinadas en torno a 60.000. Hoy, el propio equipo de Yale considera ese número un punto medio plausible, con un límite superior de hasta 100.000 personas asesinadas en menos de dos semanas. Para ponerlo en contexto: en Gaza, alcanzar una cifra similar requirió 21 meses de guerra. En Al Fasher, pudo ocurrir en días.
De confirmarse, estaríamos ante el episodio más letal del siglo XXI. Y aun así, la cobertura internacional sigue siendo residual.
DETENCIONES SECRETAS, RAPTOS Y LIMPIEZA ÉTNICA
Las muertes no explican todo. Existen indicios sólidos de que miles de personas fueron detenidas en centros clandestinos instalados en edificios civiles: universidades, mezquitas, almacenes. Testimonios recogidos por medios sudaneses describen torturas, violaciones, hambre, extorsión y asesinatos. En algunos centros, las muertes por enfermedad y desnutrición eran habituales. Las mujeres detenidas relatan violencia sexual sistemática.
Otros informes hablan de personas introducidas en contenedores metálicos y quemadas vivas. Historias que parecen inverosímiles hasta que se recuerdan los vídeos grabados por los propios milicianos.
No todas las personas desaparecidas están en manos directas de la RSF. En las zonas desérticas circundantes, comunidades armadas de pastores han secuestrado a civiles para exigir rescates. Quienes no pueden pagar son ejecutadas. Otras fuentes apuntan a trabajos forzados y detenciones prolongadas en condiciones inhumanas.
Todo esto ocurre en un conflicto que, aunque empezó como una lucha de poder entre dos generales, se ha convertido en una guerra de limpieza étnica. La RSF, heredera directa de las milicias Janjaweed responsables del genocidio de Darfur en 2003, persigue la expulsión o eliminación de comunidades negras no árabes. Ya lo hicieron antes. Lo están haciendo otra vez.
Y no son les únices. Investigaciones conjuntas de Sudan War Monitor, Lighthouse Reports y CNN documentan masacres cometidas también por el ejército sudanés y milicias aliadas, especialmente contra comunidades agrícolas acusadas de colaborar con la RSF. La brutalización es ya transversal.
EL COLAPSO DEL “NUNCA MÁS”
En enero de 2026, la Corte Penal Internacional dictó su primera condena por crímenes cometidos en Darfur: Ali Kushayb, exlíder Janjaweed, fue sentenciado por atrocidades perpetradas en 2003 y 2004. Mientras se celebraba esa condena como un hito, los herederos de su milicia exterminaban una ciudad entera.
La ironía es obscena. La CPI solo tiene mandato sobre Darfur. Los crímenes que la RSF cometa mañana en Kordofán no entran en su jurisdicción. Los asesinatos del ejército tampoco. El sistema internacional llega tarde, actúa poco y castiga décadas después, si es que lo hace.
Como señaló el International Criminal Court, la condena debía servir de disuasión. No disuadió a nadie. El mensaje es otro: se puede asesinar a decenas de miles y seguir negociando, comerciando, viajando.
Sudán suma más de 1.000 días de guerra, millones de personas desplazadas, hambruna en fase 5 en varias regiones y una tasa de desnutrición infantil del 53% en Darfur Norte, según UNICEF. Y aun así, sigue sin ocupar portadas.
Al Fasher no es una excepción. Es un aviso. Si el mundo acepta que una ciudad desaparezca sin consecuencias, lo que viene después ya no es una anomalía. Es el nuevo orden.
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