La youtuber culinaria Coqui ha cambiado la sartén por la calculadora. Su última receta: un suculento plato de evasión fiscal con base en Andorra. El aderezo: un libro recién salido del horno y un millón de seguidores en la recámara. Nos pide que creamos que su mudanza al paraíso fiscal es una cuestión de privacidad, no de pasta. ¡Toma ya! La misma privacidad que, curiosamente, no le impide detallar su vida en redes. Un secreto a voces que huele a chamusquina, a cálculo frío y a una avaricia que pretende esconderse tras un victimismo ridículo.
Mientras, desde las trincheras de la sanidad pública, los contribuyentes de a pie le recuerdan la verdadera salsa de esta historia: los impuestos son el horno donde se cocina lo público. Esos hospitales que salvan vidas, como la de la abuela de una seguidora, se financian con la solidaridad de quienes no corren a esconder la cartera. Lo de Coqui no es ilegal, es simplemente asqueroso. Vende autenticidad y humildad mientras hace las maletas con la calculadora en la mano. Un manual repetido: crecer con recursos públicos españoles y, cuando toca devolver algo, pirarse al monte a contar monedas.
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