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La vida de una mujer negra convertida en “terrorista” por exigir justicia sigue desafiando a Estados Unidos incluso después de muerta.
JUICIO RACISTA Y CONDENA SIN PRUEBAS
Assata Shakur, nacida Joanne Deborah Byron en 1947, murió el 25 de septiembre en La Habana a los 78 años. Pasó las últimas cuatro décadas de su vida como refugiada política en Cuba, protegida frente a un país que nunca le garantizó un juicio justo.
Su historia condensa el racismo estructural estadounidense. En 1973, en una parada policial en Nueva Jersey, un tiroteo acabó con la vida del agente Werner Foerster y de Zayd Shakur, compañero de Assata. Ella resultó gravemente herida. Los forenses concluyeron que era imposible que hubiese disparado los tiros mortales, pero en 1977, un jurado formado íntegramente por blancos la declaró culpable de asesinato en primer grado.
Una cadena perpetua dictada más por su militancia que por pruebas reales. El Estado la quería silenciada por ser una voz negra que denunciaba la violencia policial y el capitalismo que seguía devorando a los barrios afroamericanos.
En 1979, con ayuda del Black Liberation Army, Assata escapó de la prisión de máxima seguridad de Hunterdon County. El FBI la bautizó como “terrorista”, pero la comunidad afrodescendiente la reconocía como símbolo de resistencia.
REFUGIO EN CUBA Y MEMORIA INCÓMODA
En 1984, llegó a Cuba y recibió asilo político. Allí vivió en silencio, aprendiendo español y alejándose del foco mediático. Solo habló públicamente en 1988, con su autobiografía Assata, donde escribió: “Defiendo el fin de la explotación capitalista, la abolición de las políticas racistas, la erradicación del sexismo y la eliminación de la represión política. Si eso es un delito, entonces soy culpable”.
Estados Unidos nunca la perdonó. En 2005 fue incluida en la lista de terroristas más buscados, la primera mujer en ocupar ese lugar. El FBI llegó a ofrecer 2 millones de dólares por su captura. Pero Cuba resistió. Ni siquiera durante el deshielo entre Obama y Castro se contempló su extradición.
Durante 40 años, su mera existencia fue un desafío geopolítico. Mientras Washington la acusaba de terrorismo, La Habana la protegía como lo que era: una perseguida política.
Su muerte no cierra la herida. La prensa estadounidense habla de una criminal que murió sin “pagar sus deudas”. Pero los movimientos sociales, desde Black Lives Matter hasta colectivos antirracistas en América Latina, la recuerdan como lo que fue: una mujer negra que se negó a aceptar la condena del racismo institucional.
Assata Shakur muere en Cuba, sí. Pero lo que no muere es la pregunta que deja en el aire: ¿quién escribe la historia, los pueblos o sus verdugos?
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