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Teherán acusa a EE.UU. de coautoría en la ofensiva israelí mientras las bombas arrasan su infraestructura civil y científica
EL IMPERIO DEL DOBLE MENSAJE
Cuando el ministro de Exteriores iraní, Abás Araqchí, declara que tienen “pruebas sólidas” de que Estados Unidos ha colaborado en los ataques israelíes, no solo está lanzando una acusación diplomática. Está dejando en evidencia la estructura de la mentira sobre la que se sostiene el orden internacional. Araqchí detalla que Washington ha enviado mensajes privados negando cualquier implicación, pero esos susurros no borran las huellas que dejan los misiles. “No les creemos”, sentencia el diplomático. No es retórica. Es la reacción lógica de un país asediado cuyas instalaciones nucleares civiles han sido bombardeadas por el ejército israelí con total impunidad.
Y es que Israel, con la connivencia del Pentágono, ha roto todos los tabúes: ha bombardeado el depósito de petróleo de Shahran en Teherán, ha causado incendios incontrolables en refinerías como la de Shahr Rey, ha dañado el Ministerio de Defensa iraní y ha asesinado a más de cien personas, entre ellas científicos civiles. Mientras esto ocurría, Washington guardaba silencio en público y hablaba de paz en privado, como si se pudiera esconder la sangre debajo de la alfombra diplomática.
Estados Unidos no mantiene relaciones diplomáticas formales con Irán desde hace más de cuatro décadas, pero actúa como si el mundo siguiera dependiendo de sus notas verbales. De nada sirven los canales suizos o las mediaciones de Omán y Catar cuando los hechos arden. Araqchí lo dejó claro: si Washington es sincero, que condene los ataques. Si no lo hace, que se atenga a las consecuencias.
UNA COALICIÓN PARA LA DESTRUCCIÓN SELECTIVA
Desde el inicio de la ofensiva israelí —en la madrugada del jueves 12 de junio— la región ha entrado en una fase inédita de confrontación directa. Irán ha respondido lanzando misiles y drones suicidas contra instalaciones energéticas y logísticas de Israel. Según la Guardia Revolucionaria, los objetivos fueron centros de producción de combustible para cazas y nódulos eléctricos estratégicos. En Tel Aviv y Sefelá, los impactos han dejado al menos ocho muertos y 150 heridos. Pero la maquinaria propagandística occidental ha preferido silenciar el origen de la violencia, fingiendo que todo comenzó cuando Irán osó defenderse.
La reunión de Araqchí con embajadores internacionales coincide con la tercera noche de choques directos. El ministro afirmó que Irán está dispuesto a cesar los ataques si Israel detiene su agresión. Un mensaje claro, simple, casi ingenuo para quienes llevan décadas alimentando un conflicto por delegación. Porque esto no es un estallido repentino, sino la culminación de años de sabotajes, asesinatos selectivos y asfixia económica contra Irán, promovidos por Tel Aviv y firmados por Washington.
Las bombas que hoy caen sobre infraestructuras civiles iraníes no son un error, son un mensaje: la tecnología, la soberanía y el progreso de ciertos pueblos no serán tolerados si no se subordinan a los intereses del eje atlántico. De ahí que los científicos asesinados formen parte de una lista negra no oficial que recuerda a la campaña sistemática contra el programa nuclear iraquí en los años noventa o contra los ingenieros sirios en plena guerra civil.
Mientras tanto, los gobiernos europeos —tan preocupados por el derecho internacional cuando se trata de Ucrania— han pedido “desescalada” sin atreverse a condenar ni una sola acción israelí, como denunció Araqchí en su intervención. Francia y Reino Unido, adalides de la selectividad moral, se niegan a reconocer que esta guerra no es simétrica: es un cerco, una agresión preventiva basada en la lógica de que ciertos países tienen derecho a defenderse incluso antes de ser atacados, y otros no tienen ni derecho a existir científicamente.
Este no es solo un conflicto militar. Es una guerra contra la posibilidad de un mundo multipolar. Por eso, la condena de Teherán a la hipocresía estadounidense es también una advertencia al resto de potencias: la arquitectura de la seguridad global ya no puede estar en manos de quienes fabrican guerras para luego vender los tratados de paz.
Y si aún hay quien duda, que revise el patrón: antes de cada ataque israelí a Irán, aparece un comunicado estadounidense “desvinculándose”, como si la negación eximiera de la participación. El imperio ya no necesita invadir; le basta con apuntar y dejar que otros disparen. Pero cuando el dedo señala la coartada, hay quienes prefieren mirar al cielo y esperar otra explosión.
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