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El socialismo democrático entra en una nueva fase con el ascenso del primer alcalde musulmán y sudasiático de Nueva York, mientras el trumpismo redobla su guerra cultural.
EL HIJO POLÍTICO DE BERNIE ENTRA EN ESCENA
Durante meses, la maquinaria mediática y política del establishment demócrata trabajó a destajo para destruirlo. Lo llamaron antisemita, fanático islámico, radical peligroso. Acusaron a Zohran Mamdani de querer imponer la sharía en Nueva York, de ser un infiltrado del Sur Global en la cuna del capitalismo financiero. Pero el discurso del miedo se estrelló contra la evidencia: la ciudad votó por él, y con contundencia.
No lo hizo por simpatía o exotismo, sino por hartazgo. Porque Mamdani prometió algo que los demócratas hace tiempo olvidaron: una ciudad vivible para la clase trabajadora. Su victoria no fue un accidente. Fue el fruto directo del camino abierto por Bernie Sanders, el hombre que devolvió a la izquierda norteamericana su músculo popular, su orgullo y su lenguaje de clase.
Bernie comenzó su carrera como alcalde de Burlington en los ochenta, desafiando al poder inmobiliario y mediático. Cuatro décadas después, Mamdani recoge esa herencia desde el corazón del neoliberalismo global. Su programa, su tono y hasta su paciencia remiten a Sanders. Y al igual que él, ha construido un proyecto político desde abajo, con sindicatos, vecinas y vecinos, estudiantes y migrantes que ya no creen en la farsa del bipartidismo estadounidense.
Tras unas primarias ensangrentadas —saboteadas por el exgobernador Andrew Cuomo, que se lanzó como independiente para dividir el voto progresista—, Sanders fue el primero en plantarse frente a las cámaras y decir: “Zohran representa lo mejor de nosotros”. No exageraba.
EL SOCIALISMO DE CLASES FRENTE A LA GUERRA CULTURAL
El alcalde Mamdani es más que una figura simbólica. Es el primer dirigente nacido del núcleo duro del Democratic Socialists of America (DSA) que conquista el poder real en una gran metrópoli. No llegó a través de marketing o de un equipo de consultores. Llegó desde el activismo vecinal, desde las asambleas del DSA de Nueva York, desde el convencimiento de que la lucha de clases no es un concepto académico sino una práctica cotidiana.
Su formación política, abiertamente socialista, fue usada en su contra. Durante la campaña, los tabloides le reprocharon haber defendido “la socialización de los medios de producción”. Lo convirtieron en escándalo. Pero esa supuesta herejía no asustó a los barrios obreros, que entendieron mejor que nadie que el problema no es el socialismo, sino la privatización de todo.
Como Sanders, Mamdani evita caer en la trampa de la guerra cultural. Habla sin rodeos de racismo, islamofobia y discriminación, pero lo hace desde una lectura materialista: los prejuicios sirven para dividir a la clase trabajadora. Por eso, tras los ataques racistas y las insinuaciones de Cuomo —que llegó a insinuar que el alcalde “celebraría otro 11 de septiembre”—, Mamdani pronunció un discurso sereno contra el odio. No se victimizó. Redirigió la conversación hacia el verdadero tema: quién puede pagar el alquiler, quién tiene un seguro médico, quién vive con dignidad en una ciudad secuestrada por los fondos inmobiliarios.
Su mensaje, repetido hasta la extenuación, fue el mismo de Bernie: “No se trata de izquierda o derecha, sino de arriba y abajo”. Y cuando le preguntan qué palabra lo define, responde sin titubear: “asequibilidad”.
El analista posliberal Sohrab Ahmari lo explicó con claridad: “Mamdani ha recuperado la misión de la vieja izquierda antes del giro cultural. Ha devuelto el foco a la desigualdad económica, al poder del capital, a la lucha de clases”. Y lo ha hecho en la ciudad más desigual de Estados Unidos, donde los multimillonarios multiplican sus fortunas mientras cientos de miles de personas duermen en refugios o en la calle.
EL FUTURO DEL SOCIALISMO DEMOCRÁTICO
Zohran Mamdani sabe que su mandato no será fácil. El Departamento de Policía de Nueva York le declara una guerra silenciosa. La gobernadora centrista Kathy Hochul lo apoya con la boca pequeña. Y los grandes conglomerados financieros ya mueven ficha para vaciar de contenido su programa económico. Pero también sabe que lo que está en juego va mucho más allá de una alcaldía.
En un país donde Trump vuelve a gobernar, donde el fascismo mediático y religioso avanza sin disimulo, la figura de Mamdani es un recordatorio de que otra política sigue siendo posible. Que la izquierda puede hablar de clase sin perder valores progresistas. Que la lucha contra la desigualdad no necesita permiso del Partido Demócrata.
El movimiento que Bernie inició en 2016 parecía moribundo tras las derrotas y la cooptación institucional. Pero con Mamdani, ese proyecto respira de nuevo. La generación millennial socialista que marchó por Sanders encuentra ahora una nueva bandera.
Su reto es monumental: enfrentar al capital financiero, sobrevivir al sabotaje de los medios y evitar que su mensaje sea devorado por la maquinaria partidista. Pero si resiste, podría reabrir un horizonte que parecía clausurado.
El socialismo democrático estadounidense vuelve a tener rostro, acento y dirección. Y si Bernie fue la chispa, Zohran Mamdani es la llama que queda encendida en mitad del frío neoliberal.
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