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“La vida que no se examina no vale la pena vivirla”, sentenciaba Sócrates, considerado por muchos el padre de la filosofía occidental. Explicaba que lo que nos distingue de otras especies es nuestra capacidad de autorreflexión y de hacernos preguntas profundas sobre quiénes somos, cómo debemos actuar o qué podemos saber.
Estas y otras preguntas básicas relacionadas con el mundo y cómo interactuamos con él son la materia de la que está hecha la filosofía.
¿Para qué sirve un filósofo?
La tarea de los filósofos se refiere originalmente a las grandes cuestiones con las que se enfrenta todo ser humano en momentos clave de su vida; aquellas cuestiones que pueden dar sentido a nuestra existencia, aspiraciones y realizaciones.
Plantearnos tales preguntas es un ejercicio significativo en sí mismo, independientemente de las respuestas que podamos encontrar y que a veces sólo alcanzamos con el transcurrir de la vida, o tal vez (en opinión de algunos) nunca.
A menudo se dice que los mejores consejeros son aquellos que plantean cuestiones que nos hacen reflexionar, y no aquellos que ofrecen soluciones rápidas o consejos prefabricados.
De forma análoga, Sócrates era más conocido por las preguntas que planteaba a sus alumnos, radicales y sistemáticas, que por las respuestas que proporcionaba, que no siempre son del todo persuasivas. Al igual que con otros esfuerzos humanos, Sócrates y muchos otros filósofos no siempre han logrado proporcionar argumentos concluyentes sobre el significado de la vida.
El hecho de que a lo largo de la historia los filósofos hayan planteado preguntas básicas similares es una prueba de la similitud de nuestras preocupaciones a lo largo de generaciones y siglos, independientemente de la diversidad histórica, social, cultural o geográfica.
No hace falta decir que las respuestas a esas preguntas no son siempre iguales, sino variadas, basadas en las diferentes creencias, valores y métodos de diversos pensadores.
Vivir como se cree
Los filósofos clásicos se esforzaron en, para bien o para mal, vivir de acuerdo con sus creencias. “Si no revelo mis puntos de vista en un relato formal, lo hago por mi conducta. ¿No crees que las acciones son evidencia más confiable que las palabras?”, decía Sócrates, posiblemente el paradigma de persona que alinea las creencias personales con la forma en que se vive.
Para mostrar su obediencia a la autoridad respetó la sentencia de muerte que se le impuso, declinando el exilio y la oferta a escapar o desafiar a sus acusadores. Sus últimas horas de vida fueron narradas con conmovedor cariño por Platón, que fue su discípulo. Las dedicó a debatir con sus amigos más próximos sobre la inmortalidad del alma, la vida y la muerte y el deber de obedecer a la ley.
Los filósofos posteriores también intentaron vivir sus vidas de acuerdo con sus creencias. Montaigne fue tan aventurero y experiencial como sus escritos. Rousseau sufrió el exilio por su obra. La locura final de Nietzsche probablemente tuvo algo que ver con su apasionante y turbulenta corriente de ideas. “La lucha es el alimento perpetuo del alma”, decía.
¿Y ahora qué?
En resumen, como se cuenta en las historias escritas por Diógenes, Laercio y Plutarco, los antiguos filósofos vivieron vidas ejemplares, actuando de acuerdo con sus creencias, ganándose la inmortalidad.
Hoy en día a la coherencia entre las propias creencias y el comportamiento personal, la consistencia entre lo que uno piensa y lo que hace, se le llama autenticidad o integridad. Es una virtud cada vez más respetada por la sociedad y se espera no solo de filósofos y pensadores sino, en general, de todos los profesionales. También de los directivos de empresa.
La integridad es una virtud esencial para hacer negocios (cuyo éxito se basa en la confianza). Además, cuando una persona persigue el ideal de integridad podemos predecir, hasta cierto punto, cuál va a ser su comportamiento.
Los opuestos a la integridad son la hipocresía y la inconsistencia. Los emprendedores tienden a rehuir a los diletantes o erráticos, con valores o principios inciertos, pues la previsibilidad es uno de los atributos esenciales para hacer negocios.
También es interesante cómo los reclutadores tienen en cuenta la integridad en las entrevistas de trabajo. Por ejemplo, existen test que permiten evaluar, con un grado de probabilidad relativamente alto, si los entrevistados son inconsistentes al responder sobre sus valores o principios.
Reflexión y búsqueda
Dicho esto, la integridad no implica una mente cerrada o intransigencia. Más bien se entiende como el resultado de un ejercicio reflexivo, de la búsqueda de respuestas a las grandes preguntas que nos hacemos, y no de que hayamos absorbido la sabiduría recibida.
En otras palabras, la búsqueda de respuestas es un ejercicio iterativo que se mantiene a lo largo de la vida. En diálogo con los demás, nuestros principios y valores se transforman y se aclaran con la experiencia y el conocimiento. Por eso la flexibilidad y la apertura son características de la integridad. Como nuestro conocimiento es limitado, y avanza con el desarrollo de la ciencia y el conocimiento colectivo, una persona íntegra debe saber adaptar sus valores y principios.
De hecho, la apertura de miras, la flexibilidad para sopesar diferentes ideas y el cuestionamiento sistemático de las ideas son características fundamentales del pensamiento filosófico. Esta actitud indagadora y crítica es lo que distingue a quienes cultivan la filosofía de los que trabajan en el campo de la religión o de la teología, que asumen dogmas incuestionables.
También eso es filosofía
Como comentaba más arriba, las propuestas de la mayoría de los grandes filósofos no solo formulan ideas sino que proponen un modelo de vida. Por ello la filosofía es particularmente interesante y relevante para los gestores. En mi libro Philosophy Inc.: Applying Wisdom to Everyday Management afirmo que la gestión es filosofía en acción.
Con ello quiero decir que las concepciones sobre la dirección empresarial, las teorías sobre la misión de las organizaciones o la visión específica para un negocio son la aplicación concreta de una filosofía particular. Negar que se tiene una concepción filosófica es, en sí mismo, una filosofía.
Santiago Iñiguez de Onzoño no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
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