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Desde hace más de un año, diferentes periodistas parlamentarios de todos los colores políticos llevan pidiendo la expulsión de Vito Quiles del Congreso de los Diputados. ¿Por qué? Porque lo que hace Quiles no es periodismo: es acoso, provocación y manipulación. Su medio, estrechamente vinculado a la ultraderecha y al Partido Popular, no se dedica a informar, sino a esparcir bulos y datos personales, acosar a compañeros y generar un ambiente irrespirable en el Congreso.
La Asociación de Periodistas Parlamentarios ya ha denunciado varias veces su comportamiento, que no solo amenaza la convivencia entre profesionales, sino que pone en peligro el ejercicio del periodismo parlamentario. Quiles no informa: señala, agita y provoca. Ha sido protagonista de amenazas, altercados y acoso directo a otros periodistas, además de filtrar información privada y personal para intimidar y silenciar a quienes le critican.
Ahora, la situación ha llegado a un punto de no retorno. Una reforma del reglamento del Congreso podría permitir retirar la acreditación a Quiles por incumplir las normas básicas de convivencia y respeto. No es una cuestión de ideología, sino de decencia profesional. Si un periodista de izquierdas se comportara así en una manifestación de Vox, ¿creéis que seguiría en el Congreso? Quiles ha sido expulsado de manifestaciones feministas por su actitud provocadora y agresiva, pero sigue paseándose por los pasillos del Congreso como si fueran su casa. Es hora de poner fin a esta anomalía.
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‘MANGOS’, parte 8 | el peligro que se viene
Durante años nos vendieron Silicon Valley como un laboratorio de futuro. Jóvenes brillantes, garajes, innovación, camisetas negras, discursos sobre conectar a la humanidad y mejorar el mundo. La postal era limpia. La realidad, bastante más sucia. Detrás de cada promesa había concentración. Detrás de cada aplicación gratuita, extracción de datos. Detrás de cada “nube”, centros de datos, contratos, energía, agua, minerales, trabajadores y trabajadoras precarizadas, lobbies y dependencias públicas cada vez más profundas.
Ahora esa vieja maquinaria entra en una fase más peligrosa. Los MANGOS —Meta, Anthropic, Nvidia, Google, OpenAI y SpaceX— no quieren dominar solo una red social, un buscador, un sistema de satélites, una nube o un modelo de inteligencia artificial. Quieren colocarse en todos los puntos por los que tendrá que pasar la economía digital de la próxima década. Chips, datos, cómputo, aplicaciones, satélites, sistemas operativos, distribución, defensa, publicidad, centros de datos y modelos generativos. El menú completo.
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Ahora Google forma parte de los MANGOS, el nuevo club de gigantes tecnológicos que aspiran a dominar la inteligencia artificial: Meta, Anthropic, Nvidia, Google, OpenAI y SpaceX. Es, junto a Meta, una de las supervivientes del viejo bloque de las GAFAM. No ha llegado a esta fase desde fuera. No es una recién llegada con hambre de disrupción. Es una de las corporaciones que ya moldeaban Internet antes de que ChatGPT encendiera la fiebre global el 30 de noviembre de 2022.
Su ventaja es brutal. Google no necesita convencer a medio mundo de entrar en su ecosistema porque medio mundo ya vive dentro. El buscador, Gmail, YouTube, Maps, Android, Chrome, Google Docs, la nube, la publicidad. Una arquitectura entera de dependencia cotidiana. La inteligencia artificial no aterriza ahí como un producto nuevo, sino como una capa añadida sobre una infraestructura existente. Gemini no tiene que llamar a la puerta. La puerta es suya.
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