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Mientras el streamer ‘El Xocas’ se queja de una cacería «poemita» que solo existe en su paranoica imaginación, la calle real arde con una violencia muy distinta. No es la izquierda radical la que golpea, sino el odio de los incels, los ultras que atacan mezquitas y los energúmenos que queman la casa de una anciana discapacitada y su hijo. El único «thriller» aquí es el de una ultraderecha que, ante la ausencia total de enemigos reales, se inventa un cuco podemita para justificar su propia crispación y sus delitos de odio, que no han dejado de aumentar un 45% en cinco años. Una estrategia de victimización perfecta: primero claman al cielo por una agresión ficticia y luego legitiman la violencia real que ellos mismos ejercen.
El verdadero peligro no son los Echeniques de salón, sino los discursos que, desde plataformas con millones de seguidores, convierten las palabras en gasolina para la histeria colectiva. Mientras Chocas fantasea con ser un mártir censurado, las agresiones misóginas, racistas y clasistas se multiplican en un silencio cómplice. La conclusión es obvia: si un día te crujas con alguien realmente peligroso, lo más probable es que sea un tío que escuchó demasiados podcasts misóginos, no un supuesto violento de izquierdas. Menos paranoia y más responsabilidad: el circo de los enemigos imaginarios distrae del fuego real que quema a los de siempre.
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