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La campaña contra la farmacéutica israelí expone cómo el mercado global convierte la vida en negocio y la complicidad en rutina
El 26 de marzo, decenas de organizaciones sociales, sanitarias y colectivos solidarios con Palestina lanzaron una advertencia incómoda: nuestro consumo cotidiano no es neutral. La campaña “¿Teva? No, gracias” no surge en el vacío, sino en un contexto marcado por la escalada de violencia, el bloqueo sistemático y las denuncias internacionales de genocidio en Gaza. Y lo hace señalando a una de las mayores farmacéuticas del mundo, líder en medicamentos genéricos, con fuerte presencia en España.
La iniciativa se inserta dentro de la estrategia global del movimiento BDS (Boicot, Desinversión y Sanciones), que desde hace años articula una presión económica contra empresas que se benefician de la ocupación israelí. En el marco de campañas como las que denuncian las empresas que se lucran con el genocidio palestino o el llamamiento internacional a actuar contra compañías cómplices del apartheid, el foco se desplaza ahora hacia el sector sanitario.
La pregunta ya no es solo quién dispara, sino quién financia, quién sostiene y quién normaliza. Y en esa ecuación, las multinacionales juegan un papel central.
LA ECONOMÍA DEL APARTHEID: CUANDO LA SALUD TAMBIÉN ES NEGOCIO DE GUERRA
Teva no es una empresa menor. Se trata de una de las mayores productoras de medicamentos genéricos del mundo y líder en el mercado español. Su posición dominante en farmacias y hospitales convierte su actividad en algo estructural dentro del sistema sanitario. Pero esa misma centralidad es la que la campaña pone en cuestión.
Según denuncian las organizaciones impulsoras, la farmacéutica mantiene una relación directa con el Estado de Israel, no solo a través del pago de impuestos, sino también mediante su implicación en el sostenimiento del aparato militar. Al menos un 10 % de su plantilla habría participado en el ejército israelí, y la empresa habría facilitado infraestructuras y suministros durante la ofensiva sobre Gaza.
Esto no es una anomalía, sino un síntoma. El capitalismo global no distingue entre sectores cuando se trata de generar beneficio. La salud, la alimentación o la tecnología se integran en una misma lógica: maximizar ganancias incluso en contextos de violencia extrema. En ese marco, la idea de que un medicamento puede estar vinculado a una cadena de sufrimiento deja de ser una metáfora incómoda para convertirse en una realidad documentada.
La campaña plantea una ruptura con esa normalización. No se trata únicamente de dejar de consumir un producto concreto, sino de cuestionar un modelo en el que las empresas pueden operar sin asumir responsabilidades políticas ni éticas. Porque el mercado, tal y como está diseñado, no penaliza la complicidad, sino que muchas veces la recompensa.
EL BOICOT COMO HERRAMIENTA POLÍTICA: DEL GESTO INDIVIDUAL A LA PRESIÓN COLECTIVA
Frente a esa lógica, el movimiento BDS propone una herramienta clásica pero incómoda para el sistema: el boicot. No como acto simbólico aislado, sino como estrategia organizada de presión económica. Reducir beneficios, dañar la reputación y forzar cambios políticos a través del consumo.
La campaña “¿Teva? No, gracias” insiste en que existen alternativas. Evitar medicamentos de la marca cuando sea posible, informarse sobre sus productos y apoyar iniciativas de consumo responsable son algunas de las acciones propuestas. No se trata de culpabilizar a quienes necesitan acceder a tratamientos, sino de señalar que el margen de decisión existe y que, acumulado, puede tener impacto.
El mensaje es claro: cada compra es una forma de voto. Pero a diferencia del voto electoral, este se ejerce diariamente y sin mediación institucional. En un contexto donde las instituciones internacionales han demostrado una incapacidad reiterada para frenar la violencia, el foco se desplaza hacia la sociedad civil.
Sin embargo, este tipo de campañas también evidencian una contradicción profunda. Se pide a las y los consumidores que actúen éticamente dentro de un sistema diseñado para invisibilizar las consecuencias de sus decisiones. Un sistema donde las cadenas de producción son opacas, las responsabilidades se diluyen y la información llega fragmentada.
Por eso, el boicot no es solo una herramienta económica, sino también pedagógica. Obliga a mirar, a informarse y a romper la comodidad de la indiferencia. Transforma el acto cotidiano de comprar en una decisión política consciente.
En última instancia, la campaña no interpela solo a una empresa concreta, sino a un modelo entero. Un modelo en el que la vida se subordina al beneficio, en el que la guerra genera oportunidades de negocio y en el que la neutralidad se convierte en coartada.
Que tus medicamentos no sean sus balas no es solo un lema. Es una acusación directa a un sistema que ha convertido incluso la salud en parte de la maquinaria de la violencia.
Porque cuando el mercado decide quién vive y quién muere, dejar de consumir ya no es una opción ética: es una forma mínima de resistencia frente a una barbarie perfectamente organizada.
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