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El miedo es una emoción, y como tal, permite responder de forma inmediata ante determinados estímulos, en este caso percibidos como peligrosos. Pueden provocar ese temor de forma natural –la visión de un tigre a punto de atacarnos– o ser aprendidos, asimilados como tales mediante la experiencia. Seguramente, la inquietud que suele acompañar a la visita al dentista contiene algo de ambas cosas.
Por un lado, es natural que entregarnos a quien nos pide que abramos la boca para manipularnos nos provoque cierta ansiedad. Y por otro, esa ansiedad puede convertirse en miedo por varias razones: desde una vivencia negativa anterior, sea propia o adquirida socialmente, hasta determinadas condiciones personales, como veremos después.
No todos (o más bien todas) padecen el mismo miedo
En cualquier caso, el estrés inducido por la mera perspectiva de acudir a la consulta está universalmente extendido y sigue varios patrones comunes, si bien existen diferencias tanto individuales como colectivas.
Así, por ejemplo, la población japonesa mostró más miedo al dentista que la europea, y lo mismo ocurrió con la china. Pero aún resultó más interesante comprobar que el porcentaje de mujeres de ambos países orientales que sentían pánico fuera mucho mayor que el sufrido por los hombres de su misma cultura.
Algo tan llamativo provocó que Ruth Virseda Rodríguez, hoy doctora y odontóloga especialista en endodoncia, y yo mismo nos plateáramos profundizar sobre sus causas. La investigación se desarrolló en varios períodos a lo largo de cuatro años de colaboración con la ONG Dentistas sin límites, dedicada a atender poblaciones sin recursos en países poco desarrollados. Sus resultados dieron lugar a la tesis doctoral de la doctora Virseda, que además fue quien realizó el trabajo de campo.
Con objeto de obtener un control actualizado, se comenzó por analizar qué ocurría en un país desarrollado como España. Tras corroborar que se ajustaba a los mismos patrones que otros países europeos, se emprendió el análisis en países con contextos socioeconómicos diferentes: Nicaragua, nación centroamericana con una renta per cápita quince veces inferior a la española; la India, un gigante asiático con una renta por habitante similar a la de Nicaragua; y Camboya, país de Extremo Oriente con una renta veinte veces inferior a la de España.
Formaron parte del estudio personas adultas sanas, de ambos sexos, que en muchos casos no habían tenido contacto, ni directo ni indirecto, con una consulta odontológica. Por eso, sus miedos no estaban tan condicionados como en otros trabajos.
El pavor al dentista, indicador de discriminación contra las mujeres
Como se menciona anteriormente, España se alinea con el resto de países europeos. No se detectaron diferencias entre géneros, y, como muestra del confort con que se suele vivir en un país rico, su población fue la única de este estudio que manifestó más miedo subjetivo que objetivo. Es decir, los encuestados decían padecerlo más de lo que los datos indicaban.
Tampoco se hallaron diferencias en Nicaragua, otra nación de cultura occidental donde su parco desarrollo económico y sus problemas políticos no parecen influir sobre el estatus de sus mujeres. Con independencia de que el acceso a los estudios superiores de sus jóvenes sea de poco más de un 2 %, ver el porcentaje de féminas egresadas anualmente en sus universidades da pistas sobre la situación y corrobora nuestras apreciaciones: ellas suman casi el 70 % del total frente a un 30 % masculino.
Algo totalmente diferente ocurrió en Oriente. En la India, un país con una sociedad estratificada no solo desde el punto de vista económico sino también por su cerrado sistema de castas, no se encontró condición más segregada que el de ser mujeres solteras. Fueron estas precisamente las únicas que mostraron un miedo mayor que el resto, probablemente porque el desprecio y la desprotección que deben de sentir condiciona la percepción que tienen de sí mismas e incrementa sus temores.
Aún fue peor el caso de Camboya. Este país sufrió no hace tanto el reinado de terror liderado por Pol Pot, un dictador comunista rural que vació las ciudades y creó campos de concentración donde murieron cientos de miles de personas. A continuación estalló una guerra civil que ocasionó medio millón de muertos más.
No resulta descabellado suponer que su población aún padece cierto trastorno postraumático, por el horror vivido en primera persona o de manera vicaria, ya que se distinguió de la del resto de países. Pero es que además se encontraron diferencias muy marcadas entre géneros; tantas como para que algunas mujeres, sólo ellas, llegaran a sufrir síncopes antes o durante los tratamientos, especialmente las solteras.
Cráneos en el Memorial de Choeung Ek (Camboya). Cerca de Phnom Penh, la capital camboyana, unas 20.000 personas fueron asesinadas a finales de la década de 1970. Más de 5.000 cráneos de las víctimas se colocaron en una torre (estupa).
Wikimedia Commons / Dr. Hubertus Knabe, CC BY-SA
Visto lo anterior, incluidos los estudios referidos al principio, parece claro que las sociedades que conservan y transmiten desigualdades en perjuicio de las mujeres condicionan el miedo que sufren ante una intervención odontológica, algo que ocurre al margen del desarrollo económico del país. Buena muestra son Japón, la India o Camboya, naciones asiáticas con rentas tan dispares como para que el primero multiplique por treinta la del último.
En definitiva, la inseguridad y baja autoestima que sienten las mujeres en determinadas culturas, minusvaloradas socialmente por el mero hecho de serlo, incrementa la intensidad del miedo que padecen; al menos, a la hora de enfrentarse al dentista. Esta emoción, cuantificable de forma objetiva, sin duda es un indicador de la discriminación que sufren.
Jose V. Moncho Bogani no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
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