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“Quiero dejar de sentir ansiedad, ¿vas a quitarme la ansiedad?”. Esta frase es una de las más oídas en terapia. Y no es de extrañar, porque se trata de una de las emociones más incómodas que se pueden sentir.
Dejar de experimentar descontrol y evitar ciertas situaciones, percibir que podemos hacer las cosas que ahora dan miedo… Esas son las razones por las que las personas quieren desprenderse de la ansiedad.
Sus síntomas constituyen el problema principal, dado que incluso les pueden impedir realizar las tareas más cotidianas. Quieren asegurarse de que no volverán a sentir esas sensaciones y van poder vivir la vida en calma para siempre.
¿A qué llamamos ansiedad?
Ya hemos dicho que la ansiedad es una emoción, pero también puede definirse como una respuesta a un estímulo. Tiene un sentido y se activa con una finalidad; es productiva y útil.
Se compone de un conjunto de reacciones fisiológicas que están destinadas a la supervivencia: aumento de la frecuencia cardíaca, respiración acelerada, tensión muscular, temblor y alteraciones gastrointestinales. En resumen, la persona siente la agitación propia de una situación de peligro.
¿Por qué ocurre esto? Cuando el cerebro detecta que estamos en un situación de peligro se ponen en marcha una serie de cambios, principalmente en la amígdala y otros sistemas neurales como el sistema septohipocampal y el hipotálamo, que ayudan a responder de la mejor manera posible y aumentan la probabilidad de sobrevivir.
Es lo denominamos respuesta de lucha o huida. Esta reacción, a pesar de ser aguda e intensa, no tiene ningún efecto negativo para la salud si sucede de manera esporádica. Sin embargo, algunos estudios apuntan a que, si se alarga en el tiempo, podría convertirse en un problema, sobre todo para la salud cardiovascular.
¿Qué ocurre cuando alguien viene a terapia por ansiedad?
Cuando una persona acude a consulta psicológica y se evalúa su nivel de ansiedad, la inmensa mayoría de las veces no existe una situación que lo justifique.
De hecho, cuando el afectado o la afectada dice “quiero dejar de sentir ansiedad”, se refiere a que esta es demasiado aguda y demasiado frecuente para lo que está pasando en ese momento. Lo que realmente necesita es dejar de rumiar, o sea, dejar de darle vueltas a ciertas ideas o recuerdos que generan esa tensión.
Nadie querría dejar de responder ante una situación que realmente pusiera en peligro su vida, si eso fuera posible. Lo que deseamos es no sentir ansiedad como consecuencia de pensamientos negativos, que pueden ser un repaso de algo que ya ha ocurrido o la anticipación de un futuro que nos preocupa.
Véanse los siguientes ejemplos:
“¿Y si no consigo plaza en las oposiciones?”
“Eso que he dicho seguro que han pensado que era una tontería”
“¿Y si algo va mal en mi parto?”
“Siento que algo malo va a ocurrir, aunque no sé qué es”
“Ese recuerdo me va a perseguir toda mi vida”
“¿Y si tenemos un accidente?”
Gran parte de nuestro trabajo como psicoterapeutas radica en enseñar a gestionar la ansiedad y hacer que deje de aparecer en esos momentos en los que no es necesaria para la supervivencia.
Entonces, ¿se puede dejar de sentir ansiedad?
Sí pero no.
Se puede dejar de experimentar en los momentos en los que no está justificada. La terapia ayuda a aprender a gestionar el malestar que provocan dichos pensamientos y a enfrentarse a las situaciones que provocan el miedo.
Pero no se va a poder suprimir la ansiedad. No es posible (ni deseable) que ese mecanismo natural de supervivencia se desactive. Así que la persona seguirá sintiéndola cuando algo le atemorice o le preocupe, aunque sabrá cómo gestionarla para que no sea demasiado aguda en relación con la situación.
Podríamos decir que se trata de perder el miedo al miedo. Esto es: la idea de poder sentir ansiedad provoca ansiedad. Y la terapia enseña a conocerla, gestionarla y dominarla cuando no es adaptativa y perderle el miedo cuando sí lo es.
¿Y en qué consiste exactamente la terapia?
Lo ideal es hacer una evaluación adecuada de los tipos de pensamientos que están provocando este malestar y si quien acude a consulta está evitando situaciones para aliviarlo. A partir de ahí se desarrolla una intervención adaptada a cada individuo, que suele ser el resultado de la combinación entre terapia cognitiva, terapia conductual y terapias de tercera generación.
A grandes rasgos se podrían definir así:
La terapia cognitiva se centra en trabajar a partir de los pensamientos que nos hacen sufrir; evaluarlos, identificar su raíz y el efecto negativo que tienen en el estado de ánimo para, finalmente, formularlos de una manera más objetiva.
La terapia conductual trabaja conjuntamente con la anterior para que, una vez esos pensamientos negativos han perdido fuerza, nos podamos enfrentar a las situaciones que hemos estado evitando. El conjunto de ambas es el modelo cognitivo-conductual.
Las terapias de tercera generación, también llamadas contextuales, son un paraguas que abarca diferentes terapias. Tienen en común que se sustentan sobre las dos ya mencionadas, pero ponen el foco terapéutico no tanto en que los síntomas se reduzcan, sino en mejorar la calidad de vida. Se trata de comprender sentimientos como el que aborda este artículo o un concepto solo aparentemente sencillo como que el bienestar no consiste en algo que se pueda alcanzar y mantener para siempre.
Con terapia podemos sentir que controlamos la ansiedad, que podemos enfrentar la situación que nos atemoriza. Nunca dejaremos de sentirla cuando esas cosas dan miedo por una razón real y objetiva. Porque a veces, cuando es acertada y adaptativa, la ansiedad nos señala dónde no debemos estar.
Begoña Albalat Peraita ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.
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