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Las víctimas leen los WhatsApps del Consell y vuelven a encontrarse con lo mismo: menos emergencia, menos responsabilidad y mucha obsesión por aparentar control.
LOS MENSAJES QUE RETRATAN AL PODER
Los WhatsApps del grupo del Consell durante el día de la DANA no son solo una filtración incómoda. Son una radiografía. Una de esas imágenes que muestran el hueso roto, la fractura política, la miseria de una administración que debía proteger vidas y acabó más pendiente del encuadre que del desastre. El 11 de junio, cuando esos mensajes salieron a la luz, las víctimas volvieron a sufrir otro golpe. Otro más. Porque lo que aparece ahí no es un gobierno desbordado por una tragedia imprevisible, sino un gobierno obsesionado con parecer gobierno.
Carlos Mazón, entonces president de la Generalitat Valenciana, sí estuvo al principio. Escribió, dio órdenes, corrigió tuits, pidió datos, movió piezas. Después, cuando la emergencia empezó a enseñar los dientes, se borró. Y ahí aparece el agujero negro de esta historia: El Ventorro, la comida, la sobremesa, el modo avión político y moral de quien debía estar donde se decide, no donde se desaparece.
Rosa María Álvarez, portavoz de la Asociación de Víctimas Mortales de la DANA, lo resume con una frase que debería perseguir al PP valenciano durante años: la ciudadanía “tenía y tiene un gobierno de marketing; de apariencias”. No es una metáfora exagerada. Es casi una descripción administrativa. Un poder que no se pregunta cómo salvar vidas, sino cómo inundar de datos a los medios para transmitir sensación de control. Esa es la palabra. Sensación. No protección. No prevención. No coordinación real. Sensación.
La frase atribuida a Mazón en los mensajes es demoledora: “Informar con detalle da imagen de control. Centrémonos hoy en eso. Vamos a inundar de datos a los medios hoy. Desprende sensación de estar alerta que te cagas. Y a la gente le calma. Qué es lo importante”. Lo importante, para quien escribe eso, no parece ser la gente atrapada, ni las familias, ni las personas mayores en residencias, ni las carreteras, ni los barrancos. Lo importante era la imagen. La calma como decorado. La información como maquillaje. El marketing institucional con barro hasta el cuello.
Las víctimas no hablan desde la rabia abstracta. Hablan desde la ausencia. Desde los nombres que ya no están. “Nuestros familiares murieron porque no hicieron absolutamente nada a pesar de tener toda la información”, señala Álvarez, aludiendo a los avisos y previsiones de organismos como la AEMET y la Confederación Hidrográfica del Júcar. Esa es la acusación política más grave: no faltaban datos, faltó responsabilidad. No faltaban señales, faltó dirección. No faltaban alertas, faltó gobierno.
CARGOS SIN CARGAS, PHOTOCALL SIN RESPONSABILIDAD
El primer mensaje de Mazón relacionado con la DANA fue dirigido a la consellera Salomé Pradas: “Salo, que te actualicen datos de la dana esta mañana para la rueda de prensa de Ruth”, en referencia a Ruth Merino, portavoz del Ejecutivo. “Quizá tengas que salir a dar parte”. A partir de ahí, el president empezó a repartir encargos. Al entonces conseller de Educación, José Antonio Rovira, le pidió atención al cierre de colegios. A Susana Camarero y a Marciano Gómez, responsable de Sanidad, les trasladó la necesidad de controlar “goteras e incidentes” en los centros. Al titular de Agricultura le pidió un “parte” sobre la situación “en el campo”.
Hasta ahí, actividad. Mucha actividad. Demasiado orden comunicativo y poca mirada estructural, pero actividad. El problema llega cuando el barro sube y el president baja la persiana. A las 11:45 horas, Mazón compareció ante los medios con información poco actualizada y transmitiendo la idea de que todo estaba bajo control. Pasada la 13:00, Pradas comunicó en el chat que se había decretado alerta hidrológica en el río Magro y en el barranco del Pollo, en coordinación con la CHJ. A las 14:30, compartió el tuit corregido. Para entonces, Mazón ya no estaba corrigiendo erratas. Ya no estaba marcando el paso. Ya no estaba, que es bastante peor.
La misma persona que por la mañana había corregido un tuit dejó de responder cuando las comunicaciones empezaban a importar de verdad. Tampoco atendió buena parte de las llamadas de su consellera. Mientras tanto, por la tarde siguieron llegando incidencias: transportes, inundaciones, archivos afectados, residencias de mayores. A las 20:33, Susana Camarero alertó de la situación en centros de ancianos. Solo 5 minutos antes, Mazón había llegado al CECOPI. La cronología es brutal porque no necesita gritar. Basta con leerla.
“Si el presidente de una comunidad autónoma no es garante de lo que ocurre, ¿qué es?”, pregunta Álvarez. Y la pregunta cae como una losa. Porque si un president sirve para las fotos, las campañas, los actos, los cortes de cinta y las ruedas de prensa, pero no para asumir el mando cuando la gente se juega la vida, entonces no estamos ante liderazgo. Estamos ante decorado institucional. Cargos con sueldo, cargos con coche, cargos con gabinete, pero sin cargas cuando llega la tragedia.
Las víctimas no piden autos judiciales que les den la razón emocional. Para eso ya tienen la memoria, las asociaciones, las entidades, las vecinas y vecinos que saben lo que ocurrió. Piden justicia. Piden que la responsabilidad política no se disuelva entre tecnicismos, agendas, restaurantes y versiones cambiantes. Piden algo muy básico: que gobernar no sea posar.
Porque este caso tiene una dimensión que va mucho más allá de Mazón. Habla de una forma de poder que ha confundido la gestión pública con la comunicación de crisis, la protección civil con el gabinete de prensa, el dolor social con el riesgo reputacional. El drama no fue solo la DANA. El drama fue descubrir que, mientras unas personas morían, otras estaban calculando cómo parecer alerta.
Y si después de todo esto nadie responde, el mensaje será devastador: en esta democracia de escaparate, se puede fallar ante una catástrofe, desaparecer cuando más falta haces y regresar después con cara de circunstancia, siempre que el relato aguante lo suficiente.
Pero las víctimas ya han leído los mensajes. Y el barro, esta vez, no tapa la verdad: la señala.
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